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Algunas lecciones e ideas sobre el culto basándonos en
Hechos 2-7



 

   Se dice en Hch 2,42 que los creyentes perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros (relaciones fraternales), en la eucaristía y en las oraciones. Con esto en mente vemos que el partimiento del pan y la doctrina de los apóstoles parecen ser elementos constitutivos de la comunidad cristiana, concretamente de la vida litúrgica.1 El tiempo de oración reflejaba también los momentos por los que pasaba la Iglesia y pedían de manera unánime (concienciados por una misma causa) valentía para cumplir la voluntad de Dios en las adversidades (4,24-31). Hoy en día, oramos por la Iglesia perseguida, por la difusión del evangelio del reino en todo lugar, pero lo hacemos como si fuese algo que no tiene que ver con nosotros (nuestra parte activa). La iglesia de los Hechos era una iglesia activa consciente de su propia labor y por ello pedían por esta valentía. Hoy pareciese que nos hiciese falta “valentía” para orar por “valentía”. Porque pedirla es asumir nuestro compromiso como agentes del reino, supone el ora et labora de los benedictinos, una oración en consecuencia al compromiso asumido de servir en las adversidades.
 

   Llama la atención, tal como lo presenta el texto, que el bautismo viene expresado como un acto inmediato a la conversión, sin más labor catequética que el propio anuncio del evangelio que ha producido en ellos esta respuesta de aceptación (2,41). Además, si como presenta el relato de pentecostés, todo ocurrió en una casa de Jerusalén (de puertas para afuera), el bautismo probablemente fuese muy costoso para ser hecho por inmersión (sobre todo si tomamos la cifra de esas tres mil personas de Hch 2,41 en sentido literal lo que podría dar para otro debate). Desde mi propia tradición denominacional, hemos de desarrollar una sensibilidad adecuada ante esos bautismos que no necesariamente requieran sumergir por completo a una persona.

   Resulta notorio que se hable en el texto de la unanimidad de los creyentes, antes de la venida del Espíritu (2,1) como después (4,32). La palabra “unánimes” se repite varias veces. Esto nos lleva a pensar en una Iglesia que se proyecta como en Fuenteovejuna: “todos a una”. Esta por tanto me parece una cualidad que trasciende la liturgia y nuestras celebraciones y anamnesis del culto; trasladándose al plano de la acción en el mundo.

      Un elemento no necesariamente propio del culto y su liturgia, pero que está directamente relacionado con el espíritu de unidad en el cual se oficia el acto es que, la fraternidad entre ellos, les mueve a poner en común los bienes materiales de cada uno e incluso vender propiedades para que puedan ser usadas en beneficio de la comunidad (cf. 2,44-45 y 4,32; 34-37).2 Esto supone un desafío para la iglesia contemporánea inmersa en un sistema individualista motivado a buscar el bien personal y acallar conciencias con pequeños donativos (o cumplimientos del diezmo como mera formalidad). La insistencia de nuestras diversas denominaciones por una mayor enseñanza y motivación en el campo de la “mayordomía cristiana” revela que la Iglesia se encuentra en un punto muy distante al que estamos viendo en el texto de Hechos.

   En el versículo 2,46 podemos ver la participación diaria en el culto del Templo por parte de la comunidad naciente, al igual que en 5,42. Aunque es interesante analizar que no abandonaron el culto judío,3 en realidad, hacia donde quiero apuntar es que, por una parte participaban de un culto institucionalizado, formal, litúrgico-ritual y, por otra parte, como dice el mismo versículo, participaban también de la eucaristía en entornos domésticos de una forma alegre y sencilla donde el formulismo estricto parece no estar presente (y si lo estaba debiera ser ameno lo que no impide que fuese también solemne). A juzgar por 5,42 en las casas también se enseñaba y predicaba a Jesucristo. Resulta doblemente interesante que la Iglesia contaba con el favor del pueblo (2,47 cf. 5.13) o como traduce la BTI Hch 2,47: “la gente los miraba con simpatía” (aunque las autoridades religiosas judías, con toda probabilidad, no se incluyan en esta apreciación).4 La Iglesia contemporánea poco cuenta con esa simpatía de la gente. Además, vemos en el texto como si el evangelismo fuese en base al interés del pueblo (3,12-26) y con cierta labor y justificación apologética (4,1-20). Toda la comunidad asume el anunciar el mensaje estado llenos del Espíritu, como una actividad propia de cada creyente,5 lo que nos hace hablar de nuevo de compromiso y acción. Asimismo la comunidad, es informada de estas actuaciones que acontecen fuera de la misma (4,23). La labor en la calle no es solo la predicación y el evangelismo (5,25), sino la atención a necesidades médicas (5,15-16). En términos históricos, mi denominación es una Iglesia misionera, no solo porque mande misioneros, sino porque entiende la misión como parte de su razón de ser en el mundo. Conviene reavivar este propósito sin caer en proselitismos baratos.

   Para terminar, destacar también que el comisionar para ciertas labores a los miembros en la Iglesia se hacía por imposición de manos (6,6) como formalmente se continúa haciendo en casi todas las denominaciones, especialmente en la ordenación de sus ministros de culto.

Rubén Bernal.

1- Esta es la opinión respecto a este versículo de J.M. Castillo; Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos (Salamanca: Sígueme, 1981) p.119.

2- En el cap.6 también vemos el problema de la atención a las viudas de trasfondo judeo-helenista. También muestra la función y repartición de trabajos en la comunidad.

3- También es conveniente recordar a la Iglesia que es continuadora del legado judío –sin por ello hacernos judaizantes o caer en ritualismos que no nos competen como ocurre en algunos entornos carismáticos- y que, parte de nuestra herencia litúrgica ha sido tomada también del culto sinagogal.

4- De hecho vemos en 5,26 la sociedad parecía estar dispuesta a defender a la Iglesia –violentamente si era necesario- contra las autoridades religiosas.

5- Así lo hace ver J.M. Castillo, Ibíd. p.115.



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Rubén Bernal Pavón.
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