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En busca del Reino


¿Cuál sería el lugar más apropiado donde buscar tan preciada dádiva?



El Reino de los cielos sólo le aportará esperanza a los más necesitados y atentos.

Una mujer buscaba el evangelio del Reino de los cielos. Durante su andadura diaria y a simple vista, cualquier señal se le aparecía disfrazada como propia de él pero, al escudriñarla, sólo encontraba envoltorios que le impedían abrazar las buenas noticias. 

Una noche invernal decidió salir a la calle. Para estos menesteres que consideraba de suma importancia le gustaba ir sola. Sabía que nadie podría verla. Estaba harta de que le calentaran la cabeza con preceptos y los oídos con vana palabrería. 



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Foto de Freddy Marschall en Unsplash CC.

Caminó a la deriva durante un tiempo hasta que decidió descansar junto a unas jardineras de plantas silvestres que se habían adueñado del terreno. Se sentó y comenzó a cavilar con los ojos cerrados. ¿Cuál sería el lugar más apropiado donde buscar tan preciada dádiva? A modo de visión apareció ante ella un enorme contenedor. Un cartel con chispeantes luces anunciaba su contenido: “Despojos celestiales”. Envuelta en aquella ensoñación, se acercó. No hizo falta levantar la tapa pues se hallaba abierta, a rebosar de  materiales diversos. No llevaba guantes y sintió cierta repugnancia ante lo que veía. Lo pensó un instante y tomó la decisión de que si tenía que ensuciarse lo haría, y se puso manos a la obra.
 
De las primeras bolsas sacó himnarios con infinidad de canciones y sus respectivas notas musicales. Las leyó. Comprobó que el mensaje que transmitían no valía nada y, si bien animaban el espíritu humano, el Espíritu Santo no habitaba en ellas. El evangelio del Reino de los cielos no se encontraba allí.
 
Continuó con su búsqueda y halló paquetes de proyectos inventados que para nada servían. Eran excusas para ayudar a gente que en realidad no lo necesitaba; soluciones para problemas que se habían creado para aplicar dichos remedios; diseños e ingenios para solicitar ayudas a amigos y miembros de las congregaciones. Sin embargo, el evangelio puro, sin conveniencias e intereses personales y de lucro, no aparecía. 

Prosiguió y descubrió folletos publicitarios donde se vendían versículos de la Biblia en diferentes formatos. Se publicitaban objetos con mensajes personalizados, como si se tratasen de amuletos de la suerte, pero en ellos no se ubicaba el evangelio del Reino. 

Dentro de una caja de cartón, atada con un lazo dorado, aparecían escritos los mensajes que se predicaban los días de culto. Unos contenían amenazas de condenación, otros palabras preciosas que sonaban como música a sus oídos, pero en ellas no había más que caramelos de engatusamiento; el evangelio del Reino no estaba en aquella recopilación de textos. 

Aquél contenedor era un exponente de lo que se confeccionaba en algunas iglesias que se habían convertido en oficinas de todo tipo de negocios y chantajes emocionales. 

La mujer lloraba de impotencia dada su necesidad de Cristo y continuó con su búsqueda hasta el final. La mugre la cubría ya casi por completo y no le quedaba sitio donde buscar. En su visión, dio marcha atrás para regresar al asiento que había ocupado y sobre él vio algo que se hallaba rodeado por una luz blanca. Lo abrió bajo la triste luminosidad de la farola, testigo mudo junto a ella. Poco a  poco fue degustando el manjar que la consolaba y a la vez la comprometía en un singular seguimiento del Señor. Era el evangelio genuino, sin aderezos humanos, ¡cómo brillaba! Un ruido a su espalda la sacó de su ensimismamiento. Al volver en sí se asustó. Miró a su alrededor y sólo creyó ver a su espalda lo que le pareció una cruz arrastrada por alguien, al tiempo que oía un susurro cálido que le decía, tú sígueme.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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