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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-6 Parte-


La religión

Mi madre era de esa tradición católica que se reducía a eso: ser solo tradición. Lo importante, y casi único para ello, consistía en cumplir con fidelidad ciertos ritos y realizar determinadas ceremonias. De ese talante, eran católicos, hasta donde me alcanza la memoria, todos los habitantes del barrio en que vivíamos. Las diferencias entre unos y otros estribaban en el mayor o menor grado de fanatismo que mostraban al cumplir con tales ritos y ceremonias (además de, por supuesto, el grado de ataques contra quienes se atrevieran a profesar “otra religión”), y con muy poca o ninguna referencia a la ética en la vida cotidiana, personal, laboral y social.

En la vida de nuestra familia, algunos detalles son dignos de destacarse desde el punto de vista religioso.

Por una parte, mi madre no solía acompañar a mi padre a los cultos de la iglesia evangélica que se reunía en la calle de Luis Morote, muy cerca del Parque Santa Catalina. Ese local es el primero al que asistí, llevado primero por mi padre y después, ya algo mayor, por mi propia voluntad. Cuando las celebraciones cultuales se trasladaron a La Puntilla, a la calle de Pajonales, en el extremo sudoccidental de La Isleta, tampoco asistía allí mi madre.

Aquí es necesario y oportuno realizar, en esta narración, un retroceso en el tiempo.

Cuando nació mi hermana y, año y medio después, yo, mi padre no era evangélico; pero sí anticlerical en grado sumo. A mi hermana, contra la específica voluntad de mi padre –por lo que prácticamente hubo de hacerse a escondidas–, la bautizaron en el rito católico. Dado ese antecedente, al nacer yo, él se cuidó muy bien de que no hicieran lo mismo conmigo, y así no permitió que yo fuera bautizado como católico. El origen de mi nombre es diáfano testimonio del susodicho anticlericalismo, convertido también, después, en anticatolicismo.

Por otra parte, no recuerdo haber escuchado, ni una sola vez, ni discusión ni reclamos entre mis padres por cuestiones religiosas. ¿Contribuyó eso a lo que habría de suceder después? Solo Dios lo sabe.

Pero pasado cierto tiempo, mi madre comenzó a acompañar a mi padre y a sus hijos a las celebraciones cultuales. Estando todavía el templo en la calle de Pajonales, ella hizo profesión de fe evangélica y fue bautizada. Cuando el “lugar de culto” (como solía decirse) fue trasladado a la calle de Juan de la Cosa (donde está actualmente), allí asistió con gran fidelidad hasta que ella, mi padre y tres de sus nietos dejaron de vivir por un tiempo en Gran Canaria. Después de un par de mudanzas pasaron a residir en Santa Cruz de Tenerife, con mi hermana y su familia.

 

Algunas “tragedias” familiares y sus soluciones

A los dieciocho años y unos cuatro meses salí de casa de mis padres y residí en Tánger –por aquel entonces bajo administración internacional– durante el resto del año 1954. Regresé a Gran Canaria y unos meses después enrumbé hacia Costa Rica, donde he vivido hasta el presente. Solo esporádicamente he residido en otros países, ya haya sido por estudio o por trabajo. Estos detalles, y algunos de los que siguen, como se refieren a mí personalmente, quedan para ser ampliados en otra ocasión y en otro escrito… si los hubiere.

Había transcurrido poco tiempo desde mi llegada a Costa Rica en mayo de 1955 cuando recibí una carta de mi madre. En ella me informaba que yo había sido llamado a filas y debía presentarme de inmediato en la Caja Recluta de Las Palmas de Gran Canaria…, de cuyo número ni me acuerdo ni quiero acordarme. Para hacer breve una historia que quizás en algún otro momento habré de contar con más detalles, al tiempo fui declarado “Prófugo rebelde del Ejército Nacional”.


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Por el del tocayo Plutarco Elías Calles, que fue presidente de México (1924-1928). Durante su presidencia se produjo la revuelta de los cristeros.

Vide infra, para detalles más concretos.

Creo que nunca recibí una carta del puño y letra de mi padre. Tenía bonita letra y bastante buena ortografía, pero no le gustaba escribir. En eso no salí a él. Incluso para cartas o informes que debía escribir en función de sus responsabilidades como anciano y tesorero de la iglesia –cargo que ocupó por muchos años–, yo ejercía de amanuense. Todas las cartas familiares que recibí me llegaban de mi madre.

Así consta, literalmente,  en el documento que a su tiempo recibí. Lo guardo en mis archivos como un tesoro, pues lo considero casi como un título honorífico ya que mi padre era de ideas republicanas y, para mí, en aquellos días servir en el ejército no era servir a la patria sino servir al régimen franquista, de tan infausta memoria. En honor a la verdad, he de añadir que también guardo en mis archivos el documento en el que se certifica habérseme concedido el indulto que, muchos años después, el régimen ofreció a todos los que se encontraban en mi misma situación.

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Lo anterior significó que, por unos diez años, no pude regresar a España. Bueno, poder… habría podido, pero allá me habrían metido en “chirona” (o sea, en la cárcel… y militar). Cuando regresé por primera vez a Canarias, viajé con pasaporte costarricense, pues esta acogedora tierra, Costa Rica, me concedió la ciudadanía.


Jugando dominó con mi hermana

He contado todo esto para señalar que cuando me casé por primera vez, en 1957, no pude llevar a mi esposa para que mis padres y demás familiares la conocieran.

Pocos meses antes de cumplir los cinco años de casados –y apenas tres meses después de regresar del Seminario Teológico de Princeton, donde estudié– mi esposa cayó enferma. Falleció el 6 de marzo de 1963, poco menos de un mes después de haber dado a luz a nuestro tercer hijo, Pablo Elías.

Gracias a la generosidad del Rev. René Bideaux, director entonces de la institución en la que yo trabajaba (la Escuela de Preparación de Obreros Metodistas, conocida por sus siglas: EPOM), mi madre pudo viajar a Costa Rica. Desafortunadamente, la recogí en el aeropuerto exactamente en la mañana del día en cuya madrugada Marta, mi amada esposa, había fallecido. Para mi madre, la experiencia fue sumamente amarga y dolorosa: conocer, ya fallecida, a su nuera, de quien yo tanto les había hablado en mis cartas.

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En aquellos tiempos no se hablaba de “doble ciudadanía”. La concesión, en mi caso, del estatus de ciudadano costarricense también es otro relato que deberé de contar en alguna otra ocasión, pues tuvo sus peculiaridades.

La situación fue, para mí, compleja, pues mi esposa era chilena, y, como yo, sin familiares en Costa Rica. Por muy diversas razones, incluidas las crematísticas, tampoco pudimos viajar a Chile. En esa boda, estuvimos rodeados del calor de excelentes amigos, que… ¡gracias sean dadas al cielo!, nunca nos han faltado a lo largo de nuestra vida.

El Dr. René Bideaux, cuya muerte (en el 2009, poco antes de cumplir los 77 años) nos tomó a todos por sorpresa, y más habiendo sabido que pocos meses antes había fallecido su único hijo varón, es, para mí, de muy grata y agradecida memoria. Fue de esa raza de misioneros que no solo se entregaba de corazón a sus responsabilidades, sino que, además, era capaz de  mirar todo el panorama misionero y la historia de la Iglesia Metodista de Costa Rica con mentalidad crítica y visión de futuro. Por eso era molestoso para el establecimiento eclesiástico. Y probablemente por eso, no regresó al campo misionero. Sé, de primera mano, que algunos del estamento superior de la jerarquía eclesiástica no querían que regresara. Respetuoso con los demás, muy estudioso, supo siempre valorar el trabajo de los otros. Cuando se conoció la naturaleza fatal de la enfermedad de Marta, fue él, de propia iniciativa, quien me dijo que le pidiera a mi madre que viniera a Costa Rica para ayudarme en tan seria situación. En la última visita que los esposos Bideaux realizaron a Costa Rica (en 2002, regalo de sus hijos en ocasión del 500 aniversario de su matrimonio), don René nos regaló, a mi esposa y a mí, un librito, preciosamente encuadernado en rojo brillante: A Book of Personal Prayer. En él recogió breves y muy significativas oraciones de personajes de la historia del cristianismo. Lo uso cada noche antes de acostarme.

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El nacimiento de Pablo fue prematuro, pues a mi esposa, a causa del estado de su salud, tuvieron que provocarle el parto. En todo este escenario es donde mi madre vuelve a jugar un papel de primerísima importancia en mi vida y en la vida de toda la familia.

Ante todo, porque sin siquiera llamarla, acudió rauda para ayudar a su hijo que, a los 27 años –apenas cinco después de casado–, quedaba viudo y con tres hijos. Aquí debo mencionar, necesariamente, a mi padre, quien con la misma solidaridad paterna estuvo dispuesto a quedar solo en Gran Canaria mientras su esposa atendía a su hijo y familia. El sacrificio que todo ello implicaba, para ambos, jamás podrá cuantificarse. Tampoco mi gratitud. Esta es, conforme pasan los años y uno mira al pasado, cada vez mayor, aunque tanto mi padre como mi madre hayan terminado ya su peregrinaje por este mundo. Todavía guardo fija en la memoria la escena cuando mi madre llegó al aeropuerto internacional de Costa Rica (solo había uno en aquellos días) y yo la recibí al salir de la sección de aduana. Yo había sido toda mi vida bastante delgado. Sin embargo, las experiencias por las que estaba pasando en aquellos meses me dejaron flaquísimo. Creo que yo “bailaba" dentro de mis propios pantalones.

Para remachar la dolorosa experiencia de ese encuentro, el día siguiente al de su llegada fue  el funeral. Muchos detalles están ahora borrosos en mi mente. Sí recuerdo que, ya en el cementerio y a punto de introducir el féretro en el nicho asignado, varias personas quisieron ver por última vez a quien había sido mi esposa. Mi propia madre entre ellas. Cuando también yo quise verla, mi madre me dijo que no lo hiciera. Pero no le hice caso…

En muy poco tiempo, todos, mi madre incluida, hubimos de pasar por una situación emocionalmente muy cargada. Había demasiados detalles que poner en orden. De nuevo, la bondad y consideración de quienes eran mis superiores en el trabajo me permitieron tomar un respiro, pero la situación no podía prolongarse mucho. Y ahí fue donde mi madre mostró su entereza, su entrega a la familia (excepto yo, todos los demás miembros del clan Bonilla-Fernández habían sido hasta entonces “desconocidos” para ella) y su verdadero temple.

Cuando a Marta, mi esposa, la llevaron a la sala de partos, el médico que la atendía, el Dr. Arturo Cabezas López (quien fue el médico de nuestra familia por unos cuarenta años, hasta su jubilación), me llamó aparte para informarme que muy probablemente el niño nacería muerto, pues no se percibían en absoluto los latidos del corazón fetal. Quería que yo estuviera apercibido. Poco después, contento en medio de lo que estaba sucediendo, me dio la buena nueva de que el niño, a quien habíamos decidido llamar Pablo Elías, estaba en la incubadora. Pasaron unos días antes que mi madre lo recibiera de allí. Ella se encargó de su cuidado y crianza. Entiéndase que esto lo hacía cuando, además, tenía dos otros nietos que requerían su amorosa atención: una niña de apenas tres años (Priscila Matilde) y un varón, Jonatán Arturo, de año y medio. Creo que a mi madre yo no le di guerra…

“El tiempo que todo lo cura”, según reza el dicho, hizo que todo –personas, sentimientos, trabajo, responsabilidades, proyectos– volviera a lo que consideramos “normalidad”. Todos esos asuntos fueron encajando en sus lugares propios, en medio del dolor y de la ausencia de la esposa y madre. En el camino, no obstante, se interpuso otro contratiempo: mi madre se enfermó y debió ser intervenida quirúrgicamente en el Hospital de la ciudad de Alajuela. A Dios sean dadas las gracias, que la recuperación de su salud fue rápida y completa, aunque ella quedó muy delgada. No obstante, había un serio problema aún irresuelto: mi madre tenía que volver a Las Palmas de Gran Canaria, al lado de su esposo, donde debía estar. El tiempo pasaba y a esa situación se añadió otra dificultad de distinta naturaleza: aparte de los lazos familiares que a todos nos unían, existía otro muy especial lazo emocional: el que se había creado entre mi madre y su nieto más pequeño, para quien ella también había sido madre.


Con mi hermana

Mientras tanto, se me planteó otra realidad que no dejó de acarrearme dificultades en mis relaciones con otras personas. Fijé mis ojos en una joven costarricense, unos seis años y medio menor que yo..., y me enamoré de ella. Había sido estudiante en varias de mis clases en la EPOM. Cierto temor me atenazaba: ¿Quién iba a querer establecer relaciones formales con un hombre viudo y con tres hijos…, y con miras a integrarse en su familia? Y, para no hacer toda la situación, tanto personal como social, más fácil, no había transcurrido mucho tiempo desde que había quedado viudo. Hice caso a mi corazón y no a las posibles consecuencias colaterales, y me lancé de cuerpo entero: me declaré a la joven Esperanza Ríos Lavadí y, sin muchas “contemplaciones” (o “miramientos”…, o como quiera llamársele) le propuse matrimonio. Me dijo que le diera tiempo… y luego me dio el sí. Ella, que a poco más de seis meses de mi viudez se convirtió en mi esposa… y “de un solo porrazo” en madre de tres hijos, me ha contado varias veces que todo aquello la tomó por sorpresa. Las presiones no tardaron en dejarse sentir: algunos familiares quisieron disuadirla, por diversas razones, de que se casara conmigo; personas de nuestro círculo más cercano y otras “de la periferia” vieron con malos ojos que yo me casara “tan pronto”; algunos amigos (o a quienes yo tenía por amigos) dejaron de hablarme…, aunque la marrullería les duró poco tiempo, pues yo no había cambiado en absoluto…, excepto de estado civil. Creo que, en medio del silencio respetuoso que siempre la caracterizó, sobre todo en asuntos que involucraran a familiares y en decisiones que estos debieran de tomar, a mi madre no le agradó mucho el que yo “me precipitara” de esa manera. Una pista de su pensar, y de su sentir, me dio en cierta ocasión, cuando me pidió que tomara en cuenta que no hacía mucho tiempo que había enviudado. Pero me lo dijo con el amor de madre.

No obstante todo lo señalado, quienes eran mis verdaderos amigos me dieron su apoyo, mostrado en diversas expresiones de solidaridad.

Realizado el matrimonio (en el sur del país, de donde era originaria la cónyuge), reiniciada la familia “completa”, reasumida la vida cotidiana regular, quedaba aún irresuelto el problema del regreso de mi madre al lado de mi padre. Algo nos preocupaba, a mi esposa y a mí: ¿cómo iría a reaccionar mi madre al tener que marchar a Canarias y dejar en Costa Rica, especialmente, el niño que ella había recibido de la incubadora de la Clínica Bíblica y había cuidado con tanto cariño? Una opción era permitir que, en efecto, se lo llevara a Canarias; pero ¿cuál sería nuestra propia reacción en ese caso? Después de muchas conversaciones, decidimos proponerle a mi madre que se llevara el niño y lo criara por dos o tres años más. Al cabo de ese período, y en la voluntad de Dios, yo iría a Canarias y lo traería de nuevo a nuestro –su– hogar. A mi madre le pareció bien el arreglo. Y así se procedió.

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Un dato, cuyo recuerdo siempre me hace sonreír, es expresión de ese aprecio de amigo: un querido exprofesor mío “casi” me tenía preparada una candidata para ser mi esposa. Me dijo que, por sus afinidades intelectuales conmigo habría sido la compañera apropiada. ¿Mi respuesta?: “No estoy buscando una colega para discutir temas académicos en casa, sino alguien que sea mi esposa y madre de mis hijos”. Por supuesto, no mencionaré nombres, ni de uno ni de otra.

Por años, mi esposa y yo, y, de manera particular, ella más que yo, nos preguntábamos si hicimos bien al llegar a este arreglo. Lo mismo pasó con otra decisión algo similar que habríamos de tomar años más tarde, pero esa es otra historia. A raíz del fallecimiento de mi madre, y al plantearnos de nuevo este asunto, nuestro hijo Pablo nos envió estas bellas y, para mí, conmovedoras palabras: “A estas alturas de la vida, doy gracias a Dios y a vos por haberme dado la oportunidad de crecer al lado de la abuela, el abuelo, y la familia de España. Parte de lo que soy se debe a ese viaje y experiencias, y ahora solo puedo dar gracias por ello. Yo probablemente, en las mismas circunstancias, hubiera tomado la misma decisión, y puedo apenas entender, como padre, lo difícil que tuvo que ser para vos”.

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De los tres años siguientes, solo buenas palabras escuchamos y recibimos en relación con el cuidado lleno de cariño que nuestro hijo recibió de su “abuelita”, como él siempre la llamó y sigue llamando cuando se refiere a ella. Cumplido ese período, fui, en 1966, a la Gran Canaria, por primera vez después que la había dejado en 1955. Pasé un tiempo allá, y tuve oportunidad de visitar también la isla de Tenerife. Luego, Pablo Elías y yo regresamos a Costa Rica. En cierto sentido, de esa manera se cerró un ciclo en la vida de nuestra familia.

 

Paréntesis: que da razón de lo dicho y de lo que se dirá después. Mi madre: ¡madre!

Marcha atrás en el tiempo.

Bien se ha dicho que el tiempo pasado es, para cada persona, su memoria de su tiempo pasado. El tiempo pasado “lo vive” de diferente manera cada uno de aquellos que lo han compartido: tanto en lo que consideramos que sea la percepción “objetiva” que cada uno piense tener de ese tiempo como, con mucha más razón, en lo que concierne a los sentimientos en nuestro recuerdo de ese mismo tiempo y a los sentimientos como los evaluamos al recordarlos.

Al traer a la memoria lo relatado en líneas  precedentes relacionado con mi viudez, reconozco que esa actitud de mi madre reflejó lo que siempre fue natural en ella. Me explico.

Tuvo mi madre un hermano –mi tío Manuel– que fue enfermizo desde su juventud. El inicio, en 1936, de la nefasta guerra civil, y el hecho de que lo llamaran a filas y lo enviaran al frente de batalla no hizo más que empeorar su propia situación. Mi padre tuvo que viajar a la Península para regresarlo a Gran Canaria. Fue internado en una casa de salud, en las afueras de la capital (carretera del centro) y de allí nunca salió. Falleció, si la memoria no me falla, cuando yo no había llegado a la adolescencia. Mi tío Manuel dejó esposa (María) y dos hijos (Manuel –“Manolo”, para nosotros– y Marusa).

Aquí entra en juego el carácter especial de mis padres y, sobre todo, de mi madre. A la viuda le dieron trabajo en la casa y en la tienda, y aunque no vivían con nosotros ya que la casa de ellos estaba relativamente cerca (a menos de cuatrocientos metros), mis padres acogieron a Manolo y a Marusa y los criaron junto a nosotros  dos (Petra, mi hermana, y yo). Mis padres se hicieron cargo de los estudios de mis primos hasta el segundo año del bachillerato de entonces. Las comidas del mediodía las hacíamos juntos. Lo entrañable de esta convivencia se me hizo más patente que nunca cuando, muchos años después, al regresar a Gran Canaria por primera vez después de la inesperada muerte de Manolo, Marusa me abrazó llorando y así, abrazados, me dijo: “Tú y Petra han sido mis hermanos”. El primazgo se había convertido, por la fuerza del amor, en hermanazgo: la relación de primos en relación de hermanos. Y ello en virtud de esa virtud que siempre engalanó a mis padres.

¿Es extraño, pues, que conmigo y con mi familia costarricense hicieran lo que hicieron?

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De esas comidas de los años de mi infancia me quedaron algunos recuerdos que, todavía, me hacen reír. En una ocasión, mi madre nos “obligó” a comernos lo que nos había servido. A nosotros –a Manolo y a mí– no nos gustaba la comida y oponíamos resistencia. Cuando al fin nos la comimos, mi madre nos dijo: “¿Ven como se la comieron?”. Y Manolo replicó: “No nos la comimos; nos la tragamos”. En otra ocasión en que la comida nos parecía deliciosa, al terminar, Manolo se echó a llorar. Preguntado por la razón de su llanto, respondió: “Es que quiero más, pero... ¡ya no aguanto!”.

Mi prima Marusa falleció el 17 de septiembre de 2008, después de una larga cirugía.  Fue la muerte de una hermana.

 

 


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Plutarco Bonilla
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