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Mujer, amiga, madre


Tuyas somos. Líbranos de tanto pensamiento oscuro, de tanta amenaza de inutilidad, de tantos desvaríos, del sudor frío que nos baña de pies a cabeza.



Cuando las emociones se nos agolpan en la garganta, cuando las palabras no salen por más que lo intentemos, solo nos quedan  dos opciones contrapuestas: reír o llorar. En esos momentos profundos somos


...las mujeres sin habla.

Esas que mis dedos escuchan,

esas que entran de noche

con aliento de luna.

 


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Foto de Priscilla Du Preez, Unsplash.

Convoquemos, pues, a la luz del día, las palabras encarceladas. Son palabras necesarias, muestra de lo que somos y sentimos. Y si por causa del miedo no quisieran acudir a nuestros labios, dejémoslas brotar de nuestro pecho. Grabémoslas en las palmas de las manos, en nuestra frente.

Corramos la voz. Paguemos el precio de dar a luz a la palabra. Recuperemos el grito, el sonido vibrante, el canto. Yo, como vosotras,

hoy me levanté
crujiendo
como la puerta mal aceitada,
las bisagras dolosas
la madera rígida e inflexible.
El cuerpo presto a la quejumbre.
La mente sin ánimo de pensar.

Pero quiero decir no al silencio. ¡Ayudadme! ¡Ayudémonos! Dejemos claro que no somos seres alados. Tienen que enterarse. Somos madres. Alumnas sin maestros. Alumnas de un curso que nunca termina ni se detiene por vacaciones. Mujeres con vientres fecundos que jamás alcanzarán notas altas por tanto que se les exige.

¿Es acaso mi ser mujer,
la vida que di,
la que me cobra hoy la cuenta
ensañándose con mi corazón?

Somos madres. Madres en blanco y negro. Solo eso. Todo eso. Mujeres cuyo vientre se rompió a los trece o los quince, abriéndonos los ojos a la vida que se nos presentaba ya sin engaños, cortándonos los sueños. Se nos hizo la luz de un día para otro sin que pudiéramos evitarlo. Y aquí estamos. Solas. Solas en un mundo de solas. Solas en medio del caos de la vida, rebelándonos contra nuestra propia indefensión.

Somos objeto de estudio. Nos investigan. Inventan fórmulas y más fórmulas luminosas para apuntar con un rayo de luz nuestras carencias, nuestras palabras.

Carencias, sí.

Sacan a la luz nuestras hieles y nuestras mieles. Nos llaman locas.

Amigas, en verdad, en verdad os digo: reivindiquemos nuestra herencia. Entreguémonos el corazón las unas a las otras. Entremos juntas en el reino de los cielos.

Mujer, amiga, madre, ¿quién nos condena? 

¿Empezó la injusticia
desde la primera célula?
¿Desde un Dios varón
y sin piedad?
Quiero pensar que no.

Por eso, Señor, danos de tu sabio pan cada día. Tuyas somos. Líbranos de tanto pensamiento oscuro, de tanta amenaza de inutilidad, de tantos desvaríos, del sudor frío que nos baña de pies a cabeza. Haznos ver que nuestro tiempo no está perdido. Despójanos de todos los temores. Enséñanos a soñar cada día con las promesas que se nos presentan como aparentemente impenetrables.

Despiértanos del sueño. Toca nuestra frente. ¡Qué solas estamos! ¡Sopla fuerte! El mundo está desmemoriado. Apiádate de él con tu infinita misericordia. Malviven sin nosotras. Tómanos de la mano, anúnciales que aquí estamos las mujeres, las amigas, las madres.

Los versos pertenecen a diferentes estrofas del Poemario Apogeo, de Gioconda Belli.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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