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Cuando la empatía brilla por su ausencia


Cuando la necesidad ajena acecha, no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni más ciego que el que no quiere ver, ni corazón más duro que el que no quiere amar.

 

Un mendigo se acercó a una señora bien vestida que estaba de compras en Rodeo Drive y le dijo: llevo cuatro días sin comer nada. Ella le miró y respondió: Dios mío, cómo me gustaría tener esa fuerza de voluntad. 
(Anónimo)


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Foto de Timon Studler en Unsplash CC.

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarle esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta ropa y la comida necesarias para el día; si uno de vosotros les dice: “Que os vaya bien; abrigaos y comed cuanto queráis”, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. 
Santiago 1:14-17 

Cuando la empatía brilla por su ausencia, cosa que ocurre con demasiada frecuencia, explicar, dar a entender o intentar argumentar algo, es como darse cabezazos contra un muro. Conversar con los faltos de entendimiento agota hasta el extremo. Por más que se ponga el empeño en hacerles ver otra postura, no vale para nada.

Me preocupa que, por falta de abono espiritual, ese don tan hermoso esté en vías de extinción. Es cierto que practicarlo resulta difícil porque le lleva a uno a implicarse. Sin embargo, ponerse en los zapatos del prójimo ayuda mucho a comprender su situación.

Cuesta concienciarse de que la empatía no es un don plural, a la vista está el brillo de su ausencia. Basta con que alguien comience una conversación sobre un tema serio para que no falte la escandalosa carcajada mofándose de lo que ha dicho. Lo mismo ocurre si se cuenta algo gracioso, siempre habrá quien no entienda y se quede a dos velas ante la chispa que ha salido de una boca que no es la suya. Y es que no se puede hacer nada más que tener paciencia, no enfadarse, porque las personas así creen que son el ombligo del mundo y no quieren cambiar respecto a las vivencias de los demás. Los importantes son ellos y, los otros, quienes tienen que afanarse en comprenderlos cuando necesitan ser atendidos. El chiste del comienzo es un ejemplo.

No es que estas personas se propongan estar faltos de ese don, no, simplemente viven ajenos a él, como si no existiera, y son tan felices. 

Cuando la necesidad ajena acecha, no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni más ciego que el que no quiere ver, ni corazón más duro que el que no quiere amar. A  estos que ocupan el tema de hoy todo les da absolutamente igual si lo que ocurre no tiene que ver consigo mismos.

Cada uno examínese y vea si en su depósito central encuentra el entendimiento de este hermoso concepto: empatía, sinónimo de compasión, simpatía, solidaridad, comprensión, lástima, pesar. Y si es así, sáquelo, quítele el polvo y póngaselo encima. Cúbrase totalmente. Yo me apunto. Quiero mirar a mi alrededor de otra manera aunque sepa que, al sentir lo que voy a sentir, la mayoría de las veces me dolerá el alma.

 

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Isabel Pavón.
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