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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-7 Parte-


Nueva adopción

El inmenso corazón maternal de mi madre se reveló con diafanidad en otro hecho del cual, desafortunadamente no tengo detalles muy precisos, sobre todo en lo que se relaciona con sus orígenes. Al parecer había en la zona de La Isleta, en la Gran Canaria, un niño muy necesitado, cuya madre, por su situación de pobreza no podía darle toda la atención y el cuidado que necesitaba. El muchachito era de Bilbao (no sé si por parte de ambos padres o solo por el de uno de ellos). Tampoco recuerdo si la señora era viuda, separada de su esposo o compañero, o madre soltera. Para este relato, eso no importa. Lo cierto es que mi madre tuvo conocimiento de esa situación… y se hizo cargo del muchacho. Tampoco recuerdo la fecha exacta de esa especie de adopción informal. Sí creo que resultó providencial, porque Enrique (así se llamaba aquel niño, hecho ahora un hombre) vino a llenar, en cierta medida, el vacío que había dejado tras sí el regreso de Pablo Elías (mi hijo) a Costa Rica. De nuevo, solo palabras de admiración hacia doña Matilde se oyeron a causa de ese gesto compasivo, palabras que procedían tanto de familiares como de vecinos de la comunidad. Por otra parte, mi hermana tuvo también un gesto que consideramos hermoso: cuando regresé a Costa Rica con Pablo Elías, y antes de aquella especie de adopción de Enrique, ella, mi hermana, dejó que su propio hijo mayor, Pablo Joel, quedara con mis padres por un año. Así, Pablo Joel y Enrique convivieron por un tiempo en casa de “los abuelos”, y en cierta medida llenaron el vacío dejado por la ausencia de Pablo Elías. Tengo entendido que pasaron bastantes años antes que la madre de Enrique pudiera hacerse cargo de su hijo y atenderlo con dignidad.

 

Y de nuevo…

A finales de noviembre de 1968 asumí el cargo de rector del Seminario Bíblico Latinoamericano, la misma institución de la que me había graduado en 1957 y en cuya planilla de profesores aparecía yo desde 1965. Por diversas razones acepté ser rector, pero solo por dos años, pues mi ilusión y mi meta eran regresar a Europa, pero ahora como estudiante. Me concedieron una beca para estudiar en Salónica, beca que yo nunca solicité y que no pude aceptar, pues no incluía el sostenimiento de la familia. Arañando de aquí y de allá, logré reunir suficientes “pedazos de becas” que nos permitieran el sostenimiento de todos los Bonilla, pues ya éramos seis (ahora: Bonilla-Fernández-Ríos).

En carta personal, Pablo Joel me dijo lo siguiente: “Después que tú llevarás contigo a Pablo Elías a Costa Rica, mis padres me dejaron un buen tiempo (creo que fue como un año) con abuelita, y coincidió que ella cuidó también a Enrique, un niño de Bilbao (que ya crecido y de vuelta en Bilbao se hizo cargo de las empresas familiares). Ambos fuimos a la escuela de "el Chiquitín", aunque quien daba clase no era "el Chiquitín" sino su hermana. Tengo fotos en que estamos Enrique y yo (no sé si con abuelita y abuelito o nosotros solos). Nos hicimos muy amigos y, como te dije, cuando regresé a Málaga lo eché de menos”.

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En su 100 cumpleaños

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Se nos planteó, entonces, una nueva situación problemática cuya solución no resultaba fácil: yo iba a estudiar en Atenas. En la fecha determinada para el viaje a Grecia (1971), Priscila, Jonatán y Pablo, los hijos de mi primer matrimonio, tendrían ya, respectivamente, doce, diez y medio y nueve años. Los tres ya estaban en la escuela. Daniel, el cuarto hijo, cumpliría seis. Puesto que el griego moderno se habla solo en Grecia y en ciertas comunidades griegas en otros países (como, por ejemplo, en Melbourne, Australia), varios amigos nos recomendaron que no lleváramos allá a los tres mayores, pues perderían probablemente más de un año de estudios y el nuevo idioma muy probablemente no les seria de verdadero provecho en el futuro. ¿Qué hacer, pues?

Aquí vinieron de nuevo en nuestro auxilio nuestros padres. Pedimos su ayuda. Yo pensé, que eso incluso podría ayudar a mi padre, que ya llevaba sobre sus espaldas 70 años bien trabajados y en muchos aspectos golpeados, a decidirse a alquilar la tienda de ultramarinos y dejar así de trabajar tan intensamente. Al fin eso se logró. Y de nuevo mi madre, ahora con mi padre, se hizo cargo no de un nieto sino de tres. Aunque de lejos, nosotros, por supuesto, ayudábamos al sustento de nuestros hijos. Así transcurrió casi todo el año 1972. Ya para casi finales de ese año, los abuelos con sus nietos se habían trasladado a Málaga, donde vivía la familia de mi hermana. Mi cuñado era pastor allí. Además, como hizo siempre, o casi siempre, en sus varios pastorados, había creado una especie de instituto bíblico en el que impartía clases a quienes quisieran formarse bíblicamente. Aquella fue una familia grande: cinco miembros de los Santana-Bonilla y otros cinco de los Bonilla-Acosta-Fernández. Después se haría aun un poco mayor. Pero antes se presentó una inesperada situación extremadamente difícil.

 

Una nueva “tragedia”

Corría diciembre de 1972. Todo marchaba viento en popa. Mis estudios de griego moderno iban muy bien y ya yo estaba asistiendo a algunas clases que dictaban tanto mi profesor tutor, el doctor Koutsoyanópoulos, como su asistente. También había mantenido unas entrevistas con el doctor Koutsoyanópoulos para conversar sobre lo que sería el tema de mi tesis (en la que ya había comenzado a trabajar): la presencia de la filosofía griega en el cristianismo del siglo segundo.

De repente, el mundo, mi mundo, pareció venirse al suelo. Recibimos una carta de mi hermana en la que nos informaba que a nuestra madre le había dado un derrame cerebral. Gracias al señor Alalouf, cónsul de Costa Rica en Atenas, quien poseía varios negocios de exportación y una agencia de viajes, pudimos hacer arreglos rápidos y viajar a Málaga. Cuando llegamos a allá, nos informaron de que a mi madre la habían cambiado de hospital, que estaba en coma y que no fue un derrame cerebral lo que le había dado sino que sufría de meningitis purulenta.

Aunque era medianoche cuando llegamos a la ciudad andaluza, dejamos a nuestro hijo Daniel en casa de mi hermana y nos trasladamos al hospital. Los responsables del turno de noche se portaron muy bondadosamente con nosotros, pues cuando les explicamos nuestra situación nos permitieron ver a mi madre.

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Dos detalles vale la pena destacar: uno positivo y otro… que ni siquiera sé cómo calificar. El primero fue que vimos a mi madre delirar. Nos dijeron que era la primera vez que le sucedía, lo que parecía ser una buena señal. En su delirio, la abuela mostraba su preocupación por la seguridad de uno de sus nietos ─Samuel─, pues pedía que le quitaran los fósforos. El segundo detalle fue… una calamidad: cuando mi madre comenzó a delirar, llamamos de inmediato al enfermero de turno. Vino de inmediato. Vio la situación y “nos consoló” con estas palabras: “Últimamente ha habido varios casos de personas con esta enfermedad. Anteayer trajeron a un joven y ayer lo enterraron”. Y mi madre tenía entonces 62 años. Sin comentarios.

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En su cien cumpleaños con la familia

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Lo cierto fue que a partir de entonces la salud de mi madre empezó a recuperarse. Recobró el conocimiento y poco a poco fue recobrando también la plenitud de sus fuerzas. La enfermedad no dejó secuelas, excepto las del recuerdo.

Volvió nuestra madre a casa, muy recuperada, y hubo necesidad de tomar nuevas decisiones.

Para nosotros ─o sea, para mi esposa, para mí y para el resto de la familia inmediata─ era obvio que no podíamos volver a la situación anterior a la enfermedad de mi madre. La decisión que tomamos no era, ciertamente, la solución ideal, pero era la que nos parecía más viable. Y así, mi esposa y nuestro hijo Daniel quedaron en España, para hacerse cargo, ella, del cuidado de todos nuestros hijos. En buena medida eso fue posible porque mi cuñado y familia vivían en aquel entonces en una casa amplia, porque mi hermana, mi cuñado y yo (incluida mi familia inmediata) siempre hemos vivido en harmonía y porque mis sobrinos y mis hijos siempre se han llevado muy bien. Así, pues, regresé solo a Atenas. Con suma tristeza, porque desde el principio me enamoré de Grecia, solicité a las autoridades responsables de la beca que me había permitido ir a estudiar en Atenas, que me autorizaran trasladar mi estatus de estudiante a la Universidad Complutense de Madrid. También esto es parte de otra historia que no tiene cabida aquí. Lo cierto es que me fue concedido el permiso y, de esa manera, pudimos reunirnos de nuevo como familia. Nos trasladamos a Madrid y en el curso académico de 1973 empecé los estudios doctorales en la dicha Universidad.

Mientras estábamos en Madrid se celebró allí el Primer Congreso Ibérico de Evangelización (junio de 1974). Mis padres, que habían vuelto a Gran Canaria, llegaron para asistir a ese Congreso y estuvieron con nosotros por un tiempo. Fue maravilloso ver a nuestra madre totalmente recuperada. Ello nos concedió también el privilegio de llevarlos a conocer varios lugares de la ciudad capital. Aquellos paseos resultan ser hoy un recuerdo muy grato. Como lo son, también, las conversaciones con mi padre... no exentas de algunas discordancias por las diferentes perspectivas con que ambos analizábamos determinadas situaciones.

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Está en orden aquí un testimonio: desde que llegamos a Atenas, el primero de enero de 1972, habíamos tomado la decisión de buscar una iglesia de habla griega a la que asistiríamos regularmente (aunque al principio no entendiéramos nada o muy poco). Yo sabía que existía en la ciudad una Union Church, de habla inglesa, pues la había visitado en un viaje relámpago que hice a Atenas en el verano de 1971, aprovechando un lapso que había entre dos reuniones a las que yo asistía en el viejo Continente. La historia de nuestra llegada a una pequeña iglesia bautista es sumamente curiosa. Espero poder contarla algún día. Lo cierto es que fuimos recibidos en esa pequeña comunidad de evangélicos con expresiones extraordinarias y sinceras de amor fraternal. Nuestra amistad con el pastor y su familia dura hasta el presente. Cuando le contamos al pastor lo sucedido con nuestra madre y que teníamos que partir de inmediato hacia España, tanto él como la congregación se dedicaron a orar intensamente por la salud de ella. Hasta ahora lo recuerdan y hablan de lo que Dios hizo en respuesta a esas oraciones.

Pienso ahora ─reconozco que hasta este momento no se me había ocurrido─ que también debería escribir algo sobre mis dos esposas. Esperanza, de manera especial por las circunstancias que nos rodearon, se ha mostrado sumamente valiente desde el principio de nuestro matrimonio. Quizás lo haga, aunque ─también con un “quizás”─ me sea bastante difícil.

Allí descubrí algo de lo que debí haber sido consciente muchos años antes: que “no sirvo” para vivir solo. Recuerdo, y lo confieso paladinamente y sin ruborizarme, cuando, ya en Atenas, me iba a una tienda de telas (toallas, cortinas, ropa de cama, etc.) cuyo dueño, que se convirtió en un gran amigo, fue quien nos indicó dónde estaba la pequeña iglesia que luego haríamos nuestra durante todo el tiempo de nuestra estancia en Atenas. En esa tienda, y en una especie de balcón interno que había en el local, me ponía a escribirles a mi esposa e hijos… con los ojos llenos de lágrimas. En soledad lloraba mi solitud.

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En su cien cumpleaños con la familia

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Unos años después que mi cuñado ─Agustín Santana Navarro─ se hubiera trasladado con su familia a Santa Cruz de Tenerife, para asumir él el cargo de pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de esa ciudad, mis padres pasaron a vivir con ellos en la capital tinerfeña. En la casa pastoral de dicha iglesia (ubicada en el tercer piso del edificio donde está el templo), vi por última vez a mi padre, en el verano de 1987. Al besarlo en la frente cuando me despedía para regresar a Costa Rica, sentado él en la silla de ruedas donde pasaba la mayor parte del día, yo sabía que no lo volvería a ver. Así fue. En noviembre de ese año falleció. A mí me era imposible regresar a Canarias para el funeral.

Mi madre volvió dos veces más a Costa Rica. Una de ellas coincidió con el matrimonio de mi hijo Pablo Elías. La otra, cuando nació su bisnieta Daniela.

 Estando en Gran Canaria, mi madre sufrió una fractura de cadera. Resultado de lo que pareció ser una operación quirúrgica mal practicada, y del temor que se apoderó de ella a partir de esa traumática experiencia, nunca volvió a caminar. Algunas personas creyeron que sí podría haberlo hecho, pero nadie pudo convencerla

Otra vez se presenta una situación difícil que obligaba a tomar una decisión emocionalmente muy problemática y dolorosa. Por entonces, mi cuñado ya se había jubilado y él y mi hermana, con mi madre, residían en un barrio en las afueras de Santa Cruz, hacia la parte alta. La salud de mi hermana no era muy buena (como no la sigue siendo), y la de mi cuñado era aun peor (esta vez, en buena medida, por un error hospitalario). O sea, que ninguno de los dos estaba ya en capacidad de cuidar debidamente a mi madre. Además, tanto mis sobrinos como sus respectivas esposas trabajaban. Regresar a Costa Rica era, por diversas razones, prácticamente imposible. La única solución a la vista era que mi madre pasara a vivir en un hogar para personas mayores. Mi hermana, como era de esperar, fue quien más resistencia puso, pero al fin comprendió que era lo mejor para todos. Afortunadamente, se pudo conseguir un hogar muy cercano a la casa donde vivían mi hermana y su esposo, así que ella iba diariamente a visitarla (al principio y con frecuencia, hasta dos veces al día). Sin embargo, por causas de fuerza mayor, debió mudarse a otro hogar hasta que, por fin, se consiguió cupo en el Centro Evangélico de Ancianos el CEDAR. Allí la visité las últimas veces que estuve en Canarias. Allí, rodeada de sus dos hijos, de sus nietos y bisnietos por parte de mi hermana, de su nieto Jonatán (mi hijo mayor) y de la bisnieta Diana (hija mayor de Jonatán),  celebró ─celebramos─ sus cien años de vida. Y allí falleció en marzo del 2011, cuando faltaban solo un mes y días para su 101º cumpleaños.

También allí, en el CEDAR, se reveló, para sorpresa de no pocos, esa característica de mi madre a la que hice referencia, de paso, en líneas anteriores. No solo en las actividades religiosas que realizaban regularmente en la institución, sino también en otros momentos de la vida

cotidiana en ese hogar, mi madre siguió cantando: en las actividades religiosas, los himnos y coritos que había aprendido en los años de su asistencia a las diversas iglesias de las que formó parte; fuera de los cultos, isas, folías y otras canciones del folclore canario (algunas con mucha “chispa” y con letra “picante”). Tenía buena voz y buen oído para la música, cualidades... que yo no heredé (aunque sí algunos de mis hijos y de mis sobrinos). Todavía hay personas que recuerdan los cantos de doña Matildita...

Sirvan estas líneas como homenaje póstumo, algo tardío, a doña Matilde Acosta Rodríguez, la mujer que siempre me protegió, que amó hasta el sacrificio a mi propia familia, mujer fuerte que no escatimaba esfuerzos para realizar su misión en la vida, que me enseñó con el ejemplo de su vida: mi madre.

Termino de escribir este artículo en un pueblo del medio oeste de los Estados Unidos. Aquí estoy, en compañía de mi hijo mayor, siguiendo el ejemplo que mi madre me dejó y que yo quisiera dejarles a mis hijos: visito a un amigo que nos ha honrado con una amistad de más de 33 años, para expresarle mi amor y solidaridad, en esta etapa de su vida, cuando está muy enfermo. Estoy seguro de que ella, mi madre, se alegraría de saberlo.

 

Belleville y O`Fallon (Illinois), EE. UU.de A.

7 de enero de 2013

 

Revisado en Costa Rica

Febrero de 2013

 

Según la manera costarricense de contar los pisos de un edificio.

Todas las veces que nos visitó en Costa Rica, insistió en no dejarnos lavar la vajilla (“los trastos” o “la loza”, en nuestro lenguaje tico) después de las comidas. Ella tenía que hacerlo. Y mientras lo hacía... ¡cantaba!

En mis archivos conservo una libreta que copié de otra que me prestó mi tía Bárbara. Ella y mi hermana habían recopilado una serie de canciones que cantaba mi madre. Tengo que reconocer que mi madre tenía una memoria bastante prodigiosa.

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Plutarco Bonilla
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