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Vergüenza tendría que darnos

Y a pesar de los pesares, no podemos más que darte las gracias, Señor, por amarnos, por estar por encima de nuestro propio ser.

La vergüenza, aunque nos resulte dolorosa, nos empuja hacia un cambio de actitud.

Señor, es sano confesar que tendría que darnos vergüenza la imagen que nos hemos formado de ti. Unas veces porque nos la han transmitido y otras porque nos conviene. Qué poco entendemos de tu amor, tu compasión y tu misericordia.

Por eso, tendría que darnos vergüenza cuando te rebajamos al puesto de aparcacoches si salimos tarde de casa para ir a la iglesia, o al trabajo, o al cine, o a cualquier otro sitio, porque estamos convencidos de que eres tú quien tiene la obligación de proveernos un buen sitio cerca del lugar adonde vamos. 


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Foto de Moritz Schumacher en Unsplash.

Sí, tendríamos que sentir vergüenza, Señor, cuando en vez de preocuparnos por nuestros hijos, permanecemos cómodos en nuestros quehaceres y disfrutes y te rogamos que hagas tú de niñera, que los cuides, ya que los hemos tenido para ti, para tu gloria.

Vergüenza tendría que darnos cuando te pedimos con exigencia que nos justifiques los males que nos vienen pensando que eres tú quien los envía, o afirmamos que en tu aburrimiento te entretienes enviándonos adversidades para atemorizarnos.

Vergüenza debería darnos pedirte que, cuando sobreviene una catástrofe, primero salves a los que pertenecen a nuestra familia, a los son que hermanos en la fe, a los que nos caen bien, sin incluir a las demás personas, niños y adultos, criaturas tuyas hechas a tu imagen y tu semejanza que sufren de la misma manera.

Tendría que darnos vergüenza pedirte que los demás nos valoren por los dones que nos has dado, en vez de honrarte a ti por ser creador de todo lo que vemos y no vemos.

Se nos tendría que caer la cara de vergüenza rogarte que se acabe el hambre en el mundo, cuando ni siquiera somos capaces de ayudar al vecino. Porque lo nuestro, es nuestro y allá cada uno se las componga. Pero tú sí, tú puedes.

Tendríamos que sentir vergüenza cuando exigimos a alguien que crea en ti sin que estemos dando el debido testimonio. Es más, tendría que avergonzarnos cuando condenamos a alguien por no creer en ti y al mismo tiempo nos sentimos salvos por ser tan buenos.

Vergüenza, sí, cuando sólo vemos el problema si nos toca de cerca pero, mientras son los demás quienes se sumergen en él, pasamos del tema y nos sentimos bendecidos por encima de ellos.

Tendríamos que llorar de vergüenza cuando te pedimos que libres a nuestros hijos de trabajar en un puesto de peligro, sabiendo que otros hijos lo ocuparán y correrán el mismo riesgo.

Deberíamos sentir vergüenza al creer que lo sabemos todo sobre ti y presumimos de eso. 

Tendría que darnos vergüenza cuando juzgamos al otro por su pecado visible, participando en las críticas que van en su contra, a la vez que escondemos los nuestros para que nadie más lo sepa.

Otro motivo para sentir vergüenza es cuando, respecto a ti, le exigimos a otros lo que no somos capaces de requerirnos.

Deberíamos pasar vergüenza cuando nos quejamos de las injurias que recibimos y no de las que ejecutamos.

Tendríamos que sonrojarnos de vergüenza cuando te ordenamos con angustia y lágrimas que nos ayudes a encontrar alguna bagatela que se nos ha extraviado, en vez de pedirte por la salud de nuestro amigo enfermo que se está muriendo.

Vergüenza tendríamos que sentir al usar tu nombre en vano, como hacemos tantas y tantas veces camufladas de alabanzas, consejos, visiones, profecías y reconocimientos, porque entre lo que predicamos y lo que practicamos hay una gran incongruencia.

Vergüenza tendría que darnos cuando te pedimos y te pedimos y te pedimos y nunca te agradecemos nada.

Debería avergonzarnos cuando actuamos de esta manera y de muchas otras. Cuando te usamos como un Dios servidor nuestro y de nuestros intereses. Cuando te hablamos con la única intención de calmar nuestra conciencia. 

Por todo esto y más tendríamos que morirnos de vergüenza. 

Y a pesar de los pesares, no podemos más que darte las gracias, Señor, por amarnos, por estar por encima de nuestro propio ser, por pasar de largo sobre nuestro injusto egoísmo y nuestra corta visión de tu Reino. Gracias por no ser rencoroso. Gracias porque en contra de nuestras torpezas está tu sabiduría, porque haces partícipes a tus criaturas de lo bueno que ocurre en el mundo, porque tú sacas cada día al sol para todos y de la misma manera nos calienta.

Danos luces suficientes para que en cada oración nos acordemos de los que amamos; de los que nos quieren y de los que no; de los que no nos tratan, o no nos interesa tratar porque pensamos que contagiarían nuestra fe y perderíamos tus privilegios; que nos acordemos sin rencor de los que no van a la iglesia porque dicen que no creen (quizá por la fea condición que ven en nosotros). Te pedimos por ellos, para que no sufran, porque tú los socorres en todo momento de la misma manera que proteges toda tu creación.



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Isabel Pavón.
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