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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-2 Parte-

Niñez y juventud

Mi padre nos habló poco de su niñez y juventud. Creo haber descubierto
el porqué cuando ya yo llevaba al menos una docena de lustros en mi cuerpo. Me limito ahora a destacar, escuetamente, lo que mi memoria registra de lo contado por él mismo: (1) quedó huérfano de padre cuando aún era de muy corta edad; (2) su madre volvió a casarse, probablemente por necesidad de protección, y su padrastro resultó ser un mal padre; (3) siendo todavía niño, perdió también a su madre y fue “criado” por una tía llamada Jacinta, mujer beata, analfabeta y fanática; (4) para vivir, tuvo que ponerse a trabajar desde su temprana adolescencia; (5) trabajó como “costero”, como se decía en el lenguaje canario que seguía vigente en los ahora un tanto lejanos años de mi niñez y de mi juventud; (6) aunque pudo haberse eximido del servicio militar, por tener los pies planos, se enroló como voluntario en la infantería de marina; (7) una vez licenciado y dada su experiencia, encontró trabajo como marinero en un barco de carga, que le dio la oportunidad de viajar a diversos países en los que el buque tenía que tocar puerto. Creo recordar que alguna vez estuvo en Belice y la costa Caribeña de Nicaragua. No estoy muy seguro de si estuvo o no en Cuba; (8) regresó a la Gran Canaria y, con el dinero que logró ahorrar durante su estancia en Estados Unidos de América, construyó un edificio de dos pisos y puso una tienda de comestibles y otros artículos del hogar; (9) luego se casó y a su tiempo nació mi hermana. El 2 de diciembre de 1935, en aquella misma casa, nací yo; (10) poco antes de mi nacimiento, don Gregorio conoció el evangelio y, con verdadera pasión, se entregó a él; (11) en la comunidad evangélica que se reunía primero en la calle Luis Morote (en casa cercana al Parque Santa Catalina), después en Pajonales (en la parte de la Isleta conocida como “La Puntilla”) y, posteriormente, en la calle Juan de la Cosa, mi padre fue anciano y, en ocasiones, tesorero. Nunca dejó esa iglesia, hasta que, por razones familiares y de salud, él y mi madre se trasladaron a vivir con mi hermana y su familia, primero en Málaga y luego en Santa Cruz de Tenerife.

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Véase más adelante el significado de estas comillas.

La palabra “costero” la define el Gran diccionario del habla canaria (GDHC), de Alfonso O’Shanahan (Las Palmas: Centro de la Cultura Popular Canaria, 1995) en estos términos (en su primera acepción): “Roncote, rocote que pesca en la Costa”. (“Rocote”, también palabra canaria, es el “Pescador, originariamente los del barrio de San Cristóbal de Las Palmas y por extensión, los de toda la isla y de otras colonias pesqueras de las islas” [ibídem, s. v. “rocote”]. De igual significado es “roncote”). La definición de “costero” es “magra”, excesivamente mezquina y confusa. Quien no conozca el habla canaria, entendería por “Costa” lo que dice el DRAE, en su primera acepción: “Orilla del mar, de un río, de un lago, etc., y tierra que está cerca de ella” (DRAE22). Sin embargo, aquí no es ese su significado. Como dice el propio GDHC (pero en otra entrada: “Costa”), es el “Nombre que recibe en las islas todo el litoral del Sahara occidental”. Así, pues, en Canarias el costero era el pescador que iba a faenar en las costas de África que quedan frente a las islas. Ahora bien, este es el significado “objetivo” (o sea, del “objeto” “costero”). Pero la palabra tenía otras connotaciones. No sabemos si no se registran en el diccionario mencionado por razón de “corrección política” (es decir, porque sería “políticamente incorrecto” registrarlas). Decir “costero” era, en aquellos tiempos, decir “bruto, analfabeto, chapucero”. No quiere decir que todos esos pescadores lo fueran, pero esa era la imagen y, por ello, la palabra podía usarse como insulto con ese significado. (Véase la nota 20).

En cierta ocasión, cuando ingresaba a Costa Rica por el aeropuerto internacional Juan Santamaría, el oficial de migración me informó que yo había omitido escribir la fecha de mi nacimiento. Le dije que cada vez que tenía que llenar ese u otros formularios en que se me pedía dicho dato, yo tenía que mentir. Sorprendido, me preguntó por qué, y le expliqué que nací el 2 de diciembre, pero mi padre retrasó la inscripción en el registro y para que no le echaran multa, afirmó que nací el día 7 de ese mes. Añadí: “desde muy pequeño mi madre me dijo que nací el día 2, y en asuntos como este creo más a la madre que me parió”. Al oficial no le quedó más remedio que reír. Dicho sea de paso: es grato hacer reír a los demás.

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Hagamos aquí una pausa para completar lo dicho con algunos datos significativos.
Mi padre, como expresé, habló parcamente sobre los años de su infancia. Por testimonio tardío de un familiar (de la isla de Lanzarote, de donde él era originario), supimos que al sufrimiento propio de la doble orfandad (primero de padre y luego de madre) se añadió el maltrato que le infligieron los demás familiares, pues ninguno de ellos quiso hacerse cargo del huerfanito. Por fin convencieron a una tía para que, aunque de mala gana, lo recogiera. Era la tía Jacinta. Este es el único nombre que recuerdo de los familiares que “cuidaron” del niño Gregorio.
Aunque nunca fue rencoroso, cuando hablaba de su tía Jacinta lo hacía con lástima, al considerar que ella era producto del fanatismo beato e ignorante de una religión que, en aquella época y en aquella región parecía (¿?), más bien, promover el analfabetismo.
Algunos detalles que ahora conocemos acerca de aquellos años de infancia llegaron a nosotros gracias a un escrito que nos proveyó el familiar mencionado.
El retrato de “la tía Jacinta” que en ese escrito se pinta, concuerda a la perfección con la memoria que guardamos de lo poco que mi padre relataba. Ella fue, al parecer, no solo indiferente sino también cruel con el niño.

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Mientras escribía este testimonio, debí hacer un viaje a un país sudamericano, invitado por Sociedades Bíblicas Unidas, para participar en unas jornadas bíblicas que se celebrarían en varias ciudades. En una de estas conocí a un dirigente católico y en conversación con él descubrí que confesaba eso mismo de su propia Iglesia, relacionado específicamente con el pasado. Otro tanto me ha sucedido en diálogos con otros sacerdotes de la ICAR. Ello me tranquiliza, no por confirmar un mal ajeno –cosa indigna de un cristiano–, sino porque, incluso para mí mismo, representa que el juicio de valor que he emitido no es una mera valoración subjetiva hecha por un protestante. Y no escondo que yo mismo lo experimenté en mi adolescencia y juventud. La ignorancia religiosa estaba generalizada –con honrosas excepciones–, sin importar si se trataba de prelados, presbíteros, legos o laicos. (Aunque hace referencia al autor del presente texto, véase lo que se dice en la pág. 63 de El Viera y Clavijo en la memoria [Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria, Departamento de Ediciones, 2002], obra escrita por varios autores y publicada como homenaje del Cabildo de dicha isla a esa señera institución, por entonces ya desaparecida). Véase más adelante lo que mi padre solía decirles a mis sobrinos cuando pasaban frente a un templo de la Iglesia Católica.

Ciertamente, ese escrito, producto solo de la memoria, no es del todo confiable, pues contiene algunas incongruencias. No obstante, muchos datos han sido verificados por otras personas.

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Como consecuencia de esa situación, él nunca fue a la escuela. Y como los familiares tampoco se preocupaban mucho por alimentarlo (seguramente él significaba solo una carga más para la paupérrima economía de aquel “hogar”, que no lo era), pronto, demasiado pronto, Gregorio niño tuvo que ponerse a trabajar.

Los barcos costeros eran, por entonces, la única salida viable. Quizás, en aquella situación, el único escape.

Las escuetas descripciones que mi padre nos hacía de esa etapa de su vida tenían siempre un tono en el que se mezclaban la tristeza y la rabia. Pero también hablaban de su gran amor por lo que había sido su profesión por tantos años. Después de afincarse en tierra y de abandonar todo negocio relacionado con el mar, él se entretenía a veces enseñando, primero a sus hijos y años después a sus nietos (y más a estos que a aquellos), a hacer los llamados “nudos marineros”, contándoles historias de cuando él mismo estaba embarcado o recitando algún poema que explicaba acciones que debían tenerse en cuenta al navegar.

Hombre sin letras, estaba dotado de una gran capacidad natural para observar lo que acontecía a su alrededor y para ejercer su propio criterio –de sabiduría innata– en la valoración del diario vivir de su comunidad inmediata, de la vida en las islas, del andar nacional y, en algunos casos, de la política internacional.

Un dato curioso –hilarante si no fuera porque fue un detalle significativo en el gran cuadro de la vida del país– marcó, me parece, la vida de quien sería mi padre. Tenía novia –antes de ennoviarse con la que sería mi madre–, cuando fue al servicio militar. Como era común en la España analfabeta, los soldados que no sabían escribir buscaban a algún conmilitón que supiera y le dictaban sus cartas, a familiares, novias o amigos. Más de una historia hay de novias que abandonaron a sus enamorados para iniciar un nuevo romance con el amanuense.

Lo que sigue nos lo contó nuestra madre: el recluta Bonilla pidió ese favor a un compañero para escribir su primera carta a su novia. Una vez enviada esa carta, se hizo esta reflexión: “Si este sabe leer y escribir, ¿por qué yo no?”. Fue entonces a una librería y compró libros para aprender a leer y a escribir. No sé los detalles de cómo lo logró. Supongo que debió conseguir la ayuda de otras personas. El hecho es que lo logró. Por cierto, tenía bastante clara y bonita caligrafía. Recuerdo muy bien su rúbrica: Una “G”, desde cuya parte inferior arrancaba su primer apellido. Y aprendió también a sumar, restar, multiplicar y dividir..., aunque debo reconocer que la mente “matemática” siempre fue la de mi madre.

Dije antes que eso “marcó” la vida de mi padre. Me explico:

Las inquietudes naturales de su espíritu y sus observaciones críticas de la realidad local y nacional que lo circundaba, hicieron que, una vez adquiridas las habilidades mencionadas, se volviera ávido lector y fuera formando –cosa un tanto insólita en persona de su extracción social y de aquella época y lugar– una pequeña biblioteca.

Obras de lectura favorita para él fueron las del grancanario Benito Pérez Galdós. Cuando ocurrió la catástrofe nacional –el “levantamiento” dirigido por un tránsfuga aleve–, mi progenitor debió esconder en una caja cuadrada de lata (“de las de galletas”) varios de los “Episodios Nacionales”, del gran retratista de la sociedad española que fue don Benito. Un par de esos libros, que tenían impresos en la portada los colores de la bandera de España, los conservo en mi biblioteca.

Junto a los textos del canarión Pérez Galdós, mi padre leía repetidamente la opus magnum de ese eximio alcalaíno que se llamó Miguel de Cervantes Saavedra. De hecho, el recuerdo de esas lecturas es uno de los que más vívidamente perduran en mi memoria.

Debió haber sido a principios de la década de los 20 cuando el barco de cabotaje en el que se había enrolado el marinero Bonilla hizo escala en la ciudad de Nueva York.

Me imagino –aquí no cuento con datos precisos por lo que debo recurrir a la imaginación para tratar de escarbar en motivaciones– que, hastiado ya de la miseria y del atraso de las flotas españolas, de la infravaloración (o desvaloración) del trabajo de sus marinos y de la incultura de estos (incluidos patrones y capitanes), mi padre dejó que “su” barco zarpara de acuerdo con el itinerario que tenía establecido y él se quedó en tierra. En aquel país, hoy lo habrían catalogado con esa ignominiosa expresión de illegal alien (sustituida ahora por la fórmula más “suavizada” de “inmigrante indocumentado”). Pero es verdad que aquellos eran otros tiempos y la situación era muy distinta de lo que ha llegado a ser. En efecto, él daba testimonio de lo bien que fue tratado durante los aproximadamente siete años que permaneció allá, sobre todo cuando hubo de enfrentarse a desagradables experiencias de inminente peligro de muerte.

También muy poco me habló mi progenitor de su estancia en Nueva York. Quizás debí haber sido más acucioso en sonsacarle relatos que con toda seguridad habrían sido no solo interesantes e informativos sino también aleccionadores. Sí nos hablaba algo de la ciudad, de la vida del pueblo de ese país, de la diferencia de actitud que asumían algunos trabajadores compatriotas suyos que se preocupaban más de las cosas secundarias de la vida que por la vida misma.


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Esta es una que aprendí, siendo niño, y que conservo todavía en mi memoria: “Si ambas luces de un vapor/ por la proa has avistado,/ has de virar a estribor/ dejando ver tu encarnado./ Si te da verde con verde/ o encarnado con su igual,/ entonces nada se pierde,/ siga rumbo cada cual”.

“La España analfabeta” no era la única España, pero era una gran parte de la totalidad. La España no analfabeta era una minoría selecta, a cuyo servicio estaban principalmente los esfuerzos educativos de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Con clara y alegre risa, mi madre completaba esta historia con este detalle, que no deja de ser cómico: mi padre quiso también, como se decía en aquella época, “aprender los números y las tablas” (o sea, las cuatro operaciones básicas). Fue, de nuevo, a una librería... ¡y le vendieron un libro de álgebra!

Véase lo que digo en “Don Quijote dialoga con la Biblia” (págs.  21-22 de la obra citada en la nota 1).

Mi padre normalizó su estatus migratorio en EUA. Recuerdo haber visto en mi casa, en un cajoncito de la cómoda que había en el dormitorio principal, la documentación que lo acreditaba como residente legal. Tengo entendido que uno de mis sobrinos conserva dichos documentos.

Pienso, de manera concreta, en el hundimiento de la draga en la que él trabajaba, en el muelle de Nueva York. Mi sobrino Samuel Agustín Santana Bonilla investigó con acuciosidad ese accidente y pudo identificar el ejemplar de The New York Times en el que se registró lo acontecido. Véase el artículo “18 Men Lost in Bay when Dredge Rams Freighter and Sinks“, en el número de ese periódico correspondiente al 8 de mayo de 1928. Vide infra, donde se dan otros datos de ese accidente.

Conservo en mis archivos una especie de álbum de fotografías (de 20 por 25 centímetros, de color café), que mi padre me regaló en uno de mis viajes a Las Palmas, después que yo había decidido quedarme en Costa Rica. Él lo había conseguido cuando vivía en Nueva York. En ese álbum hay fotografías de muchos lugares importantes de esa ciudad, entre los que se encuentran Pennsylavania Station, One Wall Street, Washington Arch, The Metropolitan Museum of Art, y muchos otros. (En la portada dice “De Luxe Edition-New York Illustrated. Published by Manhattan Post Card Co., New York”. No tiene fecha, pero en varias fotos se indican las fechas cuando fueron tomadas: 1908, 1915, 1925, 1926 y 1927).

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Sin embargo, algunas experiencias parecen haberle sido muy significativas, pues de ellas sí hizo referencia. Destaco algunas:

**El primer Nuevo Testamento que llegó a sus manos se lo regaló un ruso que también trabajaba en el puerto. Creo que eso no lo consideró importante en el momento, sino a partir de su experiencia religiosa posterior, cuando tiene su encuentro con Jesucristo y la Biblia llegó a ser no solo su principal lectura sino su texto de referencia. Nunca supe si fue por razón del idioma o por alguna otra causa, pero la realidad es que recibió el Nuevo Testamento sin que lo acompañara ninguna otra explicación. Mi padre me contaba, no sin cierto dejo de hilaridad, que hizo lo que suele hacerse al leer cualquier libro: comenzar por el principio. Después de leer un poco de la retahíla de nombres extraños y de difícil pronunciación que aparecen al puro principio del libro regalado, perdió todo interés en él y lo dejó de lado. Seguramente quedó en algún rincón abandonado del lugar donde vivía (327 E. 65 St., New York City), pues ni lo vi jamás en la casa del Puerto de la Luz, donde nacimos mi hermana y yo, ni nuestro padre hizo posteriormente referencia alguna a ese volumen.

**Otra experiencia que realmente lo impactó tiene que ver con el accidente, al que ya me he referido, del hundimiento de la draga en la que él trabajaba.

El detalle que ahora deseo destacar lo narró él así:
Se había declarado ya la emergencia: la draga se hundía y nada podía hacerse para evitarlo. La orden era definitiva y equivalente a un “¡sálvese el que pueda!”. Con ello se ordenaba abandonar la nave. Los marineros que estaban en las entrañas de esta deberían apresurarse para subir a cubierta y dejarla a su suerte... que era el fondo marino. Mientras él –mi padre– subía a toda prisa, vio que alguien bajaba. Era otro trabajador, coterráneo suyo, si no me falla la memoria. Entre ellos se estableció este brevísimo y cuasi telegramático diálogo:

—Cristianito, ¿a dónde va? – le preguntó a gritos y en buen canario–. ¡La draga se hunde!
—¡Por mis cosas y por  mi dinero! –respondió atropelladamente el otro.
—¡Qué cosas ni que ocho cuartos! –fue la reacción casi enojada de mi padre–. ¡Que se hundan!
Pero ese otro siguió hacia abajo, hacia su camarote.
Con cierto tono de tristeza, mi padre apostillaba: “Y abajo se quedó, pues se lo tragó el mar junto con su dinero y sus cosas”.

Esta fue una de sus experiencias testimoniales que él nos contó en varias ocasiones (y que nosotros lo escuchábamos contar a sus nietos). Fue una de las razones que le hicieron sentir un definitivo y permanente aprecio por el pueblo del país que lo había acogido. Cuando nos hablaba de ese episodio, de inmediato añadía algo así: “Al día siguiente ya nos habían dado ropa, teníamos una nueva libreta de banco con todo nuestro dinero, y nos atendieron muy bien en lo que necesitábamos con más urgencia”.

También aprovechaba la ocasión para contrastar ese trato con el que había recibido mientras trabajaba como costero. Allí, el patrón del barco, por lo general analfabeto, ignorante y bruto, trataba como animales a sus subalternos, les daba de comer las sobras de desecho de lo que pescaban “dales cabezas de chopa”, le ordenaba al cocinero y no se preocupaba lo más mínimo por las más elementales normas de aseo.

Curtido por la cruel experiencia vivida desde su niñez y enriquecido por las experiencias posteriores, mi padre regresó a las Canarias y se estableció en el Puerto de la Luz, en la isla que, como me gusta decir con orgullo, lleva en su nombre el título de “Grande”: la Gran Canaria. Con los ahorros que había acumulado a base de trabajo en su “aventura” norteamericana, adquirió un terreno y construyó un edificio de dos pisos. En la planta baja  estableció su residencia y la tienda de ultramarinos, registrada esta con el número 282.

Es el edificio, como queda dicho, ubicado en el cruce de las calles Artemi Semidán y Osorio. Todavía –al escribir estas líneas– está allí, medio ruinoso (por lo menos en su parte exterior), pues es obvio que sus nuevos dueños no se han preocupado por cuidarlo.

Muchos son los recuerdos que de ese lugar guarda mi memoria. La inmensa mayoría, gratos. Los negativos tienen que ver, sobre todo, con enfermedades propias de muchachos, con accidentes menores y... con  la única vez que mi padre me dio dos buenos y bien merecidos alpargatazos. Puesto que este texto no es para hablar de mí sino de él –aunque a ratos sea imposible referirme a él sin hacerlo a mí mismo–, he de decir que mi progenitor, hombre rígido y disciplinado, nunca fue amigo de imponerles disciplina a sus hijos a base de golpes. Y eso a pesar de que la costumbre en aquella época fuera actuar a la manera como lo expresa un refrán que era común entonces: “la letra con sangre entra”. Aquellos alpargatazos, a los que mi madre dulcemente se opuso, fueron consecuencia de mi insistente tozudez que me llevaba a no hacer algo que mi padre me pedía... y que a fin de cuentas tuve que hacer, y, encima..., para terminar con las nalgas coloradas. Tendría yo, por ese entonces unos diez u once años. Llamadas de atención (regaños, si se quiere) hubo unas cuantas; consejos, muchos. Pero golpes, no recuerdo ningún otro.

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Que mi padre no exageraba pude comprobarlo por mí mismo, pues en mi adolescencia y temprana juventud tuve ocasión de conocer a unos pocos de esos patrones, cuando, años después de regresar de Nueva York, se enredó en una desafortunada aventura con barcos pesqueros. Por supuesto, entre aquellos había excepciones. El calibre del carácter de mi padre se mostró diáfanamente en esa experiencia, que casi le cuesta la vida, pues no solo nunca quedó amargado sino que interpretó lo que le había pasado como una lección que debió aprender. (En el texto he usado la palabra “bruto” con el sentido que se le da en el Diccionario de uso del español, de María Moliner: “Se aplica a una persona falta de inteligencia y de instrucción, que hace uso predominante de la fuerza física, que realiza acciones faltas de prudencia o de medida, falta de amabilidad o falta de consideración o respeto hacia otros o hacia cosas que los merecen” [Madrid: Editorial Gredos, 1986: s. v. “bruto”]).

 

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