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En defensa del inocente


El Señor se posicionaba junto al abandonado sin sentir vergüenza.

 

¿Cuántos de nosotros defendemos la verdad del inocente? ¿Hasta dónde llegan nuestra cobardía y nuestros intereses?

Se nos brindan oportunidades en las que podemos salir al amparo de un vecino, un amigo, un familiar, o un creyente, da lo mismo. Oímos mentiras, falsos testimonios, hechos tergiversados y ataques. En ocasiones callamos y con esto consentimos. Nos posicionamos en el lado de los que castigan. Dejamos pasar la oportunidad de hacer el bien por causas justas posicionándonos al lado de las injustas. De esta manera fomentamos el daño que esa persona está recibiendo, ya sea de frente o por la espalda. Le negamos el auxilio. Esto da lugar a que, quien ofende, se crezca en su poder.

 


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Una mirada puede ser un abrigo oportuno ante la infamia. Una palabra de cariño puede aportar sanidad a la herida abierta. Un abrazo a tiempo puede salvar del peligro. Hemos de proteger al desvalido de toda clase de violencia, ya sea haciendo uso de los gestos, de la voz, de la palabra escrita; en definitiva, del lanzamiento de comentarios a favor del que sufre. Los acusados que verdaderamente están libres de culpa necesitan auxilio. 

Intercedamos también por los amedrentados y por los que han sido engañados con facilidad.  Pongamos la mano en el fuego por el inerme. Hagámoslo con honradez. No podemos consentir silenciar el amparo que necesitan los más desprotegidos. Busquemos razones apropiadas para hacerlo, seguro que las hay. Hablemos en su socorro, es esencial, estamos obligados a ellos, aunque el resultado no sea siempre el que esperamos.

Nuestro deber es estar listos para preservar el respeto, la paz, el derecho del otro, la verdad, al menos la que conocemos y luchar por ello aunque la realidad se nos vuelva en contra. Hagámoslo por causa del evangelio, por ellos y por nosotros mismos. Quién sabe si quizá mañana nos toque a nosotros y nos veamos en la misma situación de indefensión. No esperemos hasta entonces para darnos cuenta de lo necesario que es sentir apoyo.

Ante cada situación, miremos a Jesús y preguntémonos qué haría él, ¿temió señalarse o que le señalaran? El Señor se posicionaba junto al abandonado sin sentir vergüenza, sin dejarse dominar por el temor o venciendo ese temor, sin importarle lo que dirían de él. He ahí nuestro más claro ejemplo.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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