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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-5 Parte-


Mi madre

“Matildita” era mi madre. Me dio a luz hace poco más de 77 años. Falleció cuando faltaban solo un mes y pocos días para que hubiera celebrado su 101 cumpleaños.

En casa de mis padres viví mis primeros dieciocho años y medio, sin interrupción excepto cuando iba, por bastantes veranos, a Lanzarote. Allí, y en los años de mi adolescencia, mis tíos Antonio y Dolores, junto con sus hijas e hijos, siempre me acogieron con mucho cariño. Años después, siendo yo ya un profesional, cuando regresaba a Lanzarote los tíos me trataban igualmente con respeto, sin que ello fuera causa para que hubiese disminuido ni en un ápice aquel original cariño, que siempre traté de corresponder. Por eso, todos ellos han sido para mí, y continuarán siéndolo, de muy gratísima memoria. Recuerdos entrañables guardo de escenas muy significativas de los ratos que pasé con mi tío en aquellas tierras de añoranza. Máguez, Las Casillas, Mal País, Haría y muchos más, son nombres cargados de sentimientos, en estos años presentes, cuando hace más de una década que ingresé en las filas de los “ciudadanos de oro”. Conforme pasan los años, esas reminiscencias se vuelven más y más profundas y, en ocasiones, también nostálgicas. Pero no es esta, por cierto, oportunidad para hablar de mí.


La visita un querido amigo Cubano que fue a Canarias

Al igual que en el caso de mi padre, tampoco supe mucho de la infancia y adolescencia de mi madre. Sé que nació el 20 de abril de 1910. Era, pues, nueve años menor que mi padre, cuyo natalicio fue el 23 de enero de 1901.

De la juventud de mi madre muy poco se nos dijo. Ella era muy parca al hablar de sí misma. Lo poco que sé lo supe por testimonio de mi abuelita María, la única abuela que conocí, puesto que los padres de mi padre ya habían fallecido cuando pegué el primer grito en esta tierra.

Me contaba mi abuelita que mi madre solía cantar en los bailes del pueblo. Interpreté erróneamente este dato, pues deduje de él que mi madre era conejera, es decir, natural de la isla de Lanzarote. Seguramente, el error se debió a que creí que con la palabra “pueblo” mi abuela se refería al mismo pueblo donde ella había nacido, y no al barrio de La Isleta, lugar de nacimiento de


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Véase la primera parte de este artículo, (Me he quedado huérfano… del  todo. Memorias desde la nostalgia -I-), dedicada a mi padre y publicada en dos segmentos, enhttps://restauromania.files. wordpress.com/2009/12/restauromania027.pdf (marzo 2012; para la continuación, basta cambiar el 027 por 028); y también, en cuatro partes, en http://www.sentircristiano.com/articulos/articulos-PlutarcoBonilla-Mehequedadohuerfanodeltodo1.html (para el resto, hay que cambiar, en esta dirección, el número por el de la parte que se desee leer). En el presente artículo se repiten, cuando lo haya considerado necesario, algunos datos allí registrados; pero también se añaden otros relacionados con mi padre. Dejo aquí constancia de mi gratitud a mis hijos y sobrinos, quienes me ayudaron a precisar algunos de los datos incluidos en este artículo y me hicieron recordar otros.

Es esta una expresión eufemística costarricense para calificarnos a quienes llegamos a los 65 años.

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mi madre, en la isla que lleva en su nombre el título de “Grande”: la Gran Canaria. Allí nacieron también todas sus hermanas y todos sus hermanos.

Al recordar estos datos me percato de no tener memoria de que mi madre hubiera hecho ningún viaje a la isla de la Montaña de Fuego, de los Jameos del Agua y de la Cueva de los Verdes.

El detalle antes mencionado y provisto por mi abuelita me resulta ahora muy significativo, por una razón igualmente significativa: mi madre nunca dejo de cantar. Pero de ello hablaré más adelante.

Por la misma razón ya explicada, a estas alturas de mi vida ni siquiera sé a ciencia cierta cuáles fueron las circunstancias en que mi madre y mi padre se conocieron. Si sé que fue después que él regresó de Nueva York. Según testimonio de mi tía María, sucedió cuando mi padre estaba ya viviendo en el lugar donde habría de establecer la tienda de ultramarinos. Un familiar de mi madre los presentó. Su noviazgo fue, al parecer, más bien breve.

A diferencia de mi padre, mi madre sí tuvo algunos años de escolaridad. Cuántos fueron, tampoco de ello tengo noticia. A este respecto, hay un dato curioso, digno de mencionarse.

Como suelo decir, aquellos años eran los de “la época de los dinosaurios”, si se toma en consideración el desarrollo tecnológico del que hemos sido –y seguimos siendo– testigos, con sus ordenadores (computadores) y sus teléfonos móviles (celulares) altamente sofisticados y capaces de realizar operaciones hasta no hace mucho inimaginables. El detalle que deseo destacar es que mi madre tenía una extraordinaria capacidad para hacer cálculos numéricos de las operaciones básicas. Embarcada en el negocio de la tienda de ultramarinos que mi padre había montado en el barrio, mi madre mostró esa habilidad en las operaciones con cantidades que constantemente debía realizar, ya fuera en el trato con los clientes del establecimiento o con algunos de los vendedores que allá llegaban. A este dato que he calificado de “curioso” ha de añadirse otro que, para mi mentalidad, no lo era menos. Vivíamos también la época, no tan dorada, de la perra chica, la perra gorda y el real; como así mismo del duro, es decir, del billete de cinco pesetas. A mi madre, y de lo mismo puedo dar testimonio respecto de otras muchas personas de su generación, nunca la oí hablar de “cien pesetas”, pues siempre se refería a esta cantidad con la expresión “veinte duros”. Pero no se trataba solo de esa suma específica, sino de cualquiera otra divisible por cinco. Mil pesetas no eran mil pesetas, sino doscientos duros. Y así sucesivamente. Esos cálculos eran automáticos: no se detenía a “pensar” cuántos duros debería ser una determinada cantidad de pesetas, ni a dividir esta entre cinco. Era, más bien, como si esa operación aritmética estuviera ya inscrita en su mente. No es extraño, pues, que me haya preguntado qué habría logrado mi madre si su educación formal, y con ello los contenidos y el desarrollo de las capacidades operacionales de su mente, no hubiera sido tan limitada como lo fue dadas las circunstancias familiares y sociales en que vivió.

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Conocí, de las mujeres, a mis tías Juana, Nicolasa, María y Bárbara; de los varones, a Cipriano, Manuel, Juan y Agustín. Manuel falleció cuando yo era adolescente, y lo vi solo en su lecho de enfermo. Cipriano, Juana y Agustín fallecieron en Venezuela; Nicolasa, en Gran Canaria. Viven en esta isla: María, Juan y Bárbara.

Así se conocían popularmente las monedas de cinco, diez y veinticinco céntimos, respectivamente.

Tómese en cuenta que en los años de la niñez y adolescencia de mi madre era común, entre la gente del pueblo y en el contexto canario, que se considerara innecesario darles educación escolar a las mujeres. “¿Para qué?”, era la pregunta común que hacían los padres (sobre todo los hombres). Tal pregunta se hacía, incluso, entre algunos padres, respecto de los varones. Y se completaba la pregunta con esta respuesta que ellos mismos ofrecían: “Yo nunca fui a la escuela y miren lo que he logrado”.

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Lo anterior debe entenderse, además, en un contexto más amplio: de mis padres, era mi madre quien tenía una mentalidad más y mejor orientada hacia el comercio. Ellos prácticamente se arruinaron por la equivocada decisión de mi padre de meterse en los negocios de la pesca costera. Si en vez de hacer eso mi padre le hubiera hecho caso a mi madre, no solo habrían evitado esa ruina sino que habrían hecho un negocio redondo y se habrían enriquecido. En efecto, mi madre le había mostrado a mi padre una serie de terrenos, en el mismo barrio de la Isleta y muy cerca de donde ellos vivían, en los cuales debían invertir los recursos que poseían. Los habrían conseguido a precios muy razonables (o sea, bastante baratos). Pero él estaba ya decidido. Y acabó como queda dicho. Que mi madre había tenido razón se demostró años después, pues sucedió tal como ella había predicho y los terrenos se revaloraron muchísimo, solo que… el comprador que se enriqueció fue otra persona.


Jugando dominó con mi hermana

Mi padre, que no tenía vocación de pesimista, entendió que esa experiencia fue una lección espiritual que él debía de aprender. Consideró que su afán por entrar en el negocio de la pesca se debió a que, como había sido marinero, creía que ahí había, de hecho, grandes ganancias. ¿Cuál fue esa lección que aprendió? Pues que no debía apegarse tanto a las cosas materiales (representadas por el dinero que supuestamente iba a ganar). En efecto, mi padre fue dadivoso, a veces, si puede decirse así, más de la cuenta. Tan dadivoso fue, que algunos evangélicos, miembros de su propia iglesia, a veces abusaban en lo que se refiere, de manera particular, a las compras en la tienda. Comentarios muy críticos escuché, más de una vez, en boca de mi madre, recriminándole esa actitud un tanto condescendiente. Y que conste: no se trataba, en esos casos, de ayuda a los necesitados.

He mencionado algo del carácter de mi madre. Una anécdota viene a mi mente, como retrato y especie de símbolo de ese carácter. Yo debería tener por entonces entre unos ocho y diez años. Quizás un poco menos. Yo no quería ir a la barbería del barrio, por una razón muy sencilla: el barbero usaba una máquina de pelar –de esas que se manipulaban como unas tijeras, pero con sus brazos en sentido horizontal y no vertical– que era, a todas luces, viejísima. Resultado de tanto trajín de años, la pobre maquinilla dejaba prensados entre sus dientes algunos cabellos de los clientes. Al retirarla de la cabeza, obviamente también halaba de esos cabellos y los arrancaba “a la brava”. Como eran apenas unos pocos, casi no ofrecían resistencia, pero… a mí, chiquillo, me dolía y me fastidiaba. Un día, mi madre misma me llevó a la barbería. Allí me dejó y ella regresó a


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Mi madre me contó que en cierta ocasión mi padre le habló de vender el edificio donde estaba la tienda y el apartamento donde vivíamos, además de otros tres pequeños apartamentos que alquilaban por lo que llegó a ser una cantidad ridícula. El propósito de la venta era el siguiente: donar todo el dinero a la iglesia para luego dedicarse él –con su familia, por supuesto– a la obra misionera. Mi madre tuvo la suficiente capacidad –lo que se dice “carácter-carácter”, ella lo tenía y en no poca medida– para disuadirlo de tal empeño. Cuando me contó esta historia quedé muy sorprendido. Por esta razón: como ya expliqué, mi padre fue, hasta el final de sus días, un extraordinario evangelizador personal y nada lo detenía para presentar, en conversaciones personales, el testimonio de su fe; pero quedaba mudo si tenía que levantarse ante un grupo de personas, aunque no fuera demasiado numeroso, para hablar sobre algún tema relacionado con la Biblia o con su fe. De hecho, pasaron bastantes años antes que yo oyera a mi padre orar en voz alta en un culto público (excepto en los llamados “cultos de oración”). ¿Cómo, pues, quería ser misionero? Los misterios del alma humana son eso: misterios y, por tanto, impenetrables.

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casa. Al ratito… llegué también yo…, pero sin el corte de cabello. Me regañó, me agarró con fuerza del brazo y de nuevo me llevó a lo que para mí era la silla de tortura. Eso sí, añadió esta advertencia: “Si te vuelves a escapar, te pelo yo misma”. Dicho esto, desanduvo el camino a casa. Habían pasado apenas unos minutos cuando allí estaba yo otra vez. (Al parecer, aquel chiquillo era medio cabezota, y tengo la impresión de que el vicio no se le ha quitado del todo…). Mi madre me demostró entonces que sus amenazas no eran en broma ni solo para meter miedo. La casa donde vivíamos tenía un patio interior, y allí había una mesa. Mi madre me agarró por los dos hombros y me sentó, “enfáticamente”, en ella. Puso un trapo alrededor de mi cuello, tomó en sus manos unas tijeras y comenzó la misma labor que había realizado aquel hombre contratado por Dalila para cortarle el cabello a Sansón. Por supuesto, cortado el cabello con tijeras, y no por un profesional, hizo que la cabeza me quedara como una escalera de muchos peldaños. Por eso, siguió la labor... de afeitado. Que yo recuerde, ha sido la única vez en mi vida –y ya tengo algo más 77 años garantizados– que me  hayan pelado al rape y con afeitado incluido. Ni se me ha olvidado la experiencia ni, por supuesto, volvió a ocurrir. Quedé escarmentado como gato escaldado. Pero así era mi madre. Creo que fue la única vez que hizo de peluquera.

Aunque no tanto como mi padre, mi madre tampoco era muy dada a expresar sus sentimientos, sobre todo los de cariño. No es que no se produjeran esas manifestaciones, pero no fueron tan frecuentes como habría sido lo ideal. Pero al igual que él, fue siempre extremada en su solicitud cuando mi hermana o yo estábamos en situaciones difíciles, necesitados de ayuda, sobre todo si se trataba de la salud. Lo dicho de mi padre en relación con los sacrificios que hizo para proveernos a mi hermana  y a mí de una sólida educación, se aplica, en igual medida, a mi madre. Quizás no hubiera dinero para comprarnos unos zapatos nuevos, pero por falta de recursos no dejamos de ir ni un solo día a la escuela o al colegio.


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Esta observación  tiene solamente un carácter correctivo: siempre he escuchado a la gente referirse a Dalila como “la peluquera de Sansón” o la que “le cortó el cabello” a aquel héroe hebreo. Pero eso no es lo que dice el texto bíblico. Allí se afirma lo siguiente: “Y ella [Dalila] hizo que él  [Sansón] se durmiese sobre sus rodillas, y llamó a un hombre, quien le rapó las siete guedejas de su cabeza” (Jueces 16.19). ¡Qué peligroso es quedarse dormido en los regazos de una mujer!

Hay otras anécdotas similares que revelan ambas características: la testarudez del hijo y la firmeza de la madre. Por ejemplo, como cuando me mantuvo sentado a la mesa casi hasta la media noche, frente a un plato de “natilla” (flan) que yo no quería comer. Del anterior relato puede deducirse fácilmente quien fue, en esta otra ocasión, el que tuvo que ceder...

 


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Plutarco Bonilla
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