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Excesivo dinamismo o postureo


La vida que da Cristo es diferente y la transmitimos sin tener que darnos cuenta, ni fingir.


Da la impresión, según la actuación de algunos de nosotros, que para predicar a Cristo hay que mostrar un excesivo dinamismo que vamos aprendiendo unos de otros. Cuando nos dirigimos a los demás queremos mostrar una actividad interna que notoriamente se nos ve falsa, por no decir ridícula y además ponemos nervioso a quien nos escucha.

 


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El postureo ha entrado a formar parte del mundo de los creyentes. Vernos en la tesitura de mostrar, a través del movimiento corporal, que Cristo vive en nuestro interior y por eso estamos en constante movimiento, prestando atención a nuestra carne adornada de músculos y tendones, al balanceo de nuestra cabeza, a nuestros brazos y piernas hace que, cuando hemos terminado, ya sea una conversación, una predicación, un debate, además de tener la mente cansada, el cuerpo se nos queda como si nos hubiesen dado una paliza, como si hubiésemos corrido un maratón. 

Sin embargo, la vida que da Cristo es diferente y la transmitimos sin tener que darnos cuenta, ni fingir. La da a cada uno según su forma natural de ser. Cristo actuaba de manera íntegra y los apóstoles tenían su propia idiosincrasia.

La falsedad, la teatralidad o el postureo añadido al evangelio, de veras lo estorba. Seamos nosotros mismos, con más o menos dinamismo, pero seamos naturales, que la gente nos reconozca tal y como somos. Ser cambiado por Cristo es otra cosa.

 


Publicación en otros medios:
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