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¿Es mera coincidencia o lo harían a propósito?

-2 Parte-

Planteamiento de la cuestión
Lucas —el autor del Evangelio que lleva su nombre— fue un gran escritor. El párrafo introductorio de la primera parte de su obra (Lucas 1.1-4) no tiene nada que envidiarles a los mejores escritos griegos del mundo antiguo. Pero la capacidad literaria del tercer evangelista no se limita al manejo de la lengua, pues se extiende a la organización y exposición del material que, en sus investigaciones, ha recopilado.

Basta leer los dos primeros capítulos del Evangelio para descubrir con qué habilidad nuestro autor ha construido un gran relato compuesto de varias historias que corren paralelas. Y ha logrado entretejer estas historias de tal manera que el resultado ha sido un hermosísimo tapiz en el que no solo las presencias hablan (Zacarías, Isabel, el pueblo, María, Juan, los pastores, Simeón, Ana,) sino también las ausencias o “cuasi ausencias” (los sabios de Oriente, Egipto y, sobre todo, José, aunque el hablar de su cuasi ausencia consista en plantearnos interrogantes).

Lucas, se ha dicho reiterada y correctamente, es el evangelista que presenta a Jesús como manifestación de la misericordia divina. Un libro relativamente reciente lleva un título muy sugestivo: Lucas, el evangelio de la ternura de Dios. Lo sugestivo de este título radica en que la palabra “ternura” tiene una terneza particular que incluso hace que la misericordia divina nos aparezca, en relación con nosotros los seres humanos, sentimentalmente mucho más cercana, cálida y dulce.

Por eso, la galería de personajes que desfilan ante nosotros en este Evangelio es de veras impresionante: ancianos (Zacarías, Isabel, Simeón, Ana); una mujer estéril que, ya anciana, queda embarazada (Isabel); una madre soltera (María) y un novio que debió haberse sentido defraudado (José); viudas (Ana, la de Naín, la mujer que echa la ofrenda en el Templo); trabajadores nocturnos (pastores); profetas metidos en la cárcel y con preguntas angustiantes (Juan); cobradores de impuestos (Leví, Zaqueo); mujeres de muy diversa condición socioeconómica y moral (pudientes [como los de 8.1-3], exendemoniadas, de mala fama [sea lo que sea que esta frase signifique], discípulas y deseosas de aprender [de nuevo, las de comienzos del capítulo 8 y María, hermana de Marta], afanosas [Marta], muertas y resucitadas [la hija de Jairo], arruinadas por las facturas de los médicos de la época [la hemorroísa], las que tenían por profesión llorar [plañideras] y las que lloraban por sentimiento [las que siguen a Jesús  camino al Calvario]...); pobres; extranjeros (el centurión). ¡Ah!, también políticos enfurecidos y miedosos (Herodes y Pilatos); sacerdotes colaboracionistas con los políticos representantes de una potencia extranjera; religiosos que imponen normas que ellos ni cumplen ni pueden cumplir.

Una particular colección de historias
Los textos que constituyen el Nuevo Testamento se escribieron “de seguida”. No en el sentido de haberse escrito “de una sentada”, sino en el sentido de que se escribieron sin las divisiones (en capítulos y versículos) que desde hace tiempo encontramos en nuestras Biblias, a las que estamos tan acostumbrados y que son tan útiles.

En efecto, Lucas (quienquiera que haya sido: el “médico amado” o, como sostienen algunos, un rabino que aceptó la fe cristiana) no puso en su obra las indicaciones de esas divisiones que hemos mencionado. Eso fue obra posterior, bastante más tarde, como también lo fueron la actual división en párrafos y los títulos de estos.

Por lo dicho, al estudiar (y no meramente leer) los textos bíblicos uno debe evitar hacerse esclavo de tales divisiones. Aunque generalmente están bien logradas, no dejan de cortar el relato o el discurso de que se trate.

Tomemos, para efectos de esta reflexión, el material que conforma lo que conocemos como el capítulo 7 de este Evangelio.
En conformidad con lo que hemos señalado, hay que recordar que en el capítulo 6 se recoge lo que en Lucas es el sermón “en un llano” (v. 17). Termina ese sermón como termina el “sermón del monte” en Mateo, o sea, con la parábola de los dos hombres que edifican sendas casas: uno “cavó profundamente” para poner “los cimientos sobre la roca” (v. 48); el otro, edificó “sobre la tierra, sin cimientos” (v. 49). Jesús relaciona directamente lo que han hecho estos constructores con las dos diferentes actitudes que pueden asumir sus oyentes frente a sus enseñanzas: el primer constructor, dijo Jesús, representa a la persona “que viene a mí, y me oye y hace lo que digo” (v. 47); el segundo corresponde a aquel “que me oye y no hace lo que yo digo” (v. 49).
     
Y siguen, de inmediato, las historias del capítulo 7.

Primera historia: una delegación de dirigentes sinagogales de Cafarnaúnse acerca a Jesús. Va a transmitirle el mensaje que le envía un militar romano apostado en el norte de Palestina. No sabemos su nombre, solo que era oficial del ejército (centurión). El recado que le manda a Jesús no tiene que ver directamente con él, sino con uno de sus esclavos (“al que quería mucho”: v. 2). Jesús responde positivamente al llamado y se enrumba hacia la casa del centurión, a la que nunca llega: cuando ya está cerca, viene otra delegación (esta vez, de amigos) que le trae este recado de parte del militar: no es necesario que entres a la casa. Basta con que “des la orden” [como el propio centurión la recibe de sus superiores y la da a sus subordinados] y el esclavo quedará sano.
     
Los personajes centrales de este relato son Jesús y el centurión. Del esclavo solo se dice que esa era su condición, que su amo lo quería mucho, que estaba gravemente enfermo y que se sanó. Jesús es quien realiza el milagro de sanidad y, además, el que se sorprende; el centurión es el que envía los mensajes de intercesión y quien ejerce la fe a favor de un tercero.
     
La sorpresa de Jesús se debe a dos causas fundamentales: en primer lugar, a la intensidad de la fe (“tanta fe”: v. 9) de aquel hombre que se toma sus molestias a favor de un esclavo; y en segundo lugar, al hecho de que quien tiene tanta fe no pertenezca al pueblo de Israel (“ni aun en Israel”: v. 9), pues era un extranjero que, por motivos de su profesión y trabajo (“yo mismo estoy bajo órdenes superiores”: v. 8), radicaba en la región de Galilea.

Segunda historia: Al entrar en un remoto pueblecito ubicado al pie de una de las montañas galileas, en la llanura de Jezreel, Jesús se encuentra con un cortejo fúnebre que se dirige al cementerio del lugar. Una mujer llora, pues llevaba a enterrar a su único hijo, hijo huérfano de padre, ya que su madre era viuda. De la mujer que llora, Jesús siente honda compasión (v. 13). Es ella la que necesita esa compasión, porque el muchacho estaba muerto. Y a ella le dirige Jesús su palabra de consuelo que, probablemente, la mujer no entendería en aquel mismo momento: “No llores”. ¿Cómo no llorar en semejante situación! Pero a la palabra sigue la acción: “Enseguida [Jesús] se acercó y tocó la camilla”. Entonces sí se dirige al muerto (“dijo al muerto”: v. 14): “Muchacho, a ti te digo, ‘¡levántate!’”. El texto dice que “el muerto se sentó y comenzó a hablar” (v. 15); y Jesús lo entregó a su madre. El relato concluye con exultaciones de alabanza a Dios por parte del pueblo.
     
Y cambia la escena.

Tercera historia: Juan —que según el relato de Lucas es pariente de Jesús— se pudre en la cárcel. Ha recibido información acerca del ministerio itinerante de aquel Jesús a quien él había bautizado y sobre quien vio descender al Espíritu Santo. Sus discípulos debieron haberle contado del primer “sermón” que predicó Jesús en la sinagoga de Nazaret, basado en aquel texto que dice: “El Espíritu del Señor... me ha enviado a anunciar libertad a los presos”. Y a él, a Juan, preso en la cárcel, lo invade una angustiante duda: ¿Sería Jesús “el que había de venir” o debían esperar a otro? (v. 19). Y envía a dos mensajeros a plantearle esa pregunta al propio Jesús.
     
Y este, en vez de elaborar un discurso apologético, les muestra lo que ha estado haciendo y los envía de regreso a Juan para que le cuenten acerca de los diversos milagros que ha realizado, como indicación de que, en efecto, es el Mesías. La lista de esos milagros que enumera Jesús concluye con esta sorprendente declaración: “a los pobres se les anuncia la buena noticia” (v. 22).

Cuarta historia: Ahora estamos en un banquete. Un fariseo es el anfitrión. Su nombre (Simón) es el único que se menciona en el relato, aparte del de Jesús. Otros fariseos también han sido invitados, pero Jesús es el huésped de honor. Una mujer, sin ser invitada (¿sería conocida de Simón?) se mete en el banquete y se coloca a los pies de Jesús. Llora tan abundantemente que con sus lágrimas lava aquellos pies que tanto han caminado. Ella debe tener una larga cabellera, pues los cabellos le hacen de toalla. Luego besa y unge aquellos mismos pies.
     
El fariseo critica a la mujer por lo que hace y a Jesús por no saber “quién y qué clase de mujer es esta pecadora que le está tocando” (v. 39). Jesús, a su vez, regaña al fariseo Simón por no haber cumplido con las más elementales normas de hospitalidad y por no hacer lo que la mujer había hecho con creces.
     
Lo sorprendente de este relato es que a aquella despreciada mujer (¡no por Jesús!) es a quien se dirigen las más positivas y más significativas de las palabras que salen de los labios de Jesús en este relato. Son palabras que tienen que ver con perdón, amor, fe, salvación, paz (v. 47-50).
     
El siguiente capítulo comienza con una referencia —exclusiva de Lucas— a un grupo de mujeres que, junto con los apóstoles, acompañaban a Jesús (v. 1-3).

¿Qué significa esta “composición de lugar”?
     
(1)     En este conjunto de historias nos encontramos con las siguientes categorías de personas: un extranjero, una viuda, un huérfano de padre, los pobres a los que se les anuncia el evangelio, una mujer.
     
(2)    En el Antiguo Testamento —y de manera particular, pero no exclusiva, en la Torá y en la literatura profética— nos encontramos amonestaciones como las siguientes (citamos unos poquitos textos de los muchísimos que hay):

No maltrates ni oprimas al extranjero... No maltrates a las viudas ni a los huérfanos... (Éxodo 22.21-27)

Él es el Dios soberano, poderoso y terrible, que no hace distinciones ni se deja comprar con regalos; que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama y da alimento y vestido al extranjero... (Deuteronomio 10.17-18)

Haréis fiesta delante del Señor..., junto con vuestros hijos y vuestros esclavos, y con los levitas, extranjeros, huérfanos y viudas... (Deuteronomio 16.11)

El Señor protege a los extranjeros y sostiene a los huérfanos y a las viudas... Hace justicia a los oprimidos y da de comer a los hambrientos... (Salmo 146 [145].9 y 7)

Si no explotáis a los extranjeros, a los huérfanos y a las viudas; si no matáis a gente inocente... yo os dejaré seguir viviendo aquí... (Jeremías 7.6-7)

No oprimáis a las viudas, ni a los huérfanos, ni a los extranjeros, ni a los pobres. (Zacarías 7.10)

El Señor todopoderoso dice: ‘...seré testigo contra... los que oprimen a los trabajadores, a las viudas y a los huérfanos, los que tratan mal a los extranjeros...’ (Malaquías 3.5)

Muchos más textos podrían aducirse, pero basten estos pocos.
     
(3)    No deja de sorprender que de las cuatro “clases” de personas que encontramos en las historias de Lucas 7, tres aparezcan reiteradamente en textos del Antiguo Testamento como personas en las que Dios tiene especial interés. Pero no solo eso, pues Dios mismo legisla al respecto y ordena a los dirigentes del pueblo de Israel y al pueblo mismo que les presten a esas personas particular cuidado.
     
(4)    En ese conjunto de historias, Lucas agrega un cuarto personaje: una mujer. Esta es receptora del perdón, del amor y de la paz de Dios, expresados frente al rechazo de la soberbia y el desprecio de un hombre (Simón el fariseo) y de un conjunto de hombres (los otros fariseos invitados al banquete) que critican a Jesús. Y para que no haya dudas en cuanto a lo que el evangelista quiere comunicar, añade de inmediato la “noticia informativa” de que un grupo de mujeres acompañaban, junto con los apóstoles, a Jesús, y eran ellas “las que los ayudaban con lo que tenían” (8.3).

La armazón de esta gran perícopa que es el capítulo 7 de Lucas (e incluidos el final del sermón del llano y el comienzo del capítulo
8) tampoco es, a nuestro entender, producto de la casualidad. Con la misma habilidad con la que construyó el emocionante relato de los capítulos 1 y 2 de su Evangelio, Lucas nos dice ahora que el personaje central de su historia, Jesús de Nazaret, no es ni más ni menos que el Dios que nos muestra su rostro de ternura, ternura que va dirigida, muy especialmente, a quienes más la necesitan y más la anhelan.

[Las citas bíblicas están tomada de La Biblia de Estudio Dios habla hoy].

Enero, 2006

[Publicado en Palabra viva, Nº 17, año 2006. Revista de la S. B. de España]

(Este artículo fue publicado ya en Lupa protestante. Lo publicamos ahora con permiso del autor)

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