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Desubicados

Mientras estamos en la iglesia, nos familiarizamos en muchos aspectos: el lenguaje, la estética, los modales. Nos reconocemos. Es en la calle cuando podemos convertirnos en desconocidos.

La certidumbre llega como un
deslumbramiento.
Se existe por instantes de luz. O de
tiniebla.

Del poema Ser un instante, de Rafael Guillén

 

A veces nos encontramos con alguien frente a frente. Aunque creemos conocerle, no terminamos de ubicarle. Esperamos su iniciativa. Quizá nos saluda y respondemos con cortesía. Sin embargo, no conseguimos saber quién es. Le damos vueltas a la cabeza con rapidez, pensando y requetepensando quién es esta persona con la que cruzamos unas palabras y a qué ámbito pertenece. 


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Foto de la Toni Koraza en Unsplash CC.

El caso nos puede ocurrir con la pescadera. La vemos pasear por la playa y no logramos situarla, recordar su nombre. Estamos seguros de que forma parte de nuestro entorno. Va con bañador y así no la hemos visto nunca. No se ha maquillado porque no lo necesita para lidiar con las olas. Nuestra memoria se desorienta. 

Otras veces puede ocurrir que el reconocimiento se entorpezca porque el caballero con el que nos saludamos se ha afeitado la barba. O la hija de la vecina ha pasado, de la noche al día, del tinte negro azabache al rubio platino. Quizá nuestro sobrino, que siempre va con un tipo de ropa, de repente ha cambiado amigos y de estilo. Su presencia nos despista, incluso nos inquieta.

En estas situaciones tan incómodas, los segundos corren. Seguimos frente a frente con ese (des)conocido que actúa con total normalidad, pero nosotros no podemos. Esa cara, esa hechura de cuerpo que flotan como nubes a su antojo, no terminan de encajarnos en la cabeza. Queremos registrar a toda costa al ser con el que hablamos sin lograrlo. Reconocemos sus ademanes, nos suena la sonrisa, y nada. Nos pregunta libremente por temas personales y sentimos reparo al responder porque no sabemos hasta dónde contarle, si abrirnos sólo a medias en el diálogo. 

El tiempo va ahora más deprisa. Nos incomoda tanto que no sabemos qué hacer. Deseamos con fuerza que nos trague la tierra. Vemos que en realidad no es una confusión del otro, sino que nos hallamos totalmente desnortados en el laberinto que nos presenta su persona.

Pasamos apuro hasta que nos decidimos a preguntar con franqueza quién es. Gracias a su ayuda se resuelve el problema. Nos disculpamos. Brota la risa. Todo queda en una simple anécdota. Lo que se esfumaba se nos hace perceptible. Respiramos hondo y la vida regresa al cuerpo.

Por hacer una comparación traslado lo anterior a la persona de fe, a nosotros. Ocurren situaciones parecidas. Mientras estamos en la iglesia, nuestro ambiente, nos familiarizamos en muchos aspectos: el lenguaje, la estética, los modales. Formamos un conjunto en este lugar que nos agrupa y nos da señas de identidad. Nos reconocemos. Es en la calle cuando podemos convertirnos en desconocidos.
Modificamos las formas, el lenguaje, los modales, las costumbres, como si fuésemos otros. En la iglesia tratamos que se nos sitúe según nuestro buen modo de obrar, en la calle parece que no nos importa tanto. Nos ponemos unas gafas de sol enormes que disfrazan, en gran manera, nuestras formas. No somos reconocibles porque no estamos reflejando a nuestro Señor Jesús.  

Ya sea dentro o fuera del templo, tratemos todos de que al prójimo no le cueste ubicarnos en la fe que profesamos. Que nos reconozca sin dudas. Al Señor también.

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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