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Y si Dios es amor, ¿por qué no le imito?


¿Se parece mi amor en algo al de Dios, o es pura hipocresía?


Estos días me da por pensar en el amor de Dios hacia nosotros y en el desamor que sentimos unas personas hacia otras. 

Resulta muy triste que cuando se produce un fracaso en el matrimonio acompañado de una separación, nos convenzamos de que estas personas deben seguir viviendo sumidas en la soledad hasta el final de sus días. Si no pueden seguir juntos que se separen, pero que no vuelvan a encontrar el amor nunca más, en nadie más. Nos convencemos de que esa rotura debe ser el estigma que han de llevar grabado en sus frentes hasta el día que mueran. Un estigma que, a la vez, les sirva de aviso a quienes se acercan y anuncie, a voz en grito, que esas personas están vetadas para disfrutar la felicidad del amor en pareja. Vemos como algo normal este deseo que sentimos de que ni vuelvan a querer ni nadie más pueda quererlas. Esta misma señal ha de servirles, también, para que cada vez que se miren al espejo recuerden su fracaso y les advierta de que debieron aguantar más, quizá a la espera de una mejoría que nunca les iba a llegar.


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Pero lo roto, roto está y son clases de roturas que no tienen arreglo. 

Las personas que viven felizmente su matrimonio, esas que acertaron a la primera, ajenas a las sorpresas que trae la vida, piensan que son mejores delante de Dios y, porque se lo merecían, han sido bendecidas con el cónyuge apropiado. De los otros opinan que han jugado con el amor y por eso han de aguantar de por vida la tortura, sin derecho a mejorar su situación si encuentran a alguien que pueda hacerles feliz. 

Sin embargo, el amor, que es inquieto, que nunca deja de ser, aparece de nuevo aun sin buscarlo. Suele hacer esto con frecuencia y le da por unir a dos que sufren. Los ata con lazo fuerte y se quieren, y son felices, y comienzan a ver la luz de un nuevo futuro. Se arriesgan porque al conocerse notan que las heridas anteriores empiezan a sanarse, es más, lo hacen con una rapidez tremenda. Se agarran, por derecho, a ese nuevo cariño que se les presenta como la medicina precisa que los va a levantar del lecho de triste soledad donde yacen. Y comienzan a caminar y, alegremente juntos, deciden hacer acto de presencia ante las personas de la congregación que conocen. Lo deciden y lo llevan a cabo. Una buena mañana de domingo se presentan en el templo. Esperan recibir felicitaciones porque se sienten bien, porque se aman, porque la vida les ha cambiado, porque la oscuridad va quedando atrás, porque de nuevo han querido apostar por el amor en el cuerpo y el espíritu de otro, porque entienden que es Dios quien les está derramando de ese amor suyo para levantarlos y restaurarlos y porque han aprendido que en el amor no hay temor alguno en arriesgarse. 

Pero resulta que en su congregación no encuentran lo que estaban seguros que iban a encontrar: resignación al martirio de aquel fracaso pasado. Más bien hay miradas recelosas de aquellos que antes se interesaban por su bienestar, que oraban para que el Señor les consolara en su desgracia. Y esta nueva pareja, más bien se queda sentada sola en el banco. Más bien oye susurros y adivinan que los demás piensan que la suya es una felicidad ilícita, que para nada les corresponde. 

Por otro lado, estos que critican con dureza a la nueva y feliz pareja están convencidos de que ellos sí tienen derecho a dormir abrazados junto a la persona que aman, reír con ella, compartir, viajar, soñar, dejar raíz en la Tierra a través de su descendencia. Pero estos derechos no los tienen esos dos que hoy han aparecido tan sonrientes cogidos de la mano. Esos dos no. A estos proscritos no hay que mirarlos a la cara y mucho menos invitarlos a tomar una cerveza porque sería como tomarla con el mismo diablo y, ni que decir tiene, se les prohíbe participar de la mesa del Señor, aquella última cena en la que participaron al menos dos traidores, Judas y Pedro. 

Pero hay algo más. A esta nueva pareja, si es que alguno de los dos estaba prestando en su iglesia un buen servicio, se les retira porque ahora están contaminados, porque aunque entre sus sábanas reine por fin la paz, en esas mismas sábanas hubo otra persona, y no importa el daño que surgía entre esas telas. Están en pecado. Están condenados. Los hemos condenado nosotros a cadena perpetua, a la condena de no recibir amor nunca jamás. Los hemos destinado a vivir y morir en soledad sin recibir un te quiero, sin recibir un beso, sin que su piel vuelva a sentir una caricia, sin que puedan dar un paseo con la persona amada. 

Crueldad. Máxima crueldad camuflada entre normas que van contra el amor de Dios. Cada cual ponga la mano en su pecho y mire para sus adentros y decida si esto es amar al prójimo como a uno mismo. 

¿Se parece mi amor en algo al de Dios, o es pura hipocresía? ¿Por qué mi hermano, mi hermana no puede amar de nuevo a otra persona ni ser amado? ¿Merezco yo recibir más amor que mi prójimo? ¿Quién me lo certifica? ¿Quién soy yo para negarle la felicidad a otra criatura?

Y si Dios es amor, ¿por qué no le imito?

 

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Isabel Pavón.
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