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Mujer, pilar del templo, columna labrada


La igualdad entre las personas no necesita ser justificada, es el deseo del Señor.

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8 de Marzo Día Internacional de las Mujeres


De David:

¡Bendito sea el Señor, mi protector!
Él es quien me entrena y me prepara
para combatir en la batalla;
él es mi amigo fiel, mi lugar de protección,
mi más alto escondite, mi libertador;
él es mi escudo y con él me protejo;
él es quien pone a los pueblos bajo mi poder.

Señor,
¿qué es el hombre, para que pienses en él?
¿Qué es el ser humano, para que tanto lo estimes?
El hombre es como un suspiro;
su vida pasa como una sombra.

Señor,
descorre la cortina de los cielos, y baja;
toca los montes para que arrojen humo;
lanza tus flechas, los relámpagos,
y haz huir en desorden a tus enemigos.
Extiende tu mano desde lo alto
y líbrame del mar inmenso;
líbrame del poder de gente extraña,
de los que dicen mentiras
y levantan su derecha para jurar en falso.

Señor,
voy a cantarte una canción nueva;
voy a cantarte himnos con el salterio.
Tú, que das la victoria a los reyes;
tú, que libraste a tu siervo David,
líbrame de la espada mortal;
líbrame del poder de gente extraña,
de los que dicen mentiras
y levantan su derecha para jurar en falso.

Nuestros hijos crecen como plantas en un jardín;
nuestras hijas son cual columnas labradas
que sostienen la estructura del templo.

Nuestros graneros están llenos,
repletos de toda clase de alimentos.
Nuestros rebaños aumentan por millares,
por miles y miles en nuestros campos.
Nuestras vacas quedan preñadas
y no tienen sus crías antes de tiempo.
No hay gritos de alarma en nuestras calles.
¡Feliz el pueblo que tiene todo esto!
¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor! 
Salmo 144.

 


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Foto de Sasha Freemind en Unsplash CC.

De principio a fin, qué hermoso es este salmo de David. Su confianza está  puesta en el Señor y le da toda la gloria. Su boca no cesa de reconocer lo bueno que Dios hace con su pueblo. Este salmo lo recitamos mujeres y hombres al mismo nivel. Todos somos iguales para Dios.

Entre algunos de esos versos (7-8 y repetido en el 11), aparece uno de los miedos de David. Nosotros compartimos sus mismos temores. Conocemos el daño que pueden hacer las mentiras. Tenemos conciencia de que hay gente que tergiversa los textos y las leyes como quieren, que predican inventos, sobre todo cuando personas que creemos conocer bien se nos vuelven extraños, hacen daño y ningunean a las mujeres. David pide, pedimos: 

líbrame del poder de gente extraña,
de los que dicen mentiras
y levantan su derecha para jurar en falso.
Un poco más adelante, en el verso 12, leemos el convencimiento de David, el nuestro también:
Nuestros hijos crecen como plantas en un jardín;
nuestras hijas son cual columnas labradas
que sostienen la estructura del templo.

Cuánto reconocimiento le concede a las mujeres. A pesar de las circunstancias de aquel tiempo y los revuelos que causan algunos en el nuestro. A pesar del patriarcado recalcitrante de entonces y del que todavía quiere permanecer imponiéndose, tanto en la sociedad como en las iglesias, más en las iglesias. Qué hermoso es este salmo, este versículo y con cuanto esmero se escribió, se leyó y cantó. Realza a los hijos como plantas de un jardín, como flores que hermosean y regalan su aroma. En este caso las mujeres resaltamos como las columnas labradas con especial cuidado que sostienen el edificio. Parece que se han invertido los roles que desde tiempos ancestrales nos tienen asignados. No es  difícil llevar a cabo tal reconocimiento.

Este bello anuncio llevado a cabo por un rey, uno de los corazones favoritos del Señor, es detestable para quienes a lo largo del tiempo disfrutan maltratándonos. Esos que cínicamente nos saludan con la sonrisa forzada y que a la más mínima expresión de igualdad se transforman en fieras dispuestas a destrozarnos. Aquellos que se deshacen exaltando a Dios y que le agradecen todo lo existente menos que la mujer tenga dones y los desarrolle, porque las ven como a un ser incompleto que no dispone de ciudadanía en su propia confesión de fe; que por ser domingo, y solo por eso, nos desean irónicamente toda suerte de bendiciones sin que ninguna de ellas salga de sus corazones. Me refiero a los que se reconocen como seres supremos que observan con lupa nuestro comportamiento, que examinan nuestro vestir, los modales con los que nos desenvolvemos y que prestan tan poca atención a nuestra vida, nuestros dones, nuestras enseñanzas.

La igualdad entre las personas no necesita ser justificada, es el deseo del Señor. Sin embargo, el mensaje que transmite David con tan pocas palabras es un anuncio para ellos especialmente, contra su desdén; para los que creen que no se equivocan nunca en sus convicciones; para los que disfrutan enarbolando simplezas.
Plantas y pilares. Dos conceptos manejables que en este versículo aparecen reflejados en los hijos e hijas, o sea, en todo ser nacido. 

Son muchas las veces que sufrimos discriminación. Por tanto, le agradezco al salmista su visión, la chispa afectiva del verso, la originalidad y el guiño que desde tiempos ancestrales nos lanza hasta hoy. Gracias, muchas gracias por reconocer en nosotras la legitimidad de tan gran fortaleza en el templo o en la iglesia. 

Gracias también al salmista por aborrecer las mentiras que se lanzan contra los inocentes, que en multitud de casos somos las mujeres. Muchos compartimos este temor, sobre todo la tergiversación de la palabra de Dios para sacar provecho y humillarnos. Para ellos no somos personas al cien por cien. 

Es posible que a los que creen en la discriminación, el miedo les lleve a no cambiar nunca, pero llegará el día en que estemos ante la presencia del Señor. Se convencerán entonces de que él no hace diferencia entre sus criaturas.
Reflexiono sobre el salmo completo y en especial en el verso doce que me permito repetir para que sea guardado en la memoria.

Nuestros hijos crecen como plantas en un jardín;
nuestras hijas son cual columnas labradas
que sostienen la estructura del templo.

Hace mucho ya que a las mujeres se nos abrieron los ojos y el entendimiento. Lo que antes erróneamente entendíamos como subordinación positiva, como derechos consolidados que nos habían impuesto, lo cuestionamos, lo analizamos y decidimos cambiarlo. 

Animémonos pues a realzarnos los unos a los otros y hagámoslo con maneras diferentes a las que estamos acostumbrados. Las mujeres somos fuertes, tan fuertes que sostenemos la estructura de la iglesia. Los hombres, delicados en hermosura, adornan los bellos jardines de todos los que formamos el pueblo de Dios.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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