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La desgracia de ser llamados a despreciar y humillar


Nuestro mundillo cristiano está repleto de insulsos fanáticos intransigentes que sólo se miran el orgullo que anida dentro de sus sucios ombligos.

Los hay que ni siquiera en fiestas de guardar descansan en el ejercicio de despreciar y humillar a los que consideran diferentes. Cristianos se llaman a sí mismos porque dicen seguir las enseñanzas de Jesús de Galilea, aunque lo que creen y lo que ejecutan para nada tiene que ver con el evangelio del Maestro. Buscan versículos bíblicos para justificar lo que afirman porque sin estos no se sienten ni seguros ni respaldados. Sus propias voces no valen nada y lo saben. Necesitan reafirmarse con la Palabra de Dios, aunque la Palabra de Dios en absoluto los reafirme. 

Enarbolan la bandera de si eres diferente no eres de los míos y si no eres de los míos no eres de Dios, y ahí queda eso para enmarcarlo en grande. Transmiten tristeza pues creen ser los únicos bienaventurados.

 


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¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, un cuadro de James Tissot. / Wikimedia Commons

Nuestro mundillo cristiano está repleto de insulsos fanáticos intransigentes que sólo se miran el orgullo que anida dentro de sus sucios ombligos, y lo peor es que hay payasos que les aplauden igual que si estuvieran sentados en las gradas eclesiales disfrutando de un espectáculo de circo con entrada gratuita. 

Son personas que a través de la amenaza buscan seguidores, porque si estuvieran solos se morirían de miedo. Atizan, apuñalan, agravian, matan con actitudes y palabras  ya que las leyes no les permiten hacerlo de otro modo, si no lo harían. Si las leyes permitieran el uso de las armas veríamos como, de un día para otro, mermarían muchas iglesias hasta quedar solas con el fanático de temporada, con el que no conoce para nada el amor y está deseoso de poder llevar a cabo su necesidad de hacer daño y torturar al máximo.

Los que actúan así son dioses del odio. Son locos de atar que, sin estar medicados, andan sueltos. 

Se entronizan dondequiera que asientan sus blanduzcas posaderas. Para hacerse grandes pisan el cuello de quienes quieren que les sigan. 

Estos ciegos hipócritas se tienen en tan alta estima que salvan en nombre de Dios a quienes están de acuerdo con ellos y condenan a quienes no. Dan vergüenza ajena y asco.

Están convencidos de que el cielo tendrá abiertas, de par en par, las puertas sólo para sí mismos y se ilusionan pensando que en la mesa del banquete celestial no estarán los que se hallaban en las encrucijadas de caminos, los que se encontraban en los cercados, en las callejas, las plazas, no. Sólo habrá una silla y esta tendrá su nombre grabado en oro en el respaldo, pues Dios los ha salvado, no porque les haya perdonado sus pecados sino porque son personas perfectas y sin mácula. ¡Qué lejos están de saber que se encontrarán en la presencia del Señor con muchos de los que han subestimado!

Estos enterados gozan haciendo sufrir al prójimo, a ese que no aman como a sí mismos, ordenanza clara que, dicho sea de paso, también aparece en un versículo. No conocen la empatía, mucho menos el mensaje de amor de Dios. Se sienten seres superiores, colmados de un falso discernimiento. Son los que consideran que han sido llamados a despreciar y humillar sin medida y no consiguen otra cosa que llevar al hartazgo de ser ellos mismos despreciados. Pena dan.


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Isabel Pavón.
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