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Lo que el Monopoly me enseñó



   ¿Quién me iba a decir que una larga partida al Monopoly me conduciría a una profunda reflexión? Estaba siendo divertido y comenzaba a serlo más. Iba ganando, recibía grandes sumas de dinero cada vez que alguien caía en las casillas de mis propiedades. Sólo era un juego pero se mostraba gratamente provocador y motivador para mí.

   Empezaba a bromear, cambiaba concienzudamente mi voz para imitar a un amenazante Marlon Brando en El Padrino. Disfrutaba cada vez que una tarjeta de “suerte” o de “caja” empeoraba la situación del resto de jugadores. Un monstruo se estaba despertando en mí, hacía que me regodeara en una fortuna ficticia y que no perdonase a nadie. Si alguien caía en mis casilleros debía pagar la cifra completa. Se me hacía gratificante jugar como un déspota, después de todo, sólo era un juego ¿Qué importaba si yo asumía ese rol de gangster para burlarme de los contrincantes? Quería arruinarlos a todos.



2

   

  El monstruo crecía más conforme iba despojando a los otros competidores. Era un caníbal que devoraba las posesiones de los demás. Cuando terminó la partida, continuaba ese regusto de triunfador. Sin embargo, pude pararme a reflexionar. ¿Y si fuese, en la vida real, un gran magnate dueño de un poderoso imperio, me comportaría de esta manera? ¿Soy hoy en día un pequeño monstruo que vuelve la cara para evitar mirar a los más desfavorecidos? ¿Soy de aquellos que aplastan al prójimo?

   Creo que todos solemos pensar algo como: “Si fuese millonario daría parte de mi fortuna a organizaciones no gubernamentales para contribuir en hacer de este mundo un lugar mejor”. Me pregunto si esta proposición es también cierta para mí. Me cuestiono también si verdaderamente estoy haciendo algo para ayudar al necesitado. He podido ver que, mientras jugaba al Monopoly, crecía mi ambición y no quería perder ningún mísero billete. Si me costó deshacerme de aquel dinero de mentira al terminar la partida ¡cuánto más me costaría si fuese real!

   Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que me vino a la memoria. Se encuentra en Lucas 21,1-4. Trata de una viuda pobre que echó muy poquito dinero en el arca de las ofrendas en comparación con las grandes sumas que los ricos estaban aportando. Jesús, que estaba observando aquella escena, declaró que ella había dado más que nadie, porque todos daban ofrendas de lo que les sobraba, pero ella, en su pobreza, dio lo que tenía. ¿Cuál es verdaderamente mi entrega? ¿Estoy contribuyendo simplemente con mis sobras y desechos?

   Otro texto bíblico me golpea, son palabras de Jesucristo que dicen así: «Más fácil es para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios» Lucas 18,25. Sinceramente, las riquezas que humanamente ansiamos las aborrezco. Lo hago porque sé que me destruirían. No quiero saber nada de ellas.


   Espero que este autoexamen personal sirva de reflexión y provecho para otros. Buena partida y jueguen limpio.        


Publicación en otros medios:
Diario Sur


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Rubén Bernal Pavón.
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