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¿Qué evangelio salimos a dar?


Huyen cuando ven que nos acercamos con la Biblia enjuiciadora en la mano y con unos pocos versículos en la boca.

¿Qué salimos a ver, qué andamos buscando? ¿Gente angustiada, gente perdida? Vamos como triunfadores, como los únicos poseedores de la verdad. No obstante, lo hacemos como ciegos, a tientas, al acecho de la víctima oportuna para ser ametrallada con nuestras certezas, con nuestras salvaciones, con nuestras condenaciones. Por eso huyen cuando ven que nos acercamos con la Biblia enjuiciadora en la mano y con unos pocos versículos en la boca. ¿No entendemos que a nadie le gusta que le juzguen?, ¿no es esto mismo lo que predicamos dentro de los templos?

 


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¿Es lícito sentir desprecio, enfado o incluso ganas camufladas de vengarnos cuando al acercarnos somos rechazados por ese no creyente, ese no hermano, ese a quien llamamos no salvo? ¿Está bien según esa misma Biblia que llevamos en la mano?

¿Está bien ignorarlos, ponerles mala cara cuando no obedecen nuestros "consejos bíblicos", esos que ni nosotros mismos practicamos? ¿Está bien según la Biblia que llevamos en la mano? ¿O la Biblia solo es un arma contra el prójimo y no contra nosotros mismos?

Es cierto que hay quienes aprovechan la ocasión y ven en nosotros la necesidad de saciar una sed repentina, el hambre del momento, pero luego, una vez cubiertas sus necesidades, se marchan por donde han venido, hasta que sus penurias vuelven a aflorar y nos necesitan de nuevo. Entonces tenderán una vez más sus manos hacia las nuestras y pedirán más de lo que les damos, de eso que finalmente no termina de calarles en lo profundo porque seguramente no sabemos dárselo bien, sin condiciones, eso que reciben de nosotros y les dura tan poco, ese favor que les hacemos que va acompañado de un contrato que les obliga de por vida a estarnos sometidos, a pertenecer siempre a la misma congregación. 

¿Qué hacer, cómo hacerlo bien?, le pregunto al Señor ¿Cómo podemos presentarles el evangelio de la gracia que tan difícil nos resulta?  ¿No será que reproducimos un modelo inadecuado, un formato que incluye algún tipo de chantaje? ¿Cuánta gracia ponemos en venta a cambio de que los de fuera asistan a nuestros cultos? 

Todo esto me pregunto y me sigo preguntando. ¿No será que una vez que entran a nuestro redil autoritariamente cambiamos sus costumbres, su mundo, su "idioma", su idiosincrasia por otros más parecidos a los nuestros, "más cristianos" según nuestro entender? 

¿Qué salimos a ver, qué andamos buscando? ¿Gente angustiada, gente perdida?, entonces demos amor, misericordia, compasión. Es lo único capaz de transformar el mundo. Dios es tan generoso que nos reparte un poco de su ser para que a la vez lo compartamos. Demos sin pedir nada, sin esperar resultados. El evangelio, las buenas nuevas, en nada se parece a un libro de contabilidad. 

Dejémonos usar por el amor del Señor y que sea él quien nos dirija. Si queremos ser los protagonistas de la historia que vamos a transmitir, mejor hagámonos a un lado para que pase otro a ocupar nuestro lugar, otro que sea menos orgulloso, otro que anuncie sin exigencias desde la humildad.

¿Qué evangelio salimos a dar?

 

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Isabel Pavón.
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