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El Señor no necesita nuestros favores,
el prójimo sí


Es Señor justo, por eso las ofrendas de los poderosos no tienen valor, como tampoco la tienen la de los pobres. Para el Señor somos todos iguales.



¿Con qué me presentaré a adorar
al Señor, Dios de las alturas?
¿Me presentaré ante él con becerros de un año,
para ofrecérselos en holocausto?
¡¿Se alegrará el Señor si le ofrezco mil carneros
o diez mil ríos de aceite?
¿O si le ofrezco mi primogénito
en pago de mi rebelión y mi pecado?

El Señor ya te ha dicho, oh hombre,
en qué consiste lo bueno
y qué es lo que él espera de ti:
que hagas justicia, que seas fiel y leal
y que obedezcas humildemente a tu Dios.
(Miqueas 6:6-8)



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Foto de Jamie Taylor en Unsplash.

Al Señor no podemos comprarle, ¿para qué querría él nuestras ganancias? ¿No es dueño de todo el universo? No podemos pagarle sus favores con nuestro bien más preciado. Dios no entra en nuestras conveniencias, ni necesita nada. Es Señor justo, por eso las ofrendas de los poderosos no tienen valor, como tampoco la tienen la de los pobres. Para el Señor somos todos iguales.
Cuando ofrezcamos algo hagámoslo con humildad, para suplir necesidades reales, para ayudar, no como quienes esperan algo a cambio. 
No demos con la doble intención de recibir, ni para expiar los pecados, ni para recompensar los daños que nos estorban en la conciencia, ni para significarnos delante de los demás.
Lo que se espera de nosotros es, más que darle a él, hacer feliz al prójimo, revertir el agradecimiento que le tenemos en los demás. Seamos justos con los que nos rodean, que son muchos y muy necesitados; seamos fieles además de a Dios, al prójimo; vivamos con lealtad a él y a los que nos rondan. Al Señor hay que dar sin que nos enteremos de que damos y hacerlo de manera que los que se favorezcan, los otros, sean bendecidos.
Obedezcámosle con humildad. Solo eso, ni más ni menos. Eso solo.

 

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Isabel Pavón.
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