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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-3 Parte-

Rasgos sanchopancescos... y otros más

La imagen tradicional del inseparable amigo de don Quijote (¡Sancho, que no Rocinante!) nos lo presenta como de baja estatura, gordo y barrigón. Por comparación, ese retrato era la antípoda del de mi padre (no muy bajo –aunque desde casi veinte años antes de fallecer ya había perdido bastante estatura–, más bien huesudo, flaco y resistente como un roble). No obstante, he dicho con frecuencia a amigos, que mi padre se parecía a Sancho. En efecto, tenía al menos unos cuantos rasgos “sanchopancescos”.

**Aunque su teología era ultramundana –como correspondía a la tradición evangélica en cuyo seno tuvo sus más profunda experiencia religiosa–, mi padre tenía sus pies bien plantados en tierra. Nunca lo percibí como ambicioso, que fuera tras alguna ínsula Barataria en la que ejercer su autoridad y hacer valer su poder. Por muchísimos años fue miembro del Consejo de Ancianos de la Iglesia Evangélica conocida como “del Puerto” (en aquella época, la única que existía en esa parte de la Isla). Allí y, en general, en toda la comunidad evangélica, se granjeó el respeto de cuantos lo trataron, a causa de la otra característica sanchopancesca que menciono luego; pero por su sinceridad y franqueza, también se ganó la cuasi enemistad de alguna persona que, al parecer, sí buscaba el poder para que los demás hicieran lo que a ella le placía. Cuando él pareció perder ese contacto con la tierra –en un impulso de ilusión “misionera” bastante romántico, pero sincero– mi madre se encargó de “desencielarlo” y de “entierrarlo”, o sea, de despertarlo de ese ensueño, para que volviera a plantar con firmeza sus pies en el suelo.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Véase la conferencia-artículo que se menciona en la nota 1.
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**Pero fue también soñador de sueños posibles. No se trataba de molinos transmutados en gigantes, que daban con los huesos de uno en tierra, sino de gigantes reales que debían, y podían ser vencidos “con la invencible fuerza de sus brazos”, de los brazos de un Sancho convertido en quijote.
Lo que a este respecto deseo explicar me afecta muy personalmente y, por ello, he estado, estoy y estaré siempre agradecido con el padre que tuve. Y es que aquel hombre que, cuando debía, no pudo pisar el suelo de un aula de clases (¡ni siquiera de educación primaria!), no se convirtió en esclavo, como sí se convirtieron muchos de sus coterráneos y coetáneos, de una actitud pesimista que lo llevara a decir, referido a sus hijos, lo que no era raro oír en aquellos días (sobre todo en relación con las hijas): “Si yo salí adelante sin ir a la escuela, ellos podrán salir avante también”.
He hablado de mi gratitud hacia el padre que tuve. Tengo que añadir, por necesidad íntima y por justicia, que este agradecimiento no se extiende, como a apéndice que pudiera extirparse, sino que incluye, como a parte de su esencia, a mi madre. Fui testigo directo de los sacrificios, a veces no exentos de angustia, de mis progenitores –de ambos–, para hacerles frente a los gastos de mantener a sus dos hijos en un colegio privado..., ¡y de la calidad del Colegio Viera y Clavijo!, que ya no existe.
El hecho de que mi padre, que no tenía la visión comercial de mi madre, se embarcara en un desafortunado negocio que casi le arruina, no solo el bolsillo, sino, mucho peor, la salud, hace que hoy, en los años de mi madurez, valore mucho más aquellos ingentes esfuerzos con que ambos –padre y madre– se empeñaron para que mi hermana y yo adquiriésemos una solida formación fundamental que nos equipara para hacerles frente a los problemas y dificultades que la vida nos deparara.
Leopoldo Abadía ha dicho que no le preocupa el mundo que les espera a sus hijos, pues lo que realmente le preocupa es darles a ellos una formación tal que los capacite para salir avante en ese mundo, cualquiera y comoquiera que este llegue a ser. Quizás mis padres nunca se formularon en esos términos lo que querían para sus hijos, pero esa fue la actitud que asumieron frente a la vida: pertrechar a sus hijos con las mejores armas, tanto académicas como espirituales, que pudieran darles. Y, así creo, lo lograron con creces.

**Otro de los rasgos característicamente sanchopancescos de mi padre fue su uso, siempre oportuno y al punto, de refranes. Como Sancho. Con ellos podía describir una realidad particular u ofrecer sus propios consejos. En la conferencia sobre la Biblia y El Quijote que ya he mencionado, digo lo siguiente: “Otro de esos rasgos característicos era su capacidad para sintetizar en dichos (ya fueran propios de la época y de una profesión, ya creación original, producto de su propia cosecha) las experiencias de la vida o los consejos que daba. Así, al criticar la dictadura franquista y, con ella, cualquier otro sistema tiránico, solía decir: ‘Hijo, cadenas..., ni de oro’. Y cuando comenzó a sentir en su cuerpo el peso del paso del tiempo, después de haber sido marinero y de haber gozado por muchos años de una salud de hierro, sentenciaba: ‘Barco viejo, hace agua’ (o “El estuche se desgasta, pero la joya que lleva dentro vale cada vez más”). Y para inculcar en nosotros el espíritu de agradecimiento con dignidad, nos enseñaba: ‘Agradecidos, siempre; serviles, nunca’”. También citaba dichos o daba consejos tomados directamente de la obra de Cervantes, como cuando nos pedía ser moderados en el comer y nos decía: “Come poco y cena más poco” o cuando criticaba la intromisión en todo de la Iglesia Católica y citaba (en versión popular, no en cita textual): “Con la iglesia hemos topado”. La Biblia fue también fuente de sus dichos. Y así, aconsejaba: “Pon cuchillo a tu garganta” o “No peleen en el camino” (tomados, respectivamente, de Proverbios 13.2 y de Génesis 45.24).
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Véase la nota 13, in fine.

Véase la nota 1. De la pág. 22 de ese texto he transcrito el párrafo que aparece en el texto. Lo que en él está en letra cursiva lo he añadido para este artículo. Tengo entendido que un miembro de la misma Iglesia de mi padre se había propuesto hacer una colección de esos dichos. No sé qué suerte haya corrido ese proyecto.

Agradezco a mis sobrinos Pablo Joel y Samuel Agustín que me hayan hecho recordar estos dichos, en especial el del Génesis.

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**Mi padre fue republicano de convicción. Casi me atrevería a decir que lo fue instintivamente. Por sus andares en el mundo, por sus lecturas (con frecuencia nos hablaba de una Historia Universal, de César Cantú), por su capacidad de observación y por su innata perspicacia, hacía observaciones que podrían sorprender a quien supiera de su carencia de educación formal. Un dato se me quedó fijo en la mente: Había terminado la segunda conflagración mundial. Los países acomodaban sus gobiernos a la situación de posguerra. En 1945, en el Reino Unido, se substituye a Churchill por Clement Attlee. Poco después, en Estados Unidos de Norteamérica, cuando termina el período presidencial de quien lanzó las bombas contra Hiroshima y Nagasaki y acelera el fin de la guerra, el pueblo norteamericano elige como presidente a Eisenhower, el militar que había sido el Comandante en Jefe de los ejércitos de la NATO. Mi padre me hizo este comentario: “Ahí se nota la mayor madurez política de Inglaterra en comparación con Estados Unidos. Aquél país, para hacer frente a la guerra, necesitaba un hombre del carácter de Churchill, y a Churchill puso al frente del gobierno. Pero termina la guerra, y mira lo que hace el pueblo de Estados Unidos: llama, para dirigir, en tiempos de paz, los destinos de la nación..., ¡a un militar!”. Aunque no soy ni político ni politólogo, creo que la historia, hasta nuestros días, da testimonio de lo acertado de ese juicio.

Sin embargo, es justo señalar que, procediendo de quien procedía, dicho juicio no dejaba de ser sorprendente, sobre todo porque él siempre fue un gran admirador del pueblo del coloso de la América septentrional. A pesar de esa crítica, y en virtud de la presencia misionera norteamericana en España e Hispanoamérica, mi padre llegó a considerar que Estados Unidos de Norteamérica era “una nación cristiana”. A ese supuesto cristianismo, atribuía él la “grandeza” de ese país. Es la falacia de pars pro toto, que dicen los lógicos.

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Entiéndase esta afirmación de manera exclusiva en el contexto de la política española de la primera parte del siglo XX.

Tengo vívida la imagen de mi padre atento a las noticias que recibía por medio de la radio durante esta guerra, e igual de vívidos algunos comentarios propios de su espíritu sanchopancesco, según acabo de  apostillar (por ejemplo: “Siembra vientos y recogerás tempestades. Siembra bombas, y bombas recogerás”).

No es este el lugar para discutir el concepto –en mi opinión, aberrante– de “nación cristiana” (que, si se me permite la pedantería, diría que es una imposibilidad metafísica o, menos pedantemente, imposibilidad histórica). Mi padre no tomaba en cuenta, obviamente, ni el carácter militarista ni el imperialismo económico que fundamentaron esa supuesta “grandeza”, que dio lugar al relato de “el americano feo”.

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Esas experiencias acompañadas de sus lecturas –y, en el caso de El Quijote, siguiendo la interpretación tradicional, no necesariamente correcta, de idealismo quijotesco opuesto a materialismo sanchopancesco– reafirmaron en mi padre sus convicciones democráticas. La maldita guerra civil –como malditas son todas las guerras, aunque quizás alguna haya sido un mal necesario..., pero no esa– exacerbó no solo los sentimientos antidictatoriales de mi progenitor sino también su anticlericalismo. Esta última exacerbación fue atizada por el descarado y vergonzoso contubernio de la jerarquía de la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR) con el levantamiento del traidor y sus secuaces. Tal contubernio fue asumido, y con odio, por muchísimos curas párrocos, muchos de ellos semianalfabetos –y, respecto del conocimiento de la Biblia, totalmente analfabetos–. Los alzados en armas se atrevieron incluso a bautizar “cristianamente” su revuelta al llamarla “cruzada nacional”, a la que soberana y gratuitamente se le anteponía el adjetivo “gloriosa”. ¡Añejas reminiscencias católico-imperialistas tardomedievales!
Y por si fuera poco, este anticlericalismo –que en mi padre se mezclaba, por razones comprensibles con “anticatolicismo”– se acentuó aún más a causa de la actitud y de las acciones del cura párroco del lugar, que movilizaba al pueblo inculto y lo incitaba contra los protestantes. Ya he indicado que el establecimiento de ultramarinos de mis padres estaba en la esquina sudoeste donde la calle Osorio (que va de Este a Oeste) se cruza con la calle Artemi Semidán (de Norte a Sur). Pues bien, durante ciertas festividades religiosas de carácter parroquial, el cura hacía que las procesiones del barrio de La Isleta hicieran una parada en esa intersección. Él se subía a la azotea de una casa que quedaba en la esquina diagonal a la de la tienda (o sea en la nordeste) y desde allí arengaba a la multitud contra los protestantes (“que compran las almas con una sábana”, decía, entre otras preciosidades). La diatriba concluía con una canción, dirigida por el propio sacerdote, que decía así:

Fuera, fuera protestantes,
fuera, fuera de la Nación,
que queremos ser amantes
del Sagrado Corazón.

¡Qué contradicción! ¡En el nombre del corazón sagrado de aquel que solo derramó amor, se incitaba al odio y se lanzaba vitriolo a los ojos de quienes no creíamos como ellos!

Al escribir las líneas anteriores me percato de dos hechos que ahora me resultan importantes y significativos: nunca vi a mi padre enojado contra aquellas personas que nos gritaban así, aunque no se ahorraba adjetivos al calificar aquellos actos como producto de la ignorancia, de la beatería y del fanatismo. Además, y esto es lo paradójico, aquellos habitantes del barrio que, azuzados por el cura, gritaban de esa manera, nunca dejaron de comprar en la tienda de aquel protestante, a quien querían “fuera de la Nación”. Y eso, a pesar de que mi progenitor era muy enfático, celoso e impulsivo en su labor evangelizadora. Todo ello, lo digo con franqueza y, ahora, no sin cierto orgullo, hablaba muy bien de “don Regorito”. Creo que, sobre todo, hablaba muy bien de su honradez, porque ofreció siempre “pesa justa y medida justa”.

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La historia de España es, a este respecto,  triste, porque la jerarquía de la ICAR (que en el fondo, y a pesar de su retórica, continúa considerando que solo ella es “la Iglesia”) ha cambiado de métodos y de estrategias, pero sigue persiguiendo el mismo fin.

Estos hechos que he relatado no me los contaron, pues fui testigo ocular de ellos. La canción transcrita, aunque era cantada hace más de sesenta años, quedó fijada en mi memoria. Pedro Medina Sanabria también vivía en La Isleta y era ocho años menor que yo. Sus hermanos Ambrosio y Miguel (este último ya fallecido) asistían a la iglesia evangélica. En mayo del 2005, Pedro me escribió dos notas sobre la situación religiosa en nuestro barrio en la época de nuestra infancia. En uno de los párrafos de su texto afirma lo siguiente: “Recuerdo a este cura [el Presbítero Don Antonio Mayor y Mayor] como un hombre alto, fornido, y con voz tonante. Y también recuerdo algunas de sus actuaciones, que me impactaron sobremanera durante mi infancia. Me estoy refiriendo a la violencia fanática con la que se ensañaba en la persecución de los protestantes”. Y más adelante: “Recorría la Isleta tirando una pelota de tenis por las esquinas para que los niños la recogieran. Una estampa bendita era el premio de quien la traía. Así iba de esquina en esquina reuniendo niños y se los iba llevando hacia la Puntilla hasta la Iglesia Protestante sita en la calle Pajonales 5.  Allí inducía a los niños a hacer mucho ruido y a cantar el “Fuera fuera protestante” para impedir que estos llevasen a cabo sus cultos, además de exhibir el poder que tenía para perseguir y amedrentar a quien no pensaba como él”. (Textos en mi archivo personal).

Si como comerciante al por menor mi padre pecó de algo, fue el de ser injusto contra su propio negocio. Más de una vez oí a mi madre comentar, a modo de un “cariñoso” regaño, que mi padre, cuando pesaba en las famosas “balanzas” lo que pedían los parroquianos (sobre todo, granos: garbanzos, judías [frijoles], lentejas, arvejas, chícharos...), siempre echaba unos gramos más de lo que indicaba la aguja de la balanza. Y con frecuencia se revisaban las pesas que había que colocarse en uno de los brazos de dicha balanza, para que estuvieran bien calibradas. No por miedo a la visita de los inspectores del gobierno, sino por honradez. 



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Plutarco Bonilla
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