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Caretas del disimulo

No podemos negar que más de una vez y más de dos, con el corazón al borde del colapso, nos cruzamos de brazos y ese tiempo se nos hace eterno esperando ver como el amor de Dios viene hacia nosotros.

Oír, ver, y callar maldades. Es la consigna ancestral más cómoda y antisagrada que nos imprimen desde el nacimiento. Solemos vestir la ropa y la careta del disimulo. Sin embargo, la misma consigna no nos vale cuando somos los perjudicados. Exigimos que los demás estén atentos, que se hagan presentes cuando los necesitamos, que nos oigan, nos vean, que tengan consideración y cuenten a otros las injusticias que se comenten contra nuestra persona.


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Sin embargo, parece que los demás nos pagan con la misma moneda. Les hicimos sufrir primero al no reconocer los agravios que se perpetraban contra ellos y eso no se olvida. Aunque como cristianos decidamos no vengarnos a la vista de todos en el campo de batalla porque estaríamos pecando públicamente, reconozcamos nuestra podredumbre humana. No podemos negar que más de una vez y más de dos, con el corazón al borde del colapso, nos cruzamos de brazos y ese tiempo se nos hace eterno esperando ver como el amor de Dios viene hacia nosotros, se nos entrega entero y desaparece por completo para el prójimo. Aguardamos la venganza del Señor y la justicia que nos da la contentura (¿es el Señor vengativo? ¿es justicia verdadera esa que esperamos?). Reconozcamos nuestra postura infantil e insensata. 

No tenemos duda de que todo lo hacemos bien y el resto del mundo, en nombre de Dios,  debe postrársenos. 

Procuramos dar la imagen de que todo lo hacemos bien para que nadie conozca que, interiormente, tras la careta del disimulo para ocultar nuestras maldades, somos tan mezquinos o más que el resto del mundo. 

La única gracia está en ser aceptados por Dios con toda nuestra inmundicia. Con ello contamos. Dios, que no cambia, dice: “Yo soy el que soy”, sin dobleces.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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