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Basta con tocar la fibra


La amistad no tiene precio. ¿O sí?


La mañana del quince de abril del año dos mil cinco, justo al comienzo de la jornada laboral, el director jefe de una famosa empresa de marketing llamó a su despacho a Edmundo Pérez, uno de sus trabajadores más serios y responsables. Le rogó que se sentase y, a continuación, le preguntó sin tapujos cuánto dinero desearía recibir a cambio de cierta información confidencial sobre otro empleado, Jacinto Hernández. Edmundo Pérez, hombre sensato, se levantó de un salto haciendo ademán de dirigirse a la puerta mientras respondía, tajantemente, que él no vendía a un amigo. El jefe, amablemente le recondujo de nuevo a su asiento e insistió en su petición.

 


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 —Sabes que todos tenemos un precio y que tarde o temprano conseguiré la información que necesito, porque la necesito, ¿sabes? Quiero jugársela a ese cabrón de mierda pero no sé por donde cogerle.

—Le ruego que omita insultos de ese tipo, para nada están justificados.

—De acuerdo, me guardaré la opinión que tengo sobre él y continuo con lo que te decía. Si no me la proporcionas tú, lo conseguiré de otro y ese otro se beneficiará de lo que yo pueda ofrecerle, por ejemplo dinero, mucho dinero. ¿Quieres tú otra cosa, algo que te ilusione, un coche de lujo, un apartamento en la playa, un viaje de negocios a una isla paradisíaca en la que te espere una chica de compañía? Te digo que haré lo imposible por concederte lo que quieras. ¿Te gustaría un puesto de prestigio en la junta directiva? ¿Cuáles son tus ambiciones, Edmundo?, porque tenerlas seguro que las tienes, ¿verdad?

Pero Edmundo Pérez rechazó todos los ofrecimientos de su superior. Él no vendía a un compañero que además apreciaba desde hacía muchos años. No entendía por qué le hacía ese tipo de oferta tan atroz. ¿Quién pensaba que era él? ¿Le consideraba alguien de tan baja estofa?

Sin embargo, la conversación continuaba, se alargaba. Su superior insistía una y otra vez, hasta la saciedad. A Edmundo comenzaron a presentársele oscuras dudas, unas detrás de otra. Empezó a agotarse. Los nervios parecían pujar por derribarlo allí mismo, en aquel butacón de piel de coyote donde se encontraba. No obstante, reaccionó enseguida, se avergonzó. Reconstruyó su fortaleza y rechazó, una vez más, cualquier chantaje. La amistad no tiene precio, pensó, y pensó bien. Consiguió terminar aquella entrevista y salió del despacho con el alma tan limpia como cuando entró en él.

Ese mismo día, al caer la tarde, durante el cambio de turnos, Edmundo y Jacinto se encontraron en la puerta del edificio que albergaba a la empresa. Se saludaron cordialmente y Jacinto cometió el error de contarle que el día antes casualmente se había encontrado con Almudena, la esposa de Edmundo, y que la había encontrado estupenda. En ese momento, Edmundo sintió un latigazo en el estómago y aunque no había motivos para dudar, dudó. Dudó de su mujer y de su amigo. Dudó de ambos porque su esposa no le había hecho ningún comentario sobre tal encuentro. 

A partir de ese instante, dejó de mirar a Jacinto con los mismos ojos, es más, no podía mirarle a los ojos. Ya no le parecía tan perfecto como él lo había catalogado. Reflexionó a la velocidad del rayo sobre la amistad que mantenían. Como si de una película se tratase, observó que era un hombre repleto de defectos, ¿cómo había estado tan ciego? 

De camino a casa volvió a repasar la charla que había mantenido con su superior. Conocía a la perfección la información completa que le requería.

Al llegar, apenas habló con su esposa. No cenó. No vio su canal preferido de televisión. No pudo dormir. Tomó la decisión de no dejar pasar más tiempo. 

A primera hora de la mañana llamó a la puerta del despacho con la espalda mucho más espigada que el día anterior. 

El jefe le hizo pasar enseguida. Sabía perfectamente a lo que venía. Ni siquiera tuvo ocasión de preguntarle cuál era el motivo de su presencia, porque Edmundo, sentado cómodamente en el mismo butacón que el día anterior, comenzó a vomitar con pelos y señales todo lo que le había demandado. 

Para llevar a cabo una traición, basta con tocar la fibra adecuada, en este caso los celos, pues aquel que no se vendía por nada del mundo, en pocos minutos destruyó la vida de un hombre de la manera más altruista que jamás nadie había conocido.

 


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