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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-4 Parte-

¡Hablar de Cristo!

Como queda dicho al comienzo de este artículo, don Gregorio Bonilla Pérez falleció en noviembre de 1987. Cuando escribo estas líneas ya han transcurrido casi 24 años de haber recorrido él la totalidad del curso de su vida. Como suele suceder, atravesó sus “valles de sombras de muerte” y también gozó de la placidez de “lugares de delicados pastos” y pudo beber allí el agua fresca y de reposo del evangelio y de la confianza en Dios. Pero desde 1935, tuvo una gran pasión: hablar de Cristo a todo aquel que se le pusiera por delante y estuviera dispuesto, por la razón que fuera, a escucharlo.

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Calculo que en algún momento de ese año (o en la primera parte del siguiente) fue cuando mi padre escuchó en un teatro, al Sr. Samuel Palomeque, que dictaba conferencias religiosas. Estas resultaron ser, para mi padre, evangélicas. (Véase lo que digo más adelante sobre “una coincidencia curiosa” y la referencia a la  extraña historia de esas conferencias, que terminaron dictándose en otro lugar).

Mi madre se quejaba a veces de que cuando llegaba a la tienda algún vendedor de mercadería, de muy diverso tipo (como, por ejemplo, mercería), con un arte que realmente yo nunca pude descifrar, a los pocos minutos mi padre se las había amañado para desviar la conversación hacia el tema religioso y, por supuesto, hacia el mensaje del evangelio. No era raro que la conversación se prolongara por más (con frecuencia ¡bastante más!) de media hora. El resultado era que mi padre no podía dejar ir al hombre con las manos vacías, por lo que compraba... ¡lo que la tienda no necesitaba! Y eso sí que no le gustaba a mi madre, mujer de mentalidad muy práctica.

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Ese testimonio oral –“ve y cuenta cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo”, como dice el Evangelio– estuvo en él siempre tachonado de citas de la Biblia. Mucho sabía de memoria, no porque hiciera esfuerzos específicos de memorizar esos textos sino por las reiteradas lecturas diarias del  texto sagrado.

Esa pasión –el testificar de Cristo– nunca la perdió. Leer la Biblia fue también su pasión. En mi mente tengo grabada una de las últimas imágenes de mi padre. Ya se veía él, por la condición de su salud, forzado a pasar el día entre la cama y la silla de ruedas. Estaba tan débil que prácticamente ni hablar podía. Y lo veo allí, sentado en su silla, con una Biblia en su regazo, leyéndola cuando las fuerzas se lo permitían. Así lo vi por última vez, cuando le di en la frente un beso de despedida, pues sabía que, al regresar yo a Costa Rica, no lo volvería a ver.

Cultura viene de cultivar
De otro recuerdo, que corresponde a muchísimos años antes, cuando él gozaba de plena salud y de energía, di cuenta en el testimonio que menciono en la nota 1. Transcribo lo que al respecto allí dije: “Una de las imágenes de mi niñez que quedaron grabadas indeleblemente en mi memoria tiene que ver con El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. En efecto, al escribir estas líneas recuerdo, como si la escena se reviviera una vez más ante mis ojos, cuando llegaba a la casa un amigo de la familia y mi padre lo invitaba a abrir las páginas de su edición de El Quijote –edición ya vieja, que todavía conservo– y ambos reían a carcajadas al leer ciertas narraciones. Cuando lograba entender algunos tramos del relato, yo unía mis carcajadas a las de ellos”.

El lugar privilegiado de las Islas Canarias como punto de tránsito marítimo entre Europa y las Américas, hacía propicio que con frecuencia atracaran en el Puerto de la Luz (Gran Canaria) barcos que llevaban rumbo al puerto de Buenos Aires. Muy de cuando en cuando aparecía por nuestra pequeña iglesia de La Isleta algún miembro de la tripulación de esos barcos que era evangélico. Como en algunas ocasiones el marinero nos decía que su barco regresaría por la misma ruta, le entregábamos algún dinero y la lista de unos libros para que nos los comprara allá. Recuérdese que en la época dura de la dictadura franquista, la circulación de la literatura “protestante” era excesivamente limitada y, en algunos casos, nula, por causa de prohibiciones y estrictos controles. De lo que mi memoria ha retenido, puedo testificar que aquellos hermanos marineros nunca nos defraudaron. Y fue prácticamente así como comencé a formar mi biblioteca, también estimulado por ese ejemplo de mi padre. Por su parte, él, así mismo, se hizo de sus libros y, no recuerdo cómo, consiguió una subscripción de una revista evangélica (El Sendero del Creyente), publicada por el grupo conocido como “Hermanos”, de la nación Argentina. De aquellos primeros libros todavía conservo algunos por razones puramente sentimentales.

Su afán por compartir su fe y sus convicciones más profundas nunca lo perdió. Siempre lo admiré por ello, pero hubo un detalle que ratificó, y con creces, esa admiración: cuando mi hermana y yo por fin convencimos a nuestros progenitores para que alquilaran la tienda de ultramarinos y “se jubilaran”, mi padre inició una práctica que era, de hecho, continuación de lo que había sido una constante en su vida, aunque ahora con otro talante: todas las mañanas, después del desayuno, se “pertrechaba” con un buen paquete de “tratados” o folletos evangélicos y con el paso que le fue característico en su edad senecta, al estar algo doblado de la cintura, se dirigía tranquilo a la Playa de las Canteras. Allí, en la avenida, a unos cien metros de donde había estado ubicado el Cine Millares, se sentaba y comenzaba a distribuir aquellos tratados, entregándolos a quienes quisieran aceptar su oferta. Y si le era posible, se enzarzaba gustosamente en animada conversación con algunas de esas personas. ¿Que recibió burlas, desprecios e insultos? Sí, los recibió. Y bastantes. Entonces, como también antes, a lo largo de su vida como evangélico. Pero a él no le importaba, porque tenía la plena convicción de que estaba sirviendo a quien lo había salvado y llamado. Ahora, jubilado, se sentía por ello más contento, pues podía dedicar mucho más tiempo a ese servicio.

Una coincidencia curiosa
En la graduación correspondiente al curso académico de 1968 fui investido como Rector del Seminario Bíblico Latinoamericano, el mismo donde yo había estudiado. Cuando asumí mis responsabilidades, una de las primeras cosas que hice fue sumergirme en los archivos de la institución, para ponerme al día de su historia. Un detalle que atrajo mi atención, y que se relaciona con lo que he descrito en el presente texto, fue el hecho que paso a narrar.

Los fundadores de lo que entonces se llamó Instituto Bíblico (que llegaría a ser el Seminario Bíblico Latinoamericano) fueron los esposos Strachan (don Enrique y doña Susana). Habían creado también la Misión Latinoamericana, a la que el Instituto/Seminario perteneció por muchos años. En un viaje que don Enrique hizo a España, entabló conocimiento y amistad con un predicador evangélico que, al parecer, lo impresionó. Tanto, que lo invitó a ir a Costa Rica. El predicador aceptó y, al menos por un año, enseñó en el referido Instituto Bíblico. Pues bien, tal personaje fue don Samuel Palomeque, el mismo predicador a quien mi padre escucharía en el Puerto de la Luz, allá por el año 1934 o 1935. ¡Vueltas que da el mundo!

Observaciones varias
Es hora de ir cerrando este texto. Muchos más datos quedan “en el tintero”, pero no se trata de escribir una biografía. Sin embargo, quisiera concluir con unas notas de apreciación muy personales.

1. La experiencia personal de mi padre, su capacidad de observación y su avidez por aprender, lo convirtieron en persona de juicio crítico. Algunos aspectos de esta virtud los he hecho patentes en las líneas que preceden.

2. Esa virtud estuvo, simultáneamente, condicionada por la carencia de formación rigurosa, producto de las limitaciones que ya hemos señalado y de las cuales él mismo no fue responsable, ya que fueron parte de esas circunstancias vitales que escapaban de su control.

3. Por ello, sus reacciones estuvieron siempre en consonancia con los dogmas que le enseñaron en la iglesia en la que nació a la fe. Adobados tanto con lo que él consideraba “sentido común”, como con lo que observaba a su alrededor y con lo que la dura experiencia le había deparado, por su identificación religiosa, hicieron que con el pasar del tiempo él se volviera bastante tajante en la emisión de sus juicios y un tanto intransigente.

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Por cierto, como allí también estaba mi expediente, lo revisé y me encontré con algunos detalles que, sin ser del todo sorprendentes, sí desvelaron ante mis ojos ciertos intereses de terceras personas, que me afectaban. Pero no es de eso de lo que quiero escribir.

En la bitácora de mi sobrino Samuel Agustín Santana Bonilla se narra una singular historia de cómo terminó la frustrada primera conferencia de don Samuel Palomeque, anunciada en el teatro conocido popularmente como el “Cine Chico” (Teatro Circo del Puerto), pues terminó antes de comenzar.

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4. Esa intransigencia solía ir dirigida de manera particular contra la institución eclesiástica católica romana (la ICAR) y sus representantes oficiales: desde los curas de parroquia hasta el Papa, sin dejar de lado al propio obispo. Sin embargo, a pesar de los cambios que en dicha institución se operaron, mi padre –lo digo con todo respeto– nunca logró superar la aversión que surgió en él como consecuencia tanto de su interpretación –en gran parte correcta– de los acontecimientos nacionales de los que fue testigo como de dolorosas experiencias personales (una de ellas, en el confesonario, cuando iba a contraer matrimonio), provocadas por aquella iglesia arrogante que se arrogaba el derecho, en exclusividad, de ser la Iglesia. Sobre este asunto, mi padre también expresaba, con matices muy irónicos e hirientes, y paladinamente, sus propios sentimientos. Los dos sobrinos a los que ya he mencionado me han contado la siguiente anécdota: si iban paseando con su abuelo y pasaban frente a un templo católico, él les preguntaba: “¿Saben que es esto?”; y daba de inmediato la respuesta: “Es una oficina del ministerio de promoción de la ignorancia”. Palabras duras que, en aquella época y en aquel lugar, encerraban una buena dosis de verdad.

5. Pero lo anterior no fue lo único que lo movía a mostrarse inflexible. Por su particular experiencia en Estados Unidos, se ponía siempre a la defensiva cuando alguien (incluido quien ahora escribe estas líneas) atacaba la política internacional de ese país, sobre todo en relación con América Latina. En la última discusión que recuerdo, me fue imposible convencerlo de que una cosa es el aprecio que uno pueda tener por el pueblo norteamericano y otra, muy distinta, el juicio que uno pueda emitir sobre la política –en particular la internacional– de sus gobiernos. El argumento que esgrimí,  de que algunos de mis mejores amigos son norteamericanos, pareció no hacer mella en él.

Un dato, que me contó mi madre, pues él nunca me lo mencionó en nuestras conversaciones, me sorprendió sobremanera. A fines de 1969 se celebró en Bogotá el Primer Congreso Latinoamericano de Evangelización (CLADE I). El Director de la revista En Marcha, Prof. Osvaldo Mottesi, me pidió que escribiera un artículo concluida dicha actividad. Le prometí escribirlo si me garantizaba que el artículo no sería censurado. Apareció, pues, en dicha revista.

No sé quién envió a Canarias un ejemplar de ese número, ni por qué medios llegó a manos de mi padre. Lo cierto es que en el siguiente viaje que hice a Las Palmas, mi madre me confió que mi padre, después de haber leído ese artículo mío, pasó tres noches sin poder conciliar el sueño. Como él nunca me habló al respecto, hasta el día de hoy me pregunto qué fue lo que dije que lo inquietó a tal grado. ¿Sería porque, refiriéndome a un dato muy concreto, dije que teníamos algo que aprender de los comunistas?, ¿porque critiqué tanto lo expresado en el Congreso por algunos líderes evangélicos como la política misionera norteamericana?, ¿porque me referí un tanto negativamente a la crítica que se hizo del Segundo Concilio Vaticano? En realidad de verdad, no lo sé.

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Véase lo que acerca del Obispo de Las Palmas, Monseñor Pildain y Zapiain, dije, como de paso, en Lutero, la RAE y la teología (Espéculo, revista electrónica de la Universidad Complutense de Madrid: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/lutero.html).
Véase también: Juan G. Bedoya, “El concilio que irritó a Franco”:
http://perso.wanadoo.es/laicos/z0012.htm.

Cuando vivía en Málaga, mi padre, siempre observador, se dio cuenta de algunos detalles: la existencia de gran cantidad de templos católicos (“iglesias”); el elevado número de cantinas que había; y los excrementos de perros que “adornaban” las aceras del barrio por donde vivía y obligaban a los viandantes a prestar atención al poner el pie en el suelo. A partir de esa observación, se “inventó” el siguiente chascarrillo “versificado”: “Iglesias, cantinas y cagajones, hay en todos los rincones”. Pero escuelas –añadía en otras ocasiones–, pocas.

“Reflexiones sobre el CLADE”, en ¡En Marcha! Internacional (San José: Misión Latinoamericana), Núm. 16, enero-junio de 1970; págs. 8-10, 14.

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6. Otro tanto podría decirse de cuando se tocaban ciertos puntos referentes a prácticas religiosas que discordaban con lo que a él le habían enseñado en su iglesia (y que él, a partir de esa enseñanza, veía ratificado en su lectura de la Biblia).

Tengo la sospecha de que a él no solo lo tomó por sorpresa sino que, además, nunca pudo aceptar que yo hubiera cambiado mi perspectiva (o sea, lo que se me había inculcado en la “Iglesia del Puerto”) sobre el bautismo en general y sobre el paidobautismo en particular. Nunca hice alarde del bautismo de mis hijos –porque hacerlo sería contrario a mi comprensión del sentido del sacramento–, pero mi propia madre estuvo presente en uno de esos actos en su primer viaje a Costa Rica. Años más tarde, mi padre quiso hacer tema de discusión el asunto, pero como yo sabía que ello no conduciría a nada edificante, le dije con todo respeto que sobre ese tema no quería discutir.

Conclusión
Dicho lo dicho, agradezco a Dios por el padre que me dio. No fue un hombre perfecto, como yo tampoco lo soy. De hecho, con frecuencia lo veo reflejado en mí incluso en algunas de mis imperfecciones. Pero fue un hombre cabal, protector de su familia, generoso, trabajador incansable, de honestidad, sinceridad y pasión cristiana a toda prueba.
Y en esas virtudes, quisiera imitarlo.

Tres Ríos, Costa Rica
Octubre, 2011

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En efecto, habiendo adquirido ya cierta formación bíblica, nunca permití que nadie pretendiera o intentara convencerme de asumir una posición favorable a una forma determinada de administración del bautismo o a los sujetos receptores del sacramento, diferente de aquello en lo que había sido educado en mi niñez y adolescencia. Consideré que eso era asunto que yo debía decidir por mí mismo, previo estudio personal de la Escritura y de lo que otros cristianos, particularmente biblistas, habían escrito sobre el tema. Y eso hice. Lo más que acepté de otras personas fue que me prestaran libros o me indicaran bibliografía. De hecho, se trataba de una decisión que debía tomar, pues mi primera esposa era presbiteriana y nuestro plan era tener familia. Tomada la decisión sobre el tema, hice mía otra decisión: respetar las posiciones de los demás y nunca hacer de todo esto tema de discusión (y menos, de discordia). Hasta ahora nunca me he arrepentido de ninguna de esas decisiones.

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APÉNDICE
Dije en el texto anterior que mi padre gustaba de reír pero no contaba chistes. También que, con bastante frecuencia, echaba mano de dichos y refranes con diversos propósitos. Otro aspecto digno de destacar fue que era aficionado a contar adivinanzas a sus nietos. Mi sobrino Pablo tuvo la feliz idea de hacer una pequeña colección de las que oyó de labios de su abuelo. Con su autorización las incluyo en este apéndice. Y de mi parte, con reconocimiento y gratitud.

Adivinanzas (La solución, en cursiva)

Vio un pastor en su rebaño
lo que el rey no vio en su silla
ni el Papa en su santidad
ni Dios en toda su vida
Otro pastor (o sea, un igual)

Tacón sobre tacón,
sobre tacón paño fino,
ni este año ni el que viene
me aciertas si no te digo.
La cebolla

[Nota: Los dos primeros versos los recuerdo así: “Telón sobre telón, / sobre telón paño fino”–PBA].

Corto sin tijeras,
coso sin agujas,
tengo el paso largo,
corro mi destino.
       →Un barco navegando en la mar

Mi principio está en un punto
mi fin en un punto está
el que dijere mi nombre
sólo dirá la mitad.
       →La media

Soy la redondez del mundo.
Sin mí no puede haber Dios.
Papas, cardenales, sí,
pero pontífices, no.
       →La letra O

En todo tiempo frío
y no frío sin calor
y viene a dar mi señor
peces en mí sin ser río.
       →La sartén

Una vieja jorobada
tiene un hijo enredador,
una hija buena moza
y un nieto predicador.
       →La vid

Tiene barbas como un hombre,
tiene cabeza y no pies,
tiene dientes y no come,
adivina lo que es.
       →La cabeza de ajos

También recitaba versos y cantaba alguna canción:

No te apures Enriqueta
que el mundo no se termina,
que la bergantina brava
le quitó el rabo al cometa.

Y cuando, pocas semanas antes de morir y siendo ya incapaz de mantener una conversación, lo visitaba Ana Esther, entonces novia de Pablo, siempre le recitaba el siguiente verso:

Para rey nació David,
para sabio Salomón,
para llorar Lagrimí
y para quererte a ti,
yo.

Y cantaba alguna canción:

¡Ae, ae, ae la chamelona
que no me monto en fotingo
por... que se pica la goma!
       (Canción de Cuba)



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