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El tiempo es oro


Me he topado con esta historia por casualidad y la retomo hoy ya que me parece bastante ilustrativa para ayudarnos a aprovechar nuestra existencia.

 

Leí esta pequeña historia hace bastantes años y, como suelo hacer con todo lo que me gusta, le puse una señalita a modo de guiño al margen. Me he topado con ella por casualidad y la retomo hoy ya que me parece bastante ilustrativa para ayudarnos a aprovechar nuestra existencia, que es tan hermosa, tan hermosa, que solemos compararla con ese tiempo llamado oro. 

El cuento se titula Iluminación:

 


2

 

Había un verdadero gentío en la sala de espera del médico. Un caballero de bastante edad se levantó y se dirigió a la recepcionista.

“Señorita”, dijo con suma cortesía, “yo tenía hora para las diez en punto y ya son casi las once. No puedo seguir esperando. ¿Tendría usted la amabilidad de darme hora para otro día?”

Una mujer que estaba también aguardando se inclinó hacia la que se encontraba sentada a su lado y le dijo: “Seguro que tiene más de ochenta años... ¿Qué será eso tan urgente que tiene que hacer el que no puede esperar?”

El anciano, que acertó a oír el comentario de la dama, se volvió hacia ella, le hizo una cortés reverencia y le dijo:

“Tengo exactamente ochenta y siete años, señora. Y ésa es precisamente la razón por la que no puedo permitirme desperdiciar un solo minuto del precioso tiempo que aún me queda”.

El que ha alcanzado la iluminación no desperdicia un solo minuto, porque ha comprendido la insignificancia relativa de todo cuanto hace.

Tomado del libro La oración de la rana (2), Anthony de Mello, Editorial Sal Terrae, página 211.

Es por eso, porque la edad llega y nos damos cuenta, porque la vida corre, porque a veces vuela, por lo que hemos de tomar la decisión de intentar ganar algo de todo lo que se nos ha escapado y procurar, a partir de ahora, no descuidar más los minutos que nos quedan y mucho menos las horas. Llega el momento de ser los dueños, dominar cuándo, dónde y cómo debemos gastarlos sin que nos lo ordenen los demás. 

Se trata de no volver a perdernos en el laberinto de las banalidades, ya sean estas lugares en los que no deseamos estar, personas concretas que forman parte de nuestro entorno y no nos aportan felicidad aunque nos esforzamos en ofrecerla, entretenimientos que no nos satisfacen, lecturas improductivas sin enseñanza alguna, colectivos cuyo fin no lleva a nada que nos agrade o cualquier otro pasatiempo fatuo que veamos que, aunque para nosotros está ya en vías de extinguirse, no nos atrevemos a dejarlos morir del todo, o acudir a ambientes en los que no nos encontramos a gusto porque no somos aceptados. 

Guardemos con cariño a modo de pinceladas mágicas todo lo bueno vivido, las experiencias positivas con la que nos hemos topado. Eso es puramente nuestro, no nos lo va a quitar nadie.

No dejemos pasar más días. La vida transcurre. Aunque pensamos que de todo esto somos conscientes cuando alcanzamos la madurez, estamos muy a tiempo y  merecemos crearnos un entorno mucho más agradable del que a veces tenemos.

 

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Isabel Pavón.
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