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8 de febrero de 1937, la ‘desbandá’


El diablo de la guerra el que iba tras ellos. Toda la población civil de Málaga se vio bombardeada.

Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos...
Norman Bethune.

También yo, sin entrar en bandos políticos, deseo contaros algo aunque sólo sea para guardar memoria de mi familia.

Ocho de febrero de 1937. Mi abuela paterna, cuyo nombre abandero, salió de casa corriendo como alma que persigue el diablo. No tenía manos suficientes para agarrar a varios de sus hijos, los más pequeños. Verdaderamente era el diablo de la guerra el que iba tras ellos, el que se situaba delante y por uno de los costados que daba al mar. Toda la población civil de Málaga se vio bombardeada.


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Un grupo de refugiados durante la desbandada, como se conoce
la masacre de la carretera entre Málaga y Almería a manos de las
tropas franquistas. / Wikimedia Commons

Con anterioridad, los hijos mayores se habían ido al frente. Allí estaban, unos en tierra y otros en el mar. Cada cual luchaba en el bando que le había tocado en suerte, si es que la guerra guarda en sus entresijos alguna fortuna. 

Con mi abuela nunca hablé del tema porque de eso no se hablaba y menos las mujeres. Sin embargo, mi padre, el más pequeño de los siete, lo sacaba a relucir con frecuencia durante sus últimos años de vida. Recordaba que su hermana Esperanza se perdió buscando caña de azúcar para calmar un rato el hambre y la encontraron con una familia desconocida varios días después. Se acordaba de la manta raída con la que su madre los protegía cuando empezaban a venir las bombas desde el mar. ¡Vaya protección llevaban! 

En aquella huída no había buenos ni malos, ricos ni pobres, sí mujeres y hombres, niñas y niños que huían de una muerte segura sin protección ni alimento alguno. 

Mi padre nos contaba que con las prisas, mi abuela olvidó abrir la puerta de la jaula al pajarillo cantor que le alegraba las mañanas, cuando algún rayo de sol se colaba por el balcón. A él, un chiquillo de ocho o nueve años, aquella imagen de la jaula cerrada que privó de libertad y vida al especial inquilino, animado a trinar con tan solo ver acercarse una hoja de lechuga, tampoco le fue posible olvidar.

A ratos descansaban sentados sobre unas piedras salpicadas de salitre y hacían recuento de los muertos que habían visto en el camino. Lloraban los adultos. Los niños no eran capaces de procesar el horror. Como el pajarillo, también ellos se sentían enjaulados en aquel entresijo de caminos sin poder escapar ni hacia adelante, ni hacia atrás, ni tierra adentro ni hacia el mar. Se hallaban sin salida.

Tuvieron suerte y caminando llegaron hasta Murcia. ¡Qué curioso!, en plena guerra encontraron a uno de mis tíos que servía en la Marina. Se instalaron allí durante varios años y, cuando volvieron a Málaga, su casa no existía. 

¡Cuántas historias quedan por contar de aquel suceso! ¡Cuántos se fueron a la tumba sin pronunciar palabra alguna por causa del miedo!



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Isabel Pavón.
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