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¿Ponerle mi propio nombre a un “ministerio cristiano”?

  

Existen grandes y exitosos ministerios cristianos que cumplen su servicio portando el nombre de la persona que los fundó. Así por ejemplo, me viene a la mente la Billy Graham Evangelistic Association, las iniciales de la Fundación RZ (del recientemente fallecido Ravi Zacharias de quien se han destapado presuntos escándalos), el Ministerio Juan José Cortés y otros tantos. No son nombres póstumos colocados para homenajear la vida comprometida de estas personas (como podría ser el caso de la Fundación Federico Fliedner), sino que es la designación dada por ellos mismos o sugeridos intencionalmente por sus equipos ministeriales para llevar a cabo su tarea misional. Por supuesto no me toca a mí juzgar qué tan acertado es, en estos casos citados –y otros tantos no mencionados–, que un proyecto al servicio del Reinado de Dios lleve el nombre del encargado principal (no discuto que sea lícito, pues todos nosotros/as a título personal y con nuestro testimonio ejercemos una vida de servicio en la que “damos la cara”).

Cabe decir, por mi parte, que aunque son archiconocidos los ministerios a los que hice referencia, personalmente –quizá por moverme en otro ámbito dentro del mundo protestante– no conozco el funcionamiento, voluntad ni eficiencia de los mismos. No sé qué tan saludable es en tales casos que sean designados de esa manera. Tampoco me atrevería a juzgar negativamente sus motivos o el compromiso por el evangelio (son los frutos los que hablan en cada caso).

De lo que sí puedo hablar es de cómo me afectaría personalmente que un ministerio llevase mi propio nombre pues, para empezar, me sentiría indigno. No lo digo para polemizar, para ostentar una humildad superior a quienes han optado por este tipo de designaciones. Más bien al contrario, la notoriedad no es apta para todo el mundo. Es fácil buscar el aplauso y la resonancia para vanagloria propia (¡incluso promoviendo la más sanisísima de las doctrinas!). Para muchos puede ser como las golosinas de nuestra concupiscencia. Por eso, quienes no estamos preparados para adquirir una resonada buena reputación o adulación, hemos de prescindir de postularnos como celebridades evangélicas, y denominar nuestro servicio de forma más sencilla (sin florituras añadidas en inglés a nuestro nombre, tales como fulanito de tal ministries zutano international).

En casos como el nuestro, reconociendo que solo Cristo (solus Christus) es nuestro centro, y que toda gloria, honra y honor deben recaer en nuestro Señor (Soli Deo Gloria), es preferible que todos los que no sabemos lidiar con la fama o la ostentación, busquemos denominar nuestro “servicio” a Dios y al prójimo con nomenclaturas bíblicas o referidas a la obra de Dios (o alguna alternativa del estilo, Dios nos hizo creativos). Pues si Dios va a actuar por medio de nuestro ministerio, tal bendición, será dada por pura gracia suya (nuestro nombre sobra, está de más, no es mérito nuestro).

Esto es importante porque es fácil que la gente fascinada acabe alabando al ministro/a, desatándose en elogios por unos frutos que en realidad son mérito del Espíritu de Dios y no de quienes ponen su propia firma. El corazón fácilmente se vuelve a los ídolos y la tendencia está en fijarnos en nuevos héroes y heroínas a los que realzar. Dios nos libre, en nuestra función de ministros/as del evangelio, ser el ídolo de alguien. Además, en relación a esto último, hemos de tener en cuenta las muy estudiadas relaciones entre religión y poder.[1]  Algunas personas tienen ideas confusas sobre la autoridad bíblica del liderazgo, y asumen su función ministerial como representación indiscutible del poder/potestad de Dios. La fama se sube a la cabeza pero el liderazgo ministerial –en algunos contextos eclesiales y para algunas personas– corre un peligro aún mayor, tanto para uno/a mismo/a como para quienes reconocen esa autoridad.

Volviendo a lo anterior, me viene a la mente, quizá como también venga a la de los lectores/as, estas conocidas palabras del reformador Martín Lutero:

“Les ruego que dejen mi nombre en paz. No se llamen así mismos ‘luteranos’, sino Cristianos. ¿Quién es Lutero?; mi doctrina no es mía. Yo no he sido crucificado por nadie… ¿Cómo, pues, me beneficia a mí, una bolsa miserable de polvo y cenizas, dar mi nombre a los hijos de Cristo? Cesen, mis queridos amigos, de aferrarse a estos nombres de partidos y distinciones; fuera todos ellos, y dejen que nos llamemos a nosotros mismos solamente cristianos, según aquel de quien nuestra doctrina viene”.

Evidentemente Lutero enuncia estas palabras refiriéndose a un ámbito diferente, es otro contexto, pero a nivel personal manifiesta una sensibilidad con la que me identifico extrapolándola al asunto del que hablamos. Lutero no quiso que los cristianos/as vinculados a la reforma llevasen el nombre de “luteranos” (–¿cómo que luteranos? ¡si lo que pretendemos es fidelidad a Cristo y su evangelio! ¿qué pinta mi nombre ahí? – diría el reformador alemán).

En el presente se nos ha brindado la posibilidad de ofrecer ministerios de distinto tipo a través de las redes sociales, cualquiera puede hacerlo. ¡Genial! Esta posibilidad se nos presenta como un ágora donde algunos tienen el privilegio de acceder a su areópago para levantar la voz (Hechos 17,16-18 y 22). No obstante, compartir –en nombre propio– contenidos edificantes (no siempre dirigidos a la evangelización sino a personas creyentes) puede tornarse adictivo en cuanto comienza a recibirse de continuo el feedback de una masa de personas que halagan con comentarios aduladores, likes y corazoncitos muy satisfactorios a nuestra egolatría insatisfecha. En el ansia por mantenerse en la actualidad, ya que los algoritmos de las redes sociales te exigen cierta celeridad para conservar la repercusión, se corre el riesgo de postear no aquello que se considera edificante (aun cuando puede acarrear críticas negativas y desprecio), sino en su lugar mensajes clichés –usados en exceso– que siempre funcionan según la audiencia a la que uno se dirige (incluidos clichés de carga polémica pero que son bien recibidos por un público especifico que lo catalogan como “mensajes valientes”). Es la siembra y cosecha de likes, corazones y mensajes para el ego: “vanidad de vanidades”.

Es fácil que, pretendiendo dar honor a Dios, finalmente con todo ello nos estemos dando culto a nosotros mismos. Se trata de una forma refinadísima de egolatría, en la que mayormente ni siquiera quien la padece es consciente de ella. Una egolatría disfrazada de piedad, disfrazada de ministerio, disfrazada de sana doctrina, disfrazada de denuncia profética, porque en medio de ella se tiene la convicción de estar actuando en nombre de Dios o para Dios.

Cada cual puede poner a “su” ministerio el nombre que quiera. Pero siendo en realidad un canal por el cual Dios actúa y es el nombre del Señor el que es enaltecido, entonces no trata de ti mismo/a. Si tienes problemas con la vanagloria o cualquier manifestación de engreimiento, lo ideal es evitar ponerle tu nombre a la obra de Dios. No busques tu propio protagonismo. Quienes se enaltecen a sí mismos/as serán humillados/as, y que quienes se humillan serán enaltecidos/as (Mateo 23,12; Lucas 14,11; Lucas 18,14). ¡Ánimo! Si acaso tu ministerio debe llevar algún tipo de nombre, Dios te ha dado la suficiente creatividad para buscárselo.


[1]  Cf. J. M. CASTILLO; Espiritualidad para insatisfechos. 3ª ed. (Madrid: Trotta, 2007) pp.68-71.

 

Publicación en otros medios:
Lupa Protestante



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Rubén Bernal Pavón.
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