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De davides y urías


Los Davides del presente, igual que entonces, si se empeñan, pueden despachar comunicados amenazantes para que borren a los Urías del mapa.

De todos es conocida la historia relatada en el segundo libro de Samuel capítulo once ocurrida entre el rey David y Urías el hitita, uno de sus valientes. Si tiramos de la manta que usó David para cometer su pecado y sin saber en qué estado de cansancio se acostó la siesta, lo que está claro es que, cuando se levantó, se hallaba despierto de cuerpo entero ¡No hay nada mejor que unas horas de descanso para ver la vida de otra manera! Y si tiramos del rizo de la toalla de baño llegamos hasta Betsabé, la mujer del guerrero que, después de sus días de menstruación, necesitaba purificarse y que aparece, más bien, como un personaje pasivo. 


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Los dos primeros continúan siendo útiles para hablar de los métodos actuales de abuso de poder y traición entre quienes ostentan el mando y sus subordinados. Cada cual lo aplique donde vea conveniente y cambie si es necesario el sexo de los personajes. 

Los Davides de hoy, duerman siestas o no, siguen pecando a escondidas, dando rienda suelta a sus deseos carnales. Abusan de su autoridad contra los que consideran sometidos. Intentan manipularlos para que no se den cuenta de cuales son sus objetivos personales. Pero resulta que sus caprichos, sus pecados, terminan flotando, igual que flotó a la vista el embarazo de Betsabé. Sólo es cuestión de tiempo.

Los Davides actuales, cuando hacen la puñeta, procuran por todos los medios convencer a los Urías de que están limpios y libres de culpa. Son tan orgullosos no ven su propia suciedad.

Los Urías son leales. Les cuesta ver que su líder falla y mucho más aceptar la manera en que falla. Lo tienen idealizado de tal forma que se niegan a aceptar la realidad, apuestan por el hasta la muerte pues es tanta su fidelidad y entrega que interpretan el significado del nombre como “Davidnidad”.

Los Davides de hoy colocan a su servicio a un séquito de amigos a los que pueden manipular y disponen el escenario a su favor. Por ejemplo, pueden enviarle a Urías un mensaje dándole ciertas pautas de comportamiento y luego negar que lo han hecho, o le dan la vuelta a la tortilla y aseguran que quisieron decir otra cosa y fueron malinterpretados; o en su despacho privado, junto a los que están bajo su mando, tomar decisiones adversas contra Urías y, al salir de allí, si se topan con la víctima en los pasillos lo abrazan y le dedican toda clase de bendiciones habidas y por haber.

Los Davides actuales conocen tantas estrategias o más que el David de la Biblia. Por eso hay veces que profanan las habitaciones -entiéndase cualquier intimidad personal- de Urías y cuando las abandonan, hayan o no encontrado lo que buscaban, niegan públicamente haber estado dentro.

Cuando a los Urías se les abren los ojos, se dan cuenta del entramado que hay a su alrededor, se niegan a obedecer órdenes porque saben que son trampas y denuncian lo que ocurre, ¿verdad que recordamos perfectamente lo que le pasó al Urías de la Biblia?, pues eso, aunque luego parezca que lo que ocurre son cosas del día a día de la  guerra. Y es que los Davides del presente, igual que entonces, si se empeñan, pueden despachar comunicados amenazantes para que borren a los Urías del mapa y cuando este desaparece hacer como que se lamentan de su evaporación, de su pérdida.

Si pasado el tiempo, alguien se acuerda y pregunta al David del presente qué fue de Urías, seguramente contestará con una antigua y famosa frase que todos recordamos: ¿Acaso soy yo el guardián de...?

 

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Isabel Pavón.
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