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Me he quedado huérfano... del todo

Memorias desde la nostalgia
(Homenaje a mis padres)


-1 Parte-


Mi padre, don Gregorio Bonilla Pérez, era conocido en el barrio como “Regorito”. Así lo llamaban, en particular, los parroquianos de aquella tienda que, por entonces, denominaban de “ultramarinos”. Dicho establecimiento, que en Costa Rica identificamos con el tiquismo “pulpería” (o, menos popularmente, “abastecedor”), estaba ubicado en La Isleta (Gran Canaria, España), en la intersección de las calles Osorio y Artemi Semidán, en la esquina Sudoeste de dicho cruce.

Don Gregorio falleció el 23 de noviembre de 1987, cuando faltaban unos dos meses para que hubiera cumplido los 87 años. Quedé, así, huérfano de padre.

Mi madre, doña Matilde Acosta Rodríguez, “doña Matildita”, como la llamaban, falleció el 18 de marzo del 2011, apenas a un mes y días para que hubiera celebrado su 101 cumpleaños. Me tocó, entonces, aceptar que era huérfano... del todo.

Lo “curioso” es que esa experiencia de “total orfandad” me ocurre cuando yo había superado ya los tres cuartos de siglo.

De mi padre, algo escribí en la primera parte (que llamé “Del recuerdo”) de la introducción a una conferencia que, sobre la Biblia y El Quijote, dicté en el Seminario Evangélico de Puerto Rico, en 1996. De mi madre no he escrito nada de manera directa, solo muy tangencialmente.

Ahora, aunque sea una especie de contradicción con lo que yo mismo he afirmado en otras ocasiones, escribo estas líneas para rendirles meritísimo tributo a quienes fueron mis progenitores.

De ellos, fue mi padre, como queda indicado, el primero que se enrumbó a la eternidad. Por ello, de él hablaré también en primer lugar, en este primer artículo.

Mi padre

Hijo de su época, llevó en su vida las marcas –algunas de ellas como improntas indelebles– de unas circunstancias que, en el decir de Ortega y Gasset, son partes constitutivas de la mismidad de cada ser humano.

Sin embargo, en el caso de mi padre, el “yo” profundo inserto en el “yo soy yo y mi circunstancia” del filósofo español, se las arregló, en algunos casos de manera cuasi misteriosa, para superar, y con creces, algunas de sus circunstancias. La “circunstancia” (como conjunto que se extiende en el espacio y en el tiempo) es lo que está (-stancia, de stare) alrededor (circum), en sentido estricto y en sentido traslaticio, o sea, tanto literal como metafóricamente. Confío en que las anécdotas que aquí registro arrojen luz sobre lo que he afirmado en este párrafo.

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Véase: Plutarco Bonilla, “Don Quijote dialoga con la Biblia”, en En torno a Don Quijote y la teología, editado por Samuel Pagán (San Juan, Puerto Rico: Seminario Evangélico de Puerto Rico, 1996), págs. 19-42.

Lo de “contradicción” hace referencia a lo que, en diversas ocasiones y públicamente, he sostenido (y creo, aunque no lo haya practicado consistentemente): que los homenajes hay que rendirlos mientras vivan los homenajeados y no cuando ya hayan fallecido. También lo dije en el sermón –inédito– predicado en el funeral del Dr. Guillermo Cook (“Mucho le cuesta al Señor ver morir a los que lo aman [Sal 116.15, DHH])”. En él me expresé así: “Hace unos días, después que se extendió la triste nueva del fallecimiento de Bill, un amigo peruano, que dirige una agencia de noticias, me pidió que escribiera unas palabras sobre Guillermo. En la solicitud me dijo lo siguiente: ‘Sé que tú eres de los que piensan que los homenajes hay que rendirlos en vida. Y así lo hiciste [con Guillermo Cook] dedicándole una edición de Pastoralia’”.

Más que las explanaciones teóricas, la anécdota constituye, en opinión de quien esto escribe, la mejor descripción, el mejor des-velamiento de lo que una persona sea (o haya sido). Por eso, en una mesa redonda  en la que se recordaba y homenajeaba la figura señera del pensador español radicado en Costa Rica, Dr. Constantino Láscaris Comneno, le puse como subtitulo a mi presentación, “La anécdota como retrato” (Véase: “Constantino Láscaris Comneno. Recuerdos de un pasado que parece apenas un ayer: la anécdota como retrato”, en Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica [San José: Universidad de Costa Rica], XLII [106-107], mayo-diciembre 2004; págs. 217-227).

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De sentimientos
Mi padre fue muy cohibido a la hora de expresar sus sentimientos. Eso se manifestó de muchas maneras y, como es natural, más por ausencias que por actos positivos.

Reflejo un tanto dramático de esta cohibición fue algo que mi esposa descubrió accidentalmente. A finales de 1972 estábamos –mi esposa, nuestro hijo menor (Daniel Cecilio) y yo– en Atenas, donde yo estudiaba. Una llamada telefónica de mi hermana, que vivía en Málaga, nos puso a correr: a mi madre se le había producido, según el primer diagnóstico médico, un derrame cerebral. A la angustia propia de saber que la madre de uno está grave se añadía, en este caso, una carga adicional: mis padres, que originalmente radicaban en Gran Canaria, habían aceptado encargarse –mientras yo estudiaba en Atenas–del cuidado de nuestros tres otros hijos: Priscila (de casi trece años), Jonatán (de once años y medio) y Pablo (de casi diez). Después, cuando se trasladaron a Málaga (donde mi madre enfermó), esa responsabilidad la compartían con Petra, mi hermana, que también tenía tres hijos.

Con la generosa ayuda del señor Mair Alalouf, llegamos en pocos días a Málaga. Era medianoche. Después de dejar a nuestro hijo Daniel en casa de mi hermana, fuimos directamente al Hospital. Encontramos a mi madre en estado de coma y delirante. Pero el diagnóstico había cambiado: lo que le había sucedido no fue un derrame cerebral sino un ataque de meningitis purulenta.

Pocos días después, mi madre recobró el conocimiento y yo regresé solo a Atenas. El mismo día en que fue dada de alta, mi esposa entró a una de las habitaciones de la casa de mi hermana. Con sorpresa descubrió que allí, como escondido tras la puerta, estaba mi padre... llorando, tanto por lo que le había sucedido a su esposa como por la emoción del regreso de ella a casa. Era expresión dramática, en un adulto de 72 años, de lo que se nos había introyectado en nuestro espíritu desde la niñez: los varones –niños, jóvenes o adultos– no lloran. En esta reiterada “enseñanza” había algo que sobreentender: no se podía llorar cuando otros lo estuvieran observando a uno. Mi padre fue esclavo de esa imposición cultural..., que ahora considero una estulticia..., porque yo también  fui estulto..., y por bastantes lustros.

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El señor Alalouf, por aquel entonces cónsul de Costa Rica en Atenas, era también dueño, con su hermano, de una agencia de viajes y de empresas dedicadas al comercio marítimo. Aunque póstumamente, sirvan estas líneas como expresión de gratitud por su excelente trato y por la inestimable ayuda que siempre nos prestó.

Recuerdo que en mi niñez, cuando uno se echaba a llorar (o simplemente gimoteaba), recibía una reprimenda acompañada de las palabras (en doble manifestación de lenguaje y actitud machistas) “no seas mariquita”. A finales del año 1956 y comienzos del siguiente, cuando tuve la oportunidad de vivir por unos meses en la región noroccidental de Costa Rica, el Guanacaste, descubrí, para mi sorpresa, que a los niños que lloraban se les decía “maricones”. (Véase: Miguel A. Quesada Pacheco, Nuevo Diccionario de costarriqueñismos [Cartago: Editorial Tecnológica de Costa Rica, 20013], s. v. “maricón”. Ahí se define así esa palabra: “Dícese del niño que gusta de gimotear.// 2. Pendejo, miedoso.// 3. Dícese del hombre que le pega a la mujer”).

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Esa represión de los sentimientos deja huella en generaciones sucesivas, porque aunque nunca se diga a los hijos varones que “los hombres no lloran”, la actitud de uno mismo se convierte en el mejor maestro para transmitir ese tipo de inhibición.

De hecho, tuvo que ocurrir una ruptura interior muy dolorosa para que yo mismo pudiera liberar mis propios sentimientos de la prisión que los aherrojaban. Pero esa es otra historia.

Quizás de secuelas negativas (de nuevo, más que nada “por ausencia” y siempre referido a la manifestación de sentimientos personales) fue el hecho de que mi padre nunca me dijera –al menos que yo recuerde–: “Hijo, te amo”. Dicho esto, dos otras afirmaciones he de añadir, para que esa afirmación sea correctamente interpretada: primera, que mi padre nunca me dijera que me amaba no significaba, en absoluto, que no me amara. Pruebas me dio, de múltiples maneras, de que al igual que a su esposa amaba a sus hijos. Muy probablemente –permítaseme incursionar en un terreno que no es de mi dominio– consideraba, consciente o inconscientemente, que, dadas las acciones, holgaban las palabras.
Sin embargo, en mirada retrospectiva desde mi actual lejanía, estimo que aquellas palabras nunca articuladas no solo eran necesarias sino que, además, habrían sido muy beneficiosas, al menos por educativas.

Y segunda, que la observación que acabo de hacer no la presento aquí como queja ni como protesta ni, muchos menos, como reproche contra mi padre. Es, dicho en lenguaje paladino, la constatación de una realidad: la enseñanza (por palabras y por hechos), la tradición cultural, la transmisión de absurdos conceptos religiosos, el apego al “así ha sido siempre” (lo cual, dicho sea de paso, con frecuencia es error... o mentira, porque ese “siempre” es, por lo general, de relativa poquísima extensión temporal), todo eso deja en el espíritu humano, personal y colectivo, una huella indeleble que solo puede ser borrada a golpes de mazazos que la vida acostumbra a propinar gratuitamente, aunque a grandes costos, eso sí, para el propio ser humano y para la comunidad a la que pertenece. En este aspecto, mi padre fue hijo de su tiempo y de su cultura.

Que a pesar de todo ello él me amaba, lo mostró y demostró a lo largo de su vida, de mil y una maneras. De ello hablaremos más tarde.

Muchas veces lo vi y lo oí reír. En ocasiones, a carcajadas, aunque no reía estruendosamente. De esas risas di testimonio en la conferencia que menciono en la nota 1. Sin embargo, a pesar de ser un hombre de espíritu alegre y positivo, nunca lo oí contar ni siquiera un solo chiste. Podía reír de los chistes que otros contaran, pero él no los contaba. Como en este aspecto no me parezco en nada a él, me he preguntado acerca de la razón de que él fuera así. Mi conclusión –no sé si correcta– es que él sentía que no poseía la gracia necesaria para contar chistes y hacer reír a los demás.

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En efecto, hasta donde la memoria me es fiel, nunca lo dije a mis hijos. Sin embargo, también ellos han tenido que luchar, con mayor o menor éxito, contra ese freno que impide la libre expresión de los sentimientos.

En apoyo de esta actitud podría aducirse un texto del Nuevo Testamento. Aunque se refiere a la fe, podría aplicarse al amor. La adaptación diría así: “el amor, si no se demuestra con hechos, es cosa muerta” (cf. Santiago 2.17). Es la tesis de buena parte de la Primera carta de Juan.

Hoy vivimos una de esas etapas de transición en que, prácticamente por los mismas o similares razones, colectivos humanos se sienten marginados y discriminados por una sociedad que sigue insistiendo en que “siempre ha sido así”. Ello ha provocado, y sigue provocando, reacciones que con harta frecuencia desembocan en violencia.

 


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Plutarco Bonilla
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