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Un alma silenciosa


Estaba limpio. Limpio del todo. Ahora debía recobrar la confianza perdida, la autoestima que da pertenecer a una congregación de la familia del Señor.



Hacía mucho que había dejado de hablar de sí mismo. De ser tan dicharachero en cualquier lugar pasó a rehuir de la gente. Cada vez que se le presentaba la ocasión de participar en alguna conversación, tras disculparse, se marchaba. Y si el tema que todavía le quemaba salía a flote, procuraba pasar rápidamente de puntillas, haciendo malabares si era preciso, hasta llegar a la puerta de salida. 


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Foto de Karl Fredrickson en Unsplash.

La inseguridad le hacía huir. Los complejos de inferioridad le avergonzaban, le llevaban a desaparecer de todo lugar público. Recelaba encontrarse con alguien conocido que le preguntara o le señalara con disimulo o ni siquiera le saludara. Apenas marcaba huella sobre las palabras que con voz baja pronunciaba si había de responder a una cuestión forzosa. Le asustaba pensar en su llaga por temor a que se abriera aún más.

 Aunque no entraba en diálogo sobre el problema que le introdujo en una vida desastrosa, hacía años que había podido salir de él. La droga y el alcohol fueron huéspedes dañinos que actuaron como ocupas y no había manera de expulsar. Gracias a personas que apostaron por él le nació de nuevo la perseverancia. 

Fue con la ayuda del Señor que había logrado escapar de todo aquello que le dañaba. Estaba limpio. Limpio del todo. Ahora debía recobrar la confianza perdida, la autoestima que da pertenecer a una congregación de la familia del Señor, ser hijo activo de Dios, tener hermanas y hermanos que le quisieran, apreciar por su parte a todos, participar en actividades comunes. 

Veía lejos las metas que debía alcanzar. Sin embargo, sabía que lo peor había pasado, que lograría a ser una persona nueva a la que se irían incorporando un sinfín de ilusiones sólidas. Intentaría terminar los estudios abandonados, encontrar un trabajo mejor que el que tenía. Podría recobrar su familia o formar una nueva. Poco a poco, sin prisas, según sus fuerzas.

Las heridas causadas, el remordimiento por los daños ocasionados forman parte de un proceso en el que las carreras no cuentan, sí el caminar sosegado, afianzando cada pisada sobre el terreno. Crecer lento, pero crecer, es de lo que se trata, al fin y al cabo.

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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