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¿Qué es eso de “lenguaje figurado”?

—II—

En torno a la palabra «parábola»

El uso de la lengua adquiere muchísimas formas. A algunas de ellas se las designa con términos que pueden parecer muy extraños, por no ser de dominio común, aun cuando la figura que estemos usando sí lo sea: antífrasis, endíadis, catacresis, zeugma...
Una de las palabras que forman parte del vocabulario regular de los cristianos es el término «parábola». Cuando la decimos o la oímos, parece que todos la entienden. Pero ¿de veras la entendemos? ¿qué es realmente una parábola?

El Diccionario de uso del español (de María Moliner) dice que parábola es «Narración simbólica de la que se desprende una enseñanza moral». Bien, pero confuso, por incompleto. Eso se dice también de la «fábula», que no es precisamente lo mismo que una «parábola».
Antes de seguir adelante, repase el lector los siguientes pasajes de los Evangelios: (a) Mateo 13.33 y 13.52; (b) Lucas 7.41-43; (c) Mateo 7.24-29; (d) Lucas 10.29-37; (e) Mateo 21.33-46; (f) Lucas 15.11-32. Todos son textos de parábolas, a pesar de algunas manifiestas diferencias. ¿Qué las hace ser parábolas?

Veamos estas características comunes:
(1)       Todas ellas tienen forma de narración. La parábola es, esencialmente, un relato, una especie de cuento. Nótese que no se trata de un relato de tamaño fijo. En la lista anterior, las narraciones completas de (a) ocupan apenas un versículo, la de (c) seis y la de (f) veintidós.

(2)  En todas estas historias (y en las demás parábolas de los Evangelios), intervienen siempre, sin excepción, personajes humanos. Esto diferencia la parábola de la fábula (véase «¿Qué es eso de “lenguaje figurado”? I»).
Es posible que en determinada parábola el elemento central sea un objeto (el vino, el remiendo, la levadura), pero siempre interviene un ser humano que hace algo con ese elemento.

(3)  En todas esas parábolas, los elementos que las constituyen son todos objetos tomados de la experiencia cotidiana de Jesús y sus oyentes. Para estos no hay nada raro que necesite explicación: semillas, ovejas, lámparas de aceite, esclavos, amos, deudores, prestamistas, etc.

(4)  Los relatos mismos son verosímiles. Esto no quiere decir que hayan sido verdaderos, sino que se asemejan a la verdad (vero-símiles). Es decir, no solo las partes y los datos particulares que constituyen el relato son conocidos por los oyentes de Jesús, sino que, además, la manera como esos elementos se engarzan unos con otros para formar la trama resulta aceptable, porque no es fantasiosa. No hay magia ni espectacularidad. En muchos casos podríamos decir que la propia trama del relato está tomada de la realidad, y no solo sus partes constitutivas. ¿Cuántos no habrán visto a labradores sembrando a la manera como relata Jesús en su parábola? ¡Y hasta quizás alguno de los oyentes de Jesús haya tenido la triste experiencia de haber sido asaltado en alguno de los peligrosos caminos de la Palestina de la época!

(5)  Lo anterior no excluye la posibilidad de usar otros recursos literarios, como la exageración (hipérbole) para darle fuerza al relato o para destacar algún aspecto importante de lo que Jesús trata de comunicar. Frente a lo sólito (es decir, lo que suele hacerse comúnmente), aparece, en algunas parábolas, lo insólito (o sea, lo desacostumbrado, lo extraño). Extraño puede parecernos, por ejemplo, el que haya alguna parábola inacabada.

(6)  El interés de la parábola no radica en el relato, pues se trata de un relato simbólico. Hay, por tanto, un mundo de símbolos y un mundo simbolizado. El mundo de símbolos está representado por la trama misma del relato, lo que en él acontece. El mundo simbolizado es lo que a través de ese relato, Jesús —el parabolista— quiere enseñar a sus oyentes.
Lo anterior nos lleva a otro elemento indispensable en la parábola:

(7)  El oyente —sea este una persona o un grupo de personas— es parte de la parábola. Frente a la parábola, el oyente tiene que asumir su propia posición. Ningún oyente de la parábola puede quedarse neutral, pues, si lo hace, la misma parábola tiene un mensaje para él (en tanto que es indiferente) y, por ende, lo incluye y envuelve. Si «nadie echa remiendo de paño nuevo en vestido viejo», el oyente tiene que decidir, en su fuero interno, si él lo hace o no. Y el que oye la parábola del hijo pródigo ha de decidir si se comporta como el hijo menor o como el hijo mayor. No hay escapatoria posible.


[Nota del autor: este texto —levemente modificado— fue publicado en la revista El Intérprete, de la Iglesia Metodista Unida, en el volumen 1, año 45, de enero-febrero del 2007].


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Plutarco Bonilla
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