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Repetidas desgracias


Se nos llena la boca hablando del amor de Dios. Sin embargo, a causa de las penas y los momentos malos perdemos la fe culpándole de todos nuestros pesares.

 

Hay personas que se creen tan desdichadas que se empeñan en dar la impresión de que todos los males del mundo se ceban con ellas. La primera pregunta que les provoca el sufrimiento es ¿por qué a mí? La segunda, ¿por qué no se olvida Dios de mí durante un tiempo? La tercera, ¿es que no hay más gente que yo a quien hacer sufrir?

Creo que, con mayor o menor medida, en este tema todos podemos darnos por aludidos. Por lo general se nos llena la boca hablando del amor de Dios. Sin embargo, a  causa de las penas y los momentos malos perdemos la fe culpándole de todos nuestros pesares, sean grandes o pequeños. Nos preguntamos dónde se ha escondido, aunque  simplemente se trate de un empujón que el niño del vecino le ha dado a nuestro hijo. Pareciera que el Señor tenía que haberse hecho visible y con su mano poderosa (si es que Dios tiene manos) haber parado la agresión, y si no es mucho pedir dejar al hijo del vecino  muerto en el acto o al menos mal herido.


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Foto de Charlie Hammond en Unsplash CC.

Por supuesto hay temas más graves que nos visitan y es legítimo llorar, quejarse, preocuparse y perder el sueño. ¿Dónde está Dios que me ha enviado una enfermedad incurable?  ¿Por qué ha fallecido mi hermano?¿Por qué no me dan una casa con la falta que me hace?¿Por qué me han echado del trabajo?¿Por qué gano tan poco? ¿Por qué la toman conmigo? Pasan muchas, muchas tragedias en nuestra vida, seamos cristianos o no. Nadie está exento. Unas son más visibles, otras menos. Unas personas las privatizan y otras se quejan a todas horas.  No está mal lamentarse, es legítimo.

Las tres preguntas que anuncié al principio y que nos hacemos cuando recibimos daño, son durísimas. La primera es, en nuestra ignorancia, hacer culpable a Dios de nuestro dolor cuando hasta el momento de presentarse el problema le dábamos gracias por su amor infinito. Pensamos que Dios es bueno mientras no nos ocurra nada malo. No hemos entendido que la vida trae de todo un poco o mucho de todo. 

Algunas de las tesituras en las que nos encontramos no pueden evitarse, otras sí si hubiésemos estado atentos: la mala gestión de nuestra economía, una vida poco saludable, rodearse de personas insanas, ser irresponsables en el trabajo. ¿Ha de intervenir Dios directamente arreglando lo que nos toca a nosotros arreglar? Los creyentes sabemos que el evangelio nos marca las normas. 

Sin embargo, las cosas malas ocurren sin que podamos evitarlas. La enfermedad existe, la injusticia existe, la pobreza existe, los malos pensamientos y manías de venganza existen y se llevan a cabo contra el prójimo. 

¿Por qué no se olvida Dios de mí durante un tiempo? Esta es la segunda pregunta que nos hacemos sin pensar lo que decimos. En realidad, ninguno de nosotros quiere  que Dios nos olvide ni siquiera un segundo. Es una queja inmadura, inútil y sin sentido.

Después de las dos primeras, declarar a Dios como malhechor y retirarle la fe que egoístamente habíamos depositado en él con el único fin de recibir beneficios, pasamos a la tercera: ¿es que no hay más gente que yo a quien hacer sufrir? Este tercer pensamiento resulta tremendo. Nos dirigimos a él para pedirle que fije sus ojos y sus desgracias en cualquier otra persona y nos deje tranquilos porque, por supuesto, el Señor no tiene otra cosa que hacer más que fastidiar y divertirse con ello. Se ve que la adversidad siembra trastoques mentales en quien sufre. Querer que lo malo que me está pasando le caiga encima al prójimo argumentando que el dolor esté así más repartido es inhumano.

Añado otra pregunta: ¿qué nos fastidia más, el problema que nos quita la dicha o que el vecino sea feliz? Parece que la inclinación de querer donar daño a otros inocentes hace que sintamos que nuestro mal sea menos grave.

Me hago una quinta pregunta: ¿Qué pensará Dios cuando escucha tanta estupidez, tanta ignorancia sobre su manera de ser y su falta de amor? Él se duele con todos los que sufren y ve cómo el mundo se va destruyendo poco a poco, cómo actuamos contra sus reglas, cómo echamos a perder todo lo que cae en nuestras manos. 

El ser humano se extermina a sí mismo y esa maldición no es de Dios.

Siempre se nos ha dado bien cargar al Señor con nuestras fatalidades porque eso nos consuela. En ocasiones nos quita de la conciencia lo que quizá pudimos haber hecho y no hicimos. 

Necesitamos desembarazarnos de culpar a quien por amor nos exculpa de todo. 

En algún momento de nuestro peregrinar por la fe, algún adelantado nos engañó al hacernos creer que la vida es sumamente bella, que nada malo va a ocurrirnos, que siempre nos irá bien, que todo es de color rosa, que el llanto no existe para los cristianos. Así pensamos hasta que el primer desamparo nos golpea y nos damos de boca con la realidad. No obstante, Dios está por nosotros, ¿no lo notamos?


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Isabel Pavón.
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