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¿Puede convertirse la iglesia en un “no lugar”?


La iglesia puede convertirse en un lugar de paso al que vamos con un sentido estrictamente personal y egoísta.


La iglesia, como ‘no lugar’, puede presentarse cuando los componentes, que supuestamente buscamos el mensaje de Dios, pasamos por ella con el mismo interés que los que esperan el autobús en una parada reglamentaria, como los que entran en la estación de tren sin percibir donde se encuentran a pesar de llevar el billete en la mano. El billete es lo que importa, no el lugar ni quienes se encuentran allí en ese preciso momento que, aunque están, no lo están para los demás. El templo, como ‘no lugar’ es pasar desapercibidos los unos para los otros. No querer tratar ni ser tratados.

La iglesia puede convertirse en un lugar de paso al que vamos con un sentido estrictamente personal y egoísta que nos ayudará a conseguir un provecho. Quien predica puede ser el objeto que cumple nuestro deseo, pero tampoco nos interesa como tal.


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Foto de Jodie Walton en Unsplash CC.

Se cantan letras en primera persona del singular que no nos unen lo suficiente como congregación. Son estrofas que eliminan la hermandad con el que está a nuestro lado y también canta solo en primera persona. Este método certifica el individualismo. Lo aceptamos aunque tenga fácil solución. 

La iglesia puede convertirse en un no lugar de compromiso cuajado de gente donde cada uno va a lo suyo. Llevamos el salvoconducto, el ticket como símbolo de que buscamos un mismo fin, en este caso sería el mensaje que proporciona la Biblia, pero cada cual en su versión favorita, para agarrarse a la traducción que más les gusta o conviene, sin permitir otras versiones que consideran tabúes. Esto hace que, sintiéndonos como únicos propietarios, tomemos la Palabra en asientos de primera clase sin que nos importen los demás pasajeros.

Terminado el mensaje, que podría compararse con la travesía, el tiempo que dura el viaje y llegamos al destino, cada cual se dirige a la puerta de salida y hasta el próximo domingo.

Ni notamos al próximo cerca ni nos importa declarar públicamente nuestra actitud lo más mínimo.

¿Nos une esto al Señor o simplemente cumplimos con una liturgia que nos conforma la conciencia durante unos días? ¿Preferimos la iglesia como ‘no lugar’ para calmar nuestra ansiedad, para llenar ese hueco que se nos abre y nos acusa en forma de necesidad supersticiosa, obligándonos a hacer ese trámite dominical sin llegar al verdadero destino que el Señor prepara? ¿Puede observarse la necesidad de conseguir para el corazón una eternidad individual, singularizada, en la que el de al lado no me importa ni me ayuda a conseguirla?

También están los que van a entregar dinero para comprar milagros, para ganarse a Dios y tenerle de su parte. Sueltan grandes sumas, se sienten poderosos, muy por encima de los que, aun estando presentes, no ven. Su propósito de alcanzar bendiciones es tan grande que ninguna otra cosa les interesa. Para ellos el lugar de reunión es el local de un supermercado donde antes de salir han de pasar por caja.

La iglesia, como ‘no lugar’, nos sirve para que nadie nos caliente la cabeza que ya con lo nuestro nos sobra.
Sería horrible pero ¿podría, de verdad, convertirse nuestra comunidad en un ‘no lugar’? Esto dependerá de si queremos perder nuestra individualidad para pasar a ser pluralidad.

He aquí la definición de María Dora Foulkes sobre “el lugar y el no lugar en la utopía de la ciudad privatizada”. 

“Dando una definición dual los ‘no lugares’ son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y cosas, como los lugares de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta. Los no lugares que se plantean son de dos tipos: lugares anónimos de paso (aeropuertos - supermercados - rutas por peaje) y lugares de tránsito donde se estacionan temporalmente personas. Los primeros los tenemos, son copias casi exactas de los centros comerciales y los aeropuertos de otras partes del planeta, son las casas de deportes, las cadenas de ropa de diseñadores internacionales”.
“Cuando se borran las nociones de pertenencia, cuando se instalan y se borran las señales de territorio e identidad, en la experiencia urbana los lugares de paso, como los del viajero son no lugares pues nadie se siente en ellos como en su casa. En ellos no se evidencian pautas lugareñas pues el que está de paso en un lugar, no puede hacerlo, ni sentirlo suyo. Esto se aplica a los que vienen a la ciudad y se instalan perdiendo su tradición y modos habitacionales, y no se encuentran más como en su casa. La no identidad admite y genera el rechazo, la agresión, el desinterés. Los no lugares no poseen identidad, no tienen relación con localismos, sitios característicos y reconocibles o referencias históricas o temporales, no son registrados como lugares memorables por la memoria colectiva, son algo visto pero no registrado, donde no se han establecido contactos interpersonales, solo pasajes solitarios de seres anónimos”.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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