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Desenterrar nuestros talentos

Recordemos sin olvidarlo nunca que Dios está por nosotros, no contra nosotros, que en su amor no hay temor alguno.



Demos un repaso al célebre texto de la parábola de los talentos:

El reino de los cielos es como un hombre que, a punto de viajar a otro país, llamó a sus criados y los dejó al cargo de sus negocios. A uno le entregó cinco mil monedas, a otro dos mil y a otro mil: a cada cual conforme a su capacidad. Luego emprendió el viaje. El criado que recibió las cinco mil monedas negoció con el dinero y ganó otras cinco mil. Del mismo modo, el que recibió dos mil ganó otras dos mil. Pero el que recibió mil, fue y escondió el dinero de su señor en un hoyo que cavó en la tierra.

Al cabo de mucho tiempo regresó el señor de aquellos criados y se puso a hacer cuentas con ellos. Llegó primero el que había recibido las cinco mil monedas, y entregando a su señor otras cinco mil le dijo: "Señor, tú me entregaste cinco mil, y aquí tienes otras cinco mil que he ganado". El señor le dijo: "Muy bien, eres un criado bueno y fiel. Y como has sido fiel en lo poco, yo te pondré al cargo de mucho más. Entra y alégrate conmigo". 

Después llegó el criado que había recibido las dos mil monedas, y dijo: "Señor, tú me entregaste dos mil, y aquí tienes otras dos mil que he ganado". El señor le dijo: "Muy bien, eres un criado bueno y fiel. Y como has sido fiel en lo poco, yo te pondré al cargo de mucho más. Entra y alégrate conmigo".

Por último llegó el criado que había recibido mil monedas y dijo a su amo: "Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso tuve miedo; así que fui y escondí tu dinero en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo". (Mateo 25:14-25)


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Foto de Lucas van Oort en Unsplash CC.

A Jesús le gusta contar historias sobre el Reino de los cielos en las que en un momento determinado se produce la desaparición del protagonista de la trama. Así ocurrió en la enseñanza del padre de familia que plantó una viña, contrató labradores y se fue de viaje, Mt 21, 33-46; o en la parábola de las diez muchachas donde el novio tardaba en llegar. En el texto de los talentos pasa lo mismo. Estas desapariciones o retrasos son muy significativos y sirven para conformar las historias.

En esta reflexión vemos cómo los talentos se desarrollan de manera diferente.  Los criados que más recibieron fueron leales y actuaron de manera correcta. Pero resulta reveladora la actitud diferente del tercero que decidió enterrar el suyo por temor a su señor. Fue mezquino tanto en su modo de obrar como en su respuesta, no hay duda. Sin embargo, conozco experiencias tristes que me hacen pensar y buscar un matiz nuevo en esta parábola, algo parecido a una justificación que pueda redimir en parte, no a este sirviente censurado que no supo gestionar la responsabilidad que se le entregó, sino a otros que no pueden desarrollar sus talentos según las normas y objetivos que se han implantado en algunas iglesias hoy. 

Todos, ya sea directamente o por referencias, conocemos lugares de culto donde  los siervos del Señor se ven enclaustrados en situaciones y disciplinas en las que no pueden desarrollar sus dones. No son animados a ello, o incluso son acosados y coartados por unos dirigentes que no quieren perder el dominio que ejercen sobre su comunidad. Son líderes rígidos, soberbios, que ahogan la gracia del Espíritu Santo en vez de ser pastores amorosos. 

Sin lugar a dudas podemos pensar en lugares tóxicos en los que, a causa del miedo, es imposible multiplicar los dones. La rigidez y prepotencia de los que gobiernan la congregación, la falta de cuidado, la escasa preparación y el miedo que inculcan a los miembros sobre los castigos que le vendrán de parte del Señor y la condenación eterna, los privan de realizar cualquier servicio. Son gente mala que, despreciando el regalo de la salvación, obliga a creer que Dios es justiciero, cruel, castigador, con el que más vale no jugársela. Fuerte pavor con el que se llega a la conclusión de que es mejor enterrar bajo tierra lo que se ha recibido sin llegar a exponerlo, que atreverse a desplegarlo y recibir el castigo de los que se empeñan en enseñar erróneamente sobre la Gracia del Señor. 

Recordemos sin olvidarlo nunca que Dios está por nosotros, no contra nosotros, que en su amor no hay temor alguno. Animémonos unos a otros a perder el miedo y, si somos de los que un día decidimos enterrar lo que habíamos recibido, si habíamos decidido dejarlo pudrirse bajo tierra por causa de uno o varios dirigentes crueles, es hora de dejarlo florecer a partir de este momento, sin demora alguna.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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