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¿Es mera coincidencia o lo harían a propósito?

-1 Parte-

Planteamiento de la cuestión
Cuando quien conoce los relatos del Antiguo Testamento lee los textos de los Evangelios canónicos, puede llevarse algunas gratas sorpresas (¡y también algunas que son desconcertantes!). No nos referimos al hecho de que haya una cierta dependencia de esos escritos propiamente cristianos respecto de las Escrituras hebreas, pues es obvio que así es: incluso abundan en los Evangelios las fórmulas introductorias cuando se citan pasajes del Testamento Viejo.

Pensamos, más bien, en rasgos y detalles que encontramos aquí y allá, a veces profusamente, que, vistos en conjunto, presentan un cuadro bastante significativo que evoca enseñanzas, mandatos, historias o personajes del Antiguo Testamento sin que se los mencione de manera explícita.

La pregunta que nos plantea esto que acabamos de señalar es la siguiente: puede ser evidente que el autor del Evangelio que se esté analizando haya tenido en mente, a la hora de presentar la figura de Jesús de Nazaret, unos acontecimientos específicos que se encuentran en el texto veterotestamentario, pero, al entrar en detalles, ¿serían incluidos a propósito todos y cada uno de esos detalles que descubrimos en la construcción de los relatos evangélicos?

“Sinópticos”, pero también discrepantes
A los tres primeros Evangelios (según el orden canónico de nuestro Nuevo Testamento) se los denomina “sinópticos” porque hay una manifiesta semejanza entre las tres “visiones” que los respectivos autores (personas o comunidades) tienen del personaje central al que dedican sus obras: nuestro Señor Jesucristo.
     
Sin embargo, tal similitud no debe librarnos de prestar atención a las discrepancias, que no se ocultan, entre esos diferentes relatos. (1) A veces se trata de diferencias intrigantes en algunos detalles: en Gadara, ¿había un endemoniado (Marcos 5.1-20 y Lucas 8.26-39) o dos (Mateo 8.28-34)?; ¿era “un asno atado” (Marcos 11.2 y Lucas 19.30) el que los discípulos habrían de encontrar y llevarlo a Jesús, antes de la entrada triunfal de este en Jerusalén, o eran “una asna atada, y un borriquillo con ella” (Mateo 21.2)? Y junto al camino de Jericó, ¿había dos ciegos (Mateo 20.29-34) o solo uno (Marcos 10.46-52 y Lucas 18.35-43)?; (2) en otros casos, la diferencia podría resultar más problemática: ¿cómo se compatibilizan las genealogías de Mateo 1 y Lucas 3? (más aún: ¿acaso hay que armonizarlas?); y (3) en algunos otros aspectos las discrepancias podrían tener (o tienen) un significado explicable por el contexto general de los diferentes libros y por las metas que se han propuesto sus autores: por ejemplo, en el ministerio de Jesús, ¿cuál es el orden en que ocurren los acontecimientos (incluida la exposición de sus enseñanzas)?, pues lo que en un Evangelio está “antes”, en otro está “después”; ¿quiere ello decir que uno está en lo correcto y el otro está equivocado? ¿Y que hemos de pensar de las discrepancias entre las citas del Antiguo Testamento que se hacen en los Evangelios?
     
Indicamos todo lo anterior con el propósito de acentuar un hecho que no siempre se toma en consideración al estudiar la Biblia: todo texto debe interpretarse en su contexto. Y este contexto debo tomarse en el sentido más amplio posible e incluir también, hasta donde pueda discernirse dentro de la totalidad del texto, lo que pretenda comunicar el autor. Por supuesto, este último aspecto no puede determinarse con antelación, pues estaríamos imponiéndole al texto la definición que ya hubiéramos establecido de antemano.

Mateo y Éxodo
Una lista muy reducida de detalles que encontramos en los primeros capítulos tanto del Evangelio de Mateo como del libro de Éxodo arroja los siguientes resultados (que enumeramos sin hacer, por lo pronto, comentario alguno. [Los números en negrita, en la segunda lista, corresponden a los números de la primera lista]):

Mateo
1.  Una pareja acaba de celebrar su compromiso formal y legal: "María... estaba comprometida para casarse con José" (1.18a).
2.  Nace un niño (1.25)
3.  A ese niño le ponen por nombre "Jesús" (1.25), porque, como había dicho el ángel, "salvará a su pueblo de sus pecados"     (1.21).
4.  Aparecen unos extranjeros que, cuando Herodes intentó manipularlos y engañarlos (“para que yo también vaya a adorarlo”:      2.8), terminan siendo los burladores, y el rey Herodes el burlado: los sabios de Oriente desobedecen, por indicación divina, la      orden del Rey de que volvieran para informarle de la ubicación exacta del lugar donde había nacido el niño (2.8), y "regresaron      a su tierra por otro camino" (2.12).
5.  Al sentirse burlado, el rey Herodes monta en cólera y ordena que maten a los niños menores de dos años (2.16).
6.  Cuando hubo muerto Herodes, Dios ordena a José que regresen a Israel. La "sagrada familia" retorna a su tierra y se      establece en Nazaret, siguiendo nuevas indicaciones (2.20-23).
7.  El niño Jesús crece. Ya adulto, es bautizado y oye la voz de Dios mismo (3.16-17).
8.  El Espíritu lleva a Jesús al desierto, donde permanece "cuarenta días y cuarenta noches sin comer" (4.1-2).
9.  Sube al monte (5.1). [Y llegamos así a los albores del "Sermón de la montaña" (que se registra en los capítulos 5–7)].
10. En ese sermón se destacan, entre otros aspectos sumamente importantes, expresiones atrevidas como "Habéis oído que a       vuestros antepasados se les dijo [...]. Pero yo os digo" (5.21-22,27-28,31-32,33-34,38-39,43-44). De esa manera, Jesús       establece la ley que habría de regir la vida de la comunidad de discípulos.

Éxodo:
1.   Hay una pareja recién casada: "Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu" (2.1). (1)
2.   El rey de Egipto —o sea, el faraón— ordena la muerte, al nacer, de todo varón israelita: "solo a las niñas dejadlas vivir"       (1.16,22). (5)
3.   Unas mujeres, Sifrá y Puá, ambas parteras de las hebreas (¿eran ellas israelitas o egipcias?) burlan la orden del faraón       (1.17). (4)
4.   Nace el niño (2.2). (2)
5.   A ese niño, cuando ya hubo crecido, le ponen el nombre de Moisés. El nombre es, probablemente, de origen egipcio. Sin       embargo, en el relato se interpreta siguiendo la etimología popular (o pseudoetimología). Y así, por parecerse el nombre a la       palabra hebrea que significa "sacar", se le da el significado de "sacado [del agua]" (2.10). (3)
6.   Pasado un tiempo, Moisés regresa a Egipto (4.18-30). (6)
7.   Moisés se encuentra con Dios y oye su voz (3.4–4.17). (7)
8.   Cuando, guiado por Dios y después de muchas peripecias, Moisés saca al pueblo de Israel de Egipto, sube al monte Sinaí y allá        recibe la Ley (19.1-2). (9)
9.   En el desierto, Moisés sufre muy diversas pruebas (15.22 en adelante; cf. Hechos 7.38-39 [v. 36: “cuarenta años”]). (8)
10. Y, sobre todo, da al pueblo la Ley (35.1s). (21)

¿Meras coincidencias o ex profeso?
En las listas precedentes es posible que la correspondencia entre un dato específico del Éxodo y otro de Mateo sea producto de una cierta coincidencia provocada por la naturaleza misma de ambos relatos o por los intereses particulares de cada autor. Se nos ocurre pensar que ese podría ser el caso, por ejemplo, de la inclusión de genealogías en los dos textos (dato no mencionado en las listas anteriores; pero hay que reconocer que en ambos casos esas listas de antepasados se proponen mostrar la ascendencia de los personajes protagonistas de las historias que se cuentan). Quizás sea también simple coincidencia la aparición de una pareja de recién casados en cada relato.

Sin embargo, la lista de coincidencias es suficientemente extensa (y podría acrecerse hasta el doble de datos) como para considerar que todas son casualidades. Como suele comentarse en los cuentos policíacos: una coincidencia, pasa; dos, levantan sospechas; tres, ya no son casualidades.

Nos resulta evidente que el autor del Evangelio de Mateo (quienquiera que haya sido) ha armado un relato con el material que tiene a su disposición siguiendo el modelo exódico del nacimiento de Moisés y del significado de este —por sus acciones y por sus enseñanzas— en la historia de Israel.

Conclusión: el Jesús de Mateo
La perspectiva global que nos queda, hecho este ejercicio de lectura, es que Mateo trata de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, al que, sin negarlo, supera.
     
Aunque de manera diferente —en el caso de Jesús, el relato es claro con la relectura del texto de Isaías que hace la Septuaginta (que es la versión que nuestro autor cita en 1.23), según la cual se interpreta “doncella” como “virgen”—, los nacimientos y la preservación de la vida de ambos personajes están envueltos en acciones milagrosas.
     
 Luego, Moisés da la Ley (“la ley fue dada por medio de Moisés”, nos dirá el Evangelio de Juan: 1.17), que recibe de Dios en el monte; y Jesús sube al monte para promulgar una nueva ley que supera a la del Sinaí, al reinterpretarla (“Habéis oído que a vuestros antepasados se les dijo [...]. Pero yo os digo”). Jesús se convierte así en un nuevo legislador, que es el legislador por excelencia.
     
Y como Moisés, Jesús es profeta, pero no simplemente “un” profeta, sino “el” Profeta prometido (“El Señor vuestro Dios hará que salga de entre vosotros un profeta como yo”: Deuteronomio 18.15), semejante pero superior a Moisés porque en él se hace plenitud el espíritu de la profecía.
     
Porque es un nuevo Moisés, aunque superior, porque es el epítome de la Ley y de la Profecía, porque desde su nacimiento fue designado salvador, por todo eso y más, el Evangelio de Mateo termina como termina. Moisés murió, lo enterraron y no se sabe dónde está su tumba; Jesús, en cambio, murió, resucitó y está con sus seguidores “hasta el fin del mundo” (28.20).
     
Y porque él vive, sus seguidores también vivirán.


[Las citas bíblicas están tomada de La Biblia de Estudio Dios habla hoy].

Enero, 2006

 

[Publicado en Palabra viva, Nº 16, año 2006. Revista de la S. B. de España]

(Este artículo fue publicado ya en Lupa protestante. Lo publicamos ahora con permiso del autor)

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