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Tropezar con el daño no es bueno


La vida es el regalo de un paisaje ilusionante que se nos entrega. Lo abriremos una vez, no más. Ante su visión saquemos provecho en positivo, para que nos sintamos bien haciendo el bien.

Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. (2ª Cor. 3,17)

Es cierto que la vida es un aprendizaje. No todas las relaciones son sanas pero, en nuestra bondadosa manera de actuar, andamos convencidos de que nos es necesario tropezar repetidamente antes de aceptar que tenemos que abandonar algunas situaciones. Esta decisión nos amplía el daño.


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Foto de Alvan Nee, Unsplash.

Los hay que tienen la habilidad de darse cuenta, pero otros, como comento, dudan y piensan que el engaño no existe, que todo el mundo es bueno. Necesitan comprobarlo  una y otra vez. Han recibido esta enseñanza de personas a quienes han entregado su cariño a ciegas o consideran superiores. Pero al final, después de muchas heridas, ven que las cuentas no salen, que lo malo está presente, que cada día se agiganta y no hay que darle tregua por más que los seres amados o los responsables de sus iglesias insistan en que aguantar sin cuestionarse es una bendición. Mientras la tregua persista nos iremos consumiendo. 

Se dan segundas, terceras, cuartas oportunidades a quienes no tratan con respeto. Insisten en mantener una relación dañina porque piensan que portándose bien con ellos quizá cambie su manera de ser. Necesitan asegurarse infinitas veces de que en el otro hay verdadera maldad antes de abandonar su compañía. 

No obstante, sea cual sea la decisión que se tome, la vida va continua. Por su bien han de aprender a no mortificarse tropezando con esas piedras que le salen al camino; entender que no se puede aceptar como natural un trato que no es bueno creyendo que tienen que respetar, ya sea o no cristiano, la toxicidad que les daña. Tienen el derecho y la obligación de protegerse y ser felices en la libertad que les ha sido otorgada. 

La vida es el regalo de un paisaje ilusionante que se nos entrega. Lo abriremos una vez, no más. Ante su visión saquemos provecho en positivo, para que nos sintamos bien haciendo el bien, no para que la desperdiciemos dándonos cabezazos contra el muro mental que otros tienen por cabeza y que para nada están dispuestos a amar porque, en realidad, les satisfacen otras cosas, como por ejemplo violentar, vencer y arruinar al prójimo, quebrarles el norte.

Aunque no es fácil, sería bueno aprender a desarmar a este temible gremio que nos hace vivir periodos de luto que para nada estamos obligados a soportar. Por otro lado, cuidémonos de no ser tóxicos para otros.

 

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Isabel Pavón.
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