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¡Qué lejos está el prójimo!


¿Es posible que el prójimo se nos haya vuelto desangelado, etéreo, frío?


El fenómeno es asombroso. Para evitar al prójimo nos lo figuramos cada día más lejos. En mi juventud nos referíamos al él o ella, como a la persona más cercana, estábamos convencidos de que así era, pero en los últimos tiempos cada vez lo vemos más allá, más difuso. No tiene rostro. No sabemos si es gordo o flaco; si tiene pelo o es calvo; si es alto o bajo; si vive del cuento, de nuestras cuentas o de las suyas. No nos interesa saberlo. Más que percibir su respiración, le vemos como un cobertor de conciencia, no es más que un proyecto impersonal. 

Ante la perspectiva de salir al encuentro de este ser de apariencia borrosa, montamos nuestra misión de evangelismo. Más vale prójimo desconocido que muerto de hambre pulsando nuestro portero automático. Por otro lado notamos que, cuánto más lejos coloquemos la idea, más grandilocuencia cobra ante los ojos de los demás y menos explicaciones hay que dar.


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Foto de Clay Banks, Unsplash.

Los que suelen aportar reciben sin falta la petición de colaboración, pero no siempre saben a quién le llega exactamente la ayuda ni en qué se usa. Han de conformarse con la importancia, interesada o no, que se le da al anonimato. ¿Es posible que el prójimo se nos haya vuelto desangelado, etéreo, frío?

Mantener a este pariente en la lejanía tiene sus ventajas: nos duele menos; no tenemos que seguir dando ejemplo día a día; no nos vemos obligados a mantener amistad; no tenemos que auxiliarle si en un momento determinado llama a nuestra puerta; no sabe nuestro número de teléfono; si estamos casados o solteros, viudos, si tenemos hijos o no. Podemos mantener las distancias sin vivir de cerca sus penurias, no va a romper nuestra paz. 

¡Es curioso! Montamos nuestro cuartel general donde menos problemas encontramos. Desde ahí maniobramos.

Pienso que este ser tan actual y lejano nos presta un servicio tranquilizador que calma nuestro espíritu. Nos sirve como excusa para cubrir huecos de bondad. Nuestra vida está afectada de prójimos con los que no queremos complicarnos la existencia.

Verdaderamente, ¿quién es mi prójimo? Es aquel con quien me encuentro en el  camino. Aquel a quien a veces busco y tengo trato con él, otras le hallo sin proponérmelo y estoy en disposición de amarle como a mí mismo. El necesitado ha de dolernos en nuestra carne. 

Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, porque esta actitud vale más que todos los holocaustos y que todos los sacrificios que se queman en el altar. (Mc 12,33)

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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