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El tonto quiere que el sabio lo sea


Este asunto es demasiado antiguo. Algo parecido le ocurrió a Caín con Abel en su estatus ante el Señor.

 

En una ocasión presencié que, al acabar un partido de fútbol y salir a la calle el equipo ganador, los fans del contrario que no habían aceptado la derrota, le estaban esperando por los alrededores del campo para tirarles piedras.

Sabemos de casos en que a los alumnos más aventajados, los propios compañeros les preparan trampas para que bajen la nota y, además, les pegan a escondidas.

 


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Foto de Alexander Schimmek en Unsplash.

Cuando una persona sospecha que va a ser sustituida en su trabajo comienza a denigrar a quien ocupará su plaza. 

A todo aquel que sube se le intenta bajar de golpe y a todo el que se ve degradado le suben las malas ideas.

Había un muchacho, algo excéntrico y cínico, que desde pequeño ya apuntaba maneras. Malas maneras. Acostumbraba a tirar piedras a sus maestros cuando se hallaban de espalda. Les veía tan superiores a él, tan firmes, que en vez de soñar con prepararse y parecerse a ellos, simplemente los observaba y envidiaba su sabiduría.  Se sentía tan herido que no sólo le bastaba con agredirles sino que comenzó a tirar piedras a todo aquel que, lo fuera o no, reconocía como superior. 

Pero ocurría que cada piedra que arrojaba se volvía contra él y sentía el golpe en el pecho. No entendía que para lograr lo que otros poseen hay que esforzarse y dedicar el tiempo necesario en conseguirlo, no en destruirlo. Sus complejos le llevaban a desear que los sabios fuesen tan tontos como él, porque sí, sin más razonamientos. 

En el sentido espiritual ocurre lo mismo. Hay seudofieles que, tirando piedras, quieren conseguir derribar a los que se esfuerzan en perfeccionar sus dones. Los critican y denigran con el fin de apagarlos. Este asunto es demasiado antiguo. Algo parecido le ocurrió a Caín con Abel en su estatus ante el Señor.

En el fondo, estas personas acomplejadas y al mismo tiempo tan poco  predispuestas al trabajo, más que una queja contra los que se esfuerzan, se están quejando contra Dios. Su falta de autoestima les lleva a no reconocer sus propios dones. Viven convencidos de que el prójimo es el único bendecido con la oportunidad de prestar un servicio a su comunidad y, al mismo tiempo, de manera incongruente, no quieren esforzarse en nada. Más que trabajar desean recibir galones. Señores y señoras, hay mentes que no dan para más.

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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