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Castillos de humo


  No hace falta tener una mente privilegiada para notar que muchas de las letras de las canciones, cuyo propósito es la alabanza y adoración, están más enfocadas en una ideología humana de trasfondo cristiano que en rendirle verdadero homenaje a Dios. Por eso, incluso muchas veces, la propia canción de forma descarada avisa del efecto que quiere producir en nosotros y, éste, viene a ser siempre un deleite personal que nada tiene que ver con el reconocimiento al Señor.

A veces he llegado a pensar que debe existir un abismo entre cantarle a una idea de Dios, que cantarle a Dios. Muchas letras tienen como mensaje hacernos “poseedores” del Ser Supremo como si Él estuviese bajo nuestras órdenes. En cambio, otras, están diseñadas para nuestro propio éxtasis con la excusa de que buscan el gozo en el Señor. La finalidad de bastantes canciones es alterar las emociones, sin ton ni son, de quienes recurren a ellas. El pretexto de forzar y torcer nuestra actitud mediante la manipulación de los sentimientos con el objetivo de guiarnos a la presencia divina no me parece válido.  Volvemos a confundir la verdadera presencia de Dios con una ilusión o una sombra de lo que ésta es. Por eso pienso que recrear un ambiente a través de la manipulación es engañar.     


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  Desde mi punto de vista y desde el merecido respeto a su trabajo y persona, considero que un célebre cantante y pastor evangélico respondió desacertadamente en una entrevista cuando le preguntaron sobre la alabanza que el efectuaba: «Pudiera decir que la uso para manipular al pueblo. Sí, sé que es una palabra fuerte. Pero, si me voy a la Biblia y leo el salmo 150, y comprendo todo lo que el salmista quiere decir, me doy cuenta de que Dios usaba la música para manipular el corazón humano y llevarlo a Su presencia. ¿Por qué usar instrumentos de viento, címbalos, por qué la danza? El salmo lo dice»1.   

Pero a mi juicio, el salmo lo que dice es más bien lo contrario.  Nos enseña a alabar a Dios por quien es Él y por lo que Él hace. Incluso si Dios manipulase el corazón, de ninguna manera eso nos daría algún derecho a que nosotros lo hiciésemos con nuestros hermanos o hermanas. El hecho de que esta adoración se acompañe de instrumentos y danza forma parte de la excelencia que debe darse por nuestra parte en su culto y de la alegría (consecuencia de nuestra gratitud precisamente por quien es Él y por lo que hace) con la que debe realizarse. Esta actitud debe salir de nosotros sin presiones psicológicas  ni recreaciones ambientales ilusorias de ningún tipo.
  
  Si este uso instrumental, en vez de estar dirigido al Creador, se orienta hacia el humano que lo practica para producir procesos emocionales, la cosa cambia. ¡Ojo! Es lógico y bastante natural emocionarse con la música, también lo es conmoverse cuando uno es consciente de que le está rindiendo culto a nuestro Dios soberano, pero estas cosas, si surgen, deben ser consecuencias de un buen enfoque en la alabanza y no la meta de la misma.

   Sospecho que tenemos que aprender a diferenciar entre el acto que realiza Dios para llevarnos a Él (lo que pudiera ser –que no es- la manipulación divina de la que habla Vidal), el humilde acto de un creyente queriendo conducir a la gente al amor de Dios (lo que puede ser evangelismo, consejería, etc.), y por último, el traicionero acto de manipulaciones emocionales y psicológicas.

   Quizá, para otro día, habría que hablar del concepto de alabanza y adoración, términos que, erróneamente, para una gran mayoría, sólo identifican al momento de las canciones en un culto y que, por culpa de este disparate, el tiempo dedicado a las canciones en muchas iglesias es desesperadamente eterno. No sé si estaréis de acuerdo o no con mi opinión, pero de lo que estoy seguro es que no voy a ser de esos a los que hipnotizan para ser conducidos a castillos de humo que no son nada.
  

  

1 (Marcos Vidal en Periódico UNO, año III-Nº 33, septiembre 2010, Pág. 7).

       



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Rubén Bernal Pavón.
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