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Los mitos de las “sola”

 

(La Reforma del siglo XVI y el protestantismo costarricense hoy)*

 

Plutarco Bonilla A.

 

Puesto que quiero estar seguro o, al menos, “más o menos” seguro, de que lo que voy a decir en esta ocasión es, con exactitud, lo que quiero expresar, me tomo la libertad de dar lectura a lo que para estos efectos específicos he preparado.

El tema al que dedicamos estas reflexiones está explicitado con claridad en el subtítulo que hemos puesto a esta exposición. O sea: “La Reforma del siglo XVI y el protestantismo costarricense hoy”. Por ende, dos son los polos de referencia alrededor de los cuales girarán nuestros pensamientos. Uno está anclado en el pasado, en lo que sucedió hace 500 años en la vetusta Europa. El otro nos devuelve al presente y nos toca más de cerca.

Este doble punto de vista no significa que partiré en dos la exposición. Por el contrario, iremos alternando ambas perspectivas, sin que esta alternancia resulte excesivamente rígida.

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Permítanme hacer unas aclaraciones personales, antes de incursionar en el tema que hemos propuesto.

Por una parte, suelo hacer una distinción, que ahora viene al caso –como tendrán ocasión de verificar–, entre ser crítico y ser criticón. El criticón critica para descalificar lo criticado y hacer quedar mal al autor de eso criticado. Con mucha frecuencia no tiene razón en su crítica o esta se queda en lo superficial y aparente. El crítico, al contrario, critica para que se corrija lo criticado, por lo que la crítica busca sus fundamentos y es razonada.

Cuando, como parte del equipo de Sociedades Bíblicas Unidas, colaboraba en lo que llamaban “talleres de ciencias bíblicas” solía decirles a los participantes que Dios no nos dio la cabeza solo para que nos pusiéramos el sombrero (o el velo), sino para usemos eso que la cabeza tiene dentro. Y a mis hijos he tratado de inculcarles un espíritu crítico, para que no acepten, a las buenas, todo lo que les digan, sino que lo analicen y luego tomen sus propias decisiones. Es muy desafortunado que la inmensa mayoría de las predicaciones que he escuchado parece que se opone a ello, pues los predicadores buscan sencillamente que sus oyentes acepten sin actitud crítica lo que ellos les dicen…, porque se da por sentado que lo dicen con autoridad.

La segunda aclaración tiene que ver con algo que dije hace muchos años, en la primera parte de la década de los sesenta, si no me falla la memoria. La Iglesia Centroamericana en nuestro país celebraba un aniversario y me invitaron, en mi calidad de presidente de la Alianza Evangélica Costarricense (muy diferente de lo que es hoy la “Federación” del mismo nombre), para que dijera “algunas palabras” en una de sus actividades. Expliqué, cuando llegó la ocasión, que toda celebración cristiana de esa naturaleza debe tener dos componentes indispensables. Al primero lo llamé eucarístico, o sea, de acción de gracias, pues eso es lo que la palabra significa. El segundo componente, dije, y repito ahora, es el penitencial, pues junto a la expresión de gratitud a Dios por las bendiciones por él otorgadas debemos siempre asumir una actitud de arrepentimiento y de petición de perdón por los errores cometidos y por lo que se hizo mal, para corregirlo. El primero corresponde al Ebenecer bíblico: “Hasta aquí nos ayudó Dios”; el segundo, al Perdónanos nuestras deudas, de la oración que nos enseñó nuestro Señor (o al Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa, de la oración de confesión del Catecismo de la Iglesia Católica).

Con esa doble actitud –eucarística y penitencial– les hablo esta mañana de la Reforma… y de lo que, como protestante, percibo a nuestro alrededor.

Lo anterior significa que en lo que concierne al plano humano, la perfección no existe: siempre encontramos en todo ser humano y en toda institución humana aspectos por los que tenemos que estar agradecidos y aspectos por los que tenemos que pedir perdón. Eso se aplica a los personajes principales del movimiento de la Reforma y a las instituciones que de ella surgieron. ¡Y también a grandes líderes de la historia bíblica!

De ahí que no sea del todo extraño que al ver cómo evalúan, por ejemplo, la personalidad de Lutero, encontremos tanto a aquellos que solo se fijan en los aspectos negativos y lo denigran como instrumento del diablo, como a aquellos otros que casi lo angelizan, porque solo ven lo positivo de su personalidad y lo que logró hacer por el bien de su pueblo (y, a la larga, del mundo). Con la evaluación de las instituciones pasa lo mismo. De ellas quizás tengamos algo que decir más adelante.

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Quisiera comenzar señalando lo que considero ser una

Paradoja histórica

Una revista digital de España (Religión Digital <boletin@religiondigital.com>) publica hoy mismo un artículo con un título que no deja de sorprender. Dice: “Lutero: ‘Hay que enseñar a los cristianos que obra mejor quien da limosna al pobre que quien compra indulgencias’". Sorprende no solo por su carácter positivo sino también porque es, de hecho..., ¡cita de una de las 95 tesis, la 43! Su carácter positivo se revela en las primeras palabras del artículo: “Parece imponerse la sensatez, también entre los historiadores católicos, y resulta normal rechazar que las 95 tesis de Lutero fueran clavadas en un gesto desafiante y provocador en las puertas de la iglesia del castillo de Wittemberg, el día 31 de octubre de 1517”. Su autor es católico.

     A pesar del escepticismo de muchos, la verdad es que los tiempos han cambiado. Claro, siempre existen –¡también entre los protestantes!– quienes se han anclado dogmáticamente en el pasado, que consideran inamovible.

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Sentido simbólico del 31 de octubre

Comencemos por algo que, en nuestra opinión y en la de muchos otros, tiene un cierto carácter de mito: la celebración del 31 de octubre de 1517 como el inicio de lo que denominamos “Reforma protestante”. Para clarificar el sentido de esta afirmación, prestemos atención a algunos detalles, como los siguientes:

Primero: Era costumbre en aquella época, en el ámbito universitario, que los académicos presentaran para discusión entre sus pares cuestiones que consideraban dignas de someter a debate.

Segundo: Tal presentación solía hacerse, en el caso de la Universidad de Wittenberg, clavando en la puerta de la Abadía los temas que se proponían para ser discutidos.

Tercero: También se preparaban tesis para ser defendidas, ante sus profesores, por los estudiantes que aspiraban a obtener un grado universitario. De ello haremos luego alguna mención.

Cuarto: En el caso que nos interesa, habría sido prácticamente imposible que Lutero hubiese clavado en aquella puerta las tesis en cuestión (que no se sabe, a ciencia cierta, cuántas fueron). Y lo habría sido por tratarse de un documento muy extenso.

Quinto: Lo más probable es que Lutero, monje agustino, hubiera entregado sus tesis (hayan sido cuantas hayan sido) al superior de su orden, sobre todo porque se trataba de un tema tan importante y delicado y porque, además, implicaba, con mucha probabilidad, una cierta rivalidad entre órdenes religiosas.

Sexto: Por esas fechas –o sea, por el año 1517–, Lutero no tenía ínfulas de ser reformador de toda la Iglesia, ni complejos, ni intenciones de convertirse en tal. No hay que olvidar que Lutero nunca salió de la Iglesia. Lo expulsaron, que no es lo mismo.

Séptimo: Las mentadas tesis no tienen, por su contenido, casi nada, si es que tienen algo, en sentido estricto, de lo que, en su aspecto teológico, serían las notas características y definitorias del protestantismo, tal como se repiten hasta nuestros días. Más adelante mencionaremos esas notas y comentaremos algunas de ellas. La condena que hace el reformador del abuso en la venta de las indulgencias no negaba ni rechazaba estas, si eran usadas de manera apropiada.

Y octavo: Ya antes de Lutero habían existido movimientos reformistas que fueron, en muchos casos, reprimidos por la fuerza. Un caso ilustrativo es el de Juan Huss, quien pagó con su vida, en la hoguera, sus irrenunciables intentos de reformar la Iglesia desde adentro.

Lo que Lutero buscaba en primera instancia era purificar la Iglesia de la corrupción e inmoralidad que habían invadido casi todos los estamentos de la institución. La ocasión propicia se le presentó cuando a los dominicos se les dio el encargo de la venta de las indulgencias. Al frente de esa venta en numerosas regiones de Alemania pusieron al dominico Johann Tetzel. Este se hizo pronto famoso por los abusos que cometía para convencer a la gente de que las comprara. De ello hay fiel reflejo en las tesis de Lutero. Recuérdese, además, que en la práctica eclesiástica se consideraba que la Iglesia la constituía el clero (secular y regular) y los obispos en comunión con el papa. (Resulta llamativo que no fue sino hasta mediados del siglo XX cuando se publica por primera vez, en castellano, un libro que lleva por título Los laicos también son iglesia).

Si tomamos en cuenta todos estos datos, deberíamos concluir que el 31 de octubre de 1517 no comenzó de hecho la Reforma, en el sentido en que nos referimos a ella en ambientes protestantes. Esa fecha puede considerarse como símbolo, pues, gracias a sucesos posteriores, se transformó en un detonante que hizo que muchos dirigentes religiosos y, sobre todo, políticos, viesen en Lutero a alguien que podía iniciar significativas transformaciones, de muy diversa naturaleza, en la vida del pueblo alemán. Ese acontecimiento, que podemos considerar pre-“liminar” y que muy bien pudo no haber desembocado en la Reforma, preparó el ambiente para lo que sería, posteriormente, lo característico de la Reforma en tanto protestante.

Un ejemplo viene al caso.

En el siglo XII, Pedro Valdo intenta una vuelta a los principios del cristianismo primitivo, es decir, del evangelio tal como se encuentra en el Nuevo Testamento. La reacción no se hizo esperar, y Pedro Valdo y sus seguidores fueron excomulgados. Él fue el fundador del movimiento que lleva su nombre (los valdenses), que existe en la actualidad y que tiene presencia también en América Latina (de manera particular en el Río de La Plata).

Casi contemporáneo, aunque algo posterior, en el siglo XIII, Francisco de Asís intenta algo parecido. No obstante, la Iglesia ya había aprendido la lección y no lo excomulgó sino que lo asimiló. Hoy es considerado santo. El papa actual –que es jesuita– lleva su nombre (…y es significativo que lo use sin numeración).

Lo que hoy llamamos la Reforma protestante tuvo muchos antecedentes. Lo que sucedió aquel 31 de octubre no lo fue de manera directa en cuanto al contenido teológico, como sí lo fueron esos muchos otros movimientos de los que apenas hemos puesto unos ejemplos.

Pero no fue solo este factor religioso-teológico previo, que podemos considerar como el primero (1) lo que fue preparando el camino de la Reforma, pues también hubo otros: (2) económico (la explotación del pueblo llano por los poderosos: tanto por el Imperio, cuya cabeza llegó a ser Carlos I de España y V de Alemania, como por la propia Iglesia, pues desde Roma se fomentaba esa explotación, por diversos medios, como la venta misma de las indulgencias); (3) político (la división del país –Alemania– en lo que puede considerarse como pequeños “estados”, sin verdadera unidad, lo que propiciaba el expolio, por parte de la nobleza, de los estratos más bajos de la sociedad, que vivían en la miseria y en la ignorancia); (4) de rivalidad religiosa dentro de la misma Iglesia dominante; y (5) la extendida corrupción, que fomentaba aún más el abuso contra los pobres. Esa corrupción antecedía a la promulgación de las indulgencias y alcanzaba su expresión más denigrante con la simonía, o sea, con la venta de cargos eclesiásticos: se podía “comprar”, por ejemplo, un arzobispado pagando jugosas cantidades de dinero (que el comprador recuperaba abusando de su nueva posición). (Para un caso concreto, en la época de Lutero, véase: Justo L. González, “A manera de introducción”, en La Reforma en América Latina. Pasado, presente y futuro. Editores: Justo L. González y Harold Segura. Asociación para la Educación Teológica Hispana (AETH), 2017; páginas 14-15).

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Dejemos por un momento ese aspecto del pasado, pues habría muchísimos otros que comentar, y concentrémonos en lo que desde la perspectiva propiamente protestante se considera la quintaesencia del movimiento.

En la actualidad se han escrito, y se siguen escribiendo, muchísimos libros y artículos de revistas (por no hablar del uso de otros medios de comunicación) sobre la Reforma. Muchos de ellos señalan que los “pilares” de ese movimiento están constituidos por las “sola”, que se expresan, en latín, de la siguiente manera:

 

1. Sola Scriptura

2. Sola fides

3. Solus Christus

4. Sola Gratia

5. Solo Dei gloria

 

Junto a esos pilares habría que mencionar también otros principios que se consideran fundamentales en el protestantismo, como el del sacerdocio universal de todo creyente y lo que un teólogo del siglo pasado denominó “el principio protestante”.

No tenemos tiempo ahora para analizar cada una de esas afirmaciones, por lo que dedicaremos el tiempo que nos resta a destacar lo que de algunas de ellas consideramos que se ha convertido en un “mito”.

 

Sola Scriptura

Comencemos por esta afirmación.

En las 95 tesis se mencionan las Escrituras en unas pocas ocasiones y nunca con el sentido que luego tendrá para el propio Lutero. (Véanse las tesis 18 [“Escrituras”], 53 y 54 [“palabra de Dios”]).

Ya con esta afirmación encontramos algunos problemas respecto de su significado y de lo que abarca. Incluso la actitud del propio Lutero hacia las Escrituras tiene aspectos cuestionables. En cuanto a lo primero, está el asunto del canon, que Lutero no cambió, pues no se sentía autorizado para ello; y respecto de lo segundo, la opinión que él mismo expresó sobre la epístola de Santiago (y sobre otros libros de cuya canonicidad dudaban muchos escritores de la iglesia cristiana primitiva).

Pero hay algo que es fundamental: Lutero no aceptaba que intentaran convencerle de sus supuestos errores si se argumentaba desde la autoridad eclesiástica o desde la tradición. Solo las Escrituras eran el criterio último para definir asuntos de doctrina. Así lo expresó con claridad meridiana en diversas ocasiones.

¿Qué significa esto?

Juan Wesley (quien, como Martín Lutero, tampoco quiso organizar una nueva iglesia) fue el fundador del movimiento metodista. Él se definía a sí mismo como homo unius libri, es decir, como “hombre de un solo libro”.

Ha habido aquí, en nuestro país, pastores que también se han considerado hombres de un solo libro, y han dicho, casi con satisfacción y orgullo, que ellos solo leen la Biblia, pues con ella les basta para su labor ministerial. (Aclaro que uso a propósito la palabra “hombres” no porque esté usando un lenguaje políticamente incorrecto, sino porque solo de varones he escuchado esa expresión o alguna otra semejante). Quienes así piensan muestran no solo una supina ignorancia del sentido de la afirmación de Wesley, sino una ignorancia igual, o peor, de lo que significa conocer las Escrituras. No se percatan de que quien conoce solo la Biblia, ni la Biblia conoce. Para sostener esto podrían aducirse varias razones, pero baste solo una, muy elemental: la Biblia que esas personas están leyendo es una traducción de textos muy antiguos escritos en idiomas en gran medida extraños respecto del nuestro. O sea, que cuando leemos la Biblia ya “estamos leyendo”, de alguna manera, muchos otros libros, aunque no seamos conscientes de ello: se trata de los libros que tuvieron que leer y estudiar los propios traductores. Quien se tome la molestia de leer lo que don Casiodoro de Reina escribió en su “Amonestación al cristiano lector” (como explicación de su labor en la traducción que después revisaría Cipriano de Valera) podrá verificar lo que hemos afirmado. (Desafortunadamente, muchos que defienden casi con fanatismo la traducción de Reina nunca se han tomado la molestia de leer lo que él mismo dice respecto de su propio trabajo).

Y confesémoslo paladinamente: no hay traducción perfecta e infalible de la Biblia, ni revisión perfecta de una traducción imperfecta. Toda traducción, incluida la traducción de la Biblia, es perfectible. Y por variadas razones. Debemos tomar en cuenta diversas realidades que tienen que ver, de manera muy evidente, con la traducción de nuestro texto sagrado, como las siguientes: la necesidad de definir los textos que van a traducirse; el reconocimiento de la existencia de textos de muy difícil o imposible traducción, por el estado en que el texto en los idiomas originales ha llegado hasta nosotros; la existencia de textos que ofrecen la posibilidad de traducciones diversas. Por ser las lenguas realidades cambiantes con el paso del tiempo, a todo lo anterior hay que añadir que es necesario asegurarse de que el significado de una palabra o expresión específica en un determinado tiempo y en un determinado lugar sea el correcto. A este respecto, me gusta poner un esclarecedor ejemplo que encontramos en 1ª Timoteo 3.8. Así leemos en la Biblia del oso: “Los diáconos ansimismo honestos, no de dos lenguas…”. Ese mismo texto aparece revisado de la siguiente manera en la Reina-Valera de 1909: “Los diáconos asimismo, deben ser honestos, no bilingües…”. ¿Y quién no desea hoy ser “bilingüe”? Por eso, en la revisión de 1960 se cambió la palabra para expresar su significado más preciso en el castellano de la época: “Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez…”.

Ítem más: en tiempos modernos y contemporáneos se ha desarrollado un conjunto de ciencias que ayudan a la mejor comprensión de textos antiguos. Ciencias como la filología, la lingüística y la sociolingüística, la traductología, la sociología, la arqueología, la historia de los tiempos bíblicos, etc. son hoy herramientas indispensables para la mejor comprensión de los textos bíblicos y su subsiguiente traducción.

Uno puede acercarse a la Biblia desde diversas perspectivas y con propósitos diferentes. El lector que tenemos en mente es, por supuesto, y de manera particular, el creyente.

En efecto, puede leerse la Biblia para recibir, de determinados textos, fortaleza, consuelo y paz personales, en particular en situaciones de sufrimiento, dolor o prueba. O para encontrar guía para la vida cotidiana. Es lo que solemos llamar “lectura devocional” de la Biblia. No obstante, es necesario distinguir entre leer y estudiar las Sagradas Escrituras. Quien la estudia tiene que leerla, pero leerla no es estudiarla ni es suficiente para entenderla. Quien de veras la estudia (lo que de hecho se hace también desde varios niveles) tiene que tener acceso a mucha información que no se encuentra en la Biblia misma y que es necesaria para su comprensión.

Eso lo percibieron los propios reformadores: antes del siglo XVI, en este y en los siglos siguientes. Unos más que otros; sí todos. Y con el pasar del tiempo, eso se ha hecho más patente con el desarrollo, como ya indicamos, de lo que podemos considerar como “ciencias auxiliares” para el estudio de las Escrituras. Como de hecho son pocos los que tienen acceso a esas ciencias, uno tiene que depender de lo que otros han estudiado. En fin, que estudiar en serio la Biblia es un ejercicio bastante complejo. Si se me permite lanzar un latinazgo, para imitar al santo patrón de los metodistas, diré que para interpretar la Biblia como se debe, uno tiene que ser homo multorum librorum: un hombre (persona) de muchos libros. Por eso, cuando visito la casa de un pastor o líder de la iglesia, me gusta, si es posible, ver su biblioteca… Así que tengan cuidado si me invitan…

En fin, la sola Scriptura significa considerar esa Escritura como autoridad última en materia de fe, pero interpretada correctamente.

En este punto nos enfrentamos a un muy serio problema, cuyas consecuencias arrastramos hasta el día de hoy: en muchos puntos de la interpretación bíblica, ¿quién determina, en última instancia, cuál es la interpretación correcta?

Ese es un peligro siempre presente. Sus resultados los vemos en el judaísmo de tiempos de Jesús y hasta en la recién nacida iglesia cristiana, según el testimonio del propio Nuevo Testamento. Pero bien podríamos tomar ese hecho con una actitud positiva, como una señal de alerta para que evitemos posiciones dogmáticas e inquisitoriales y para que estemos siempre predispuestos al diálogo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Si le prestásemos consideración de esa manera, no habría tantas disputas ni enemistades entre los cristianos de diferentes denominaciones (o de diferentes “apellidos”…).

Lo dicho nos enfrenta a una seria pregunta que, en el fondo, tiene una respuesta obvia que, a su vez, nos deja con un ingente y no menos serio problema. La afirmación de la sola Scriptura, ¿significa también la afirmación de una sola interpretatio? Desafortunadamente, pareciera que para algunos protestantes así es. Tenemos ejemplos en la actualidad. En España se publican artículos, y apoyos a los tales, en los que los autores presuponen que quien no interpreta la Biblia como ellos la interpretan son herejes.

A lo anterior habría que añadir que la historia misma de “la Reforma” (¿o sería preferible hablar, precisamente por este mismo problema, de “las Reformas”?) revela, dramática y hasta trágicamente, que no existe tal cosa como una sola interpretatio. De ese hecho seguimos siendo testigos y hasta protagonistas en este siglo veintiuno. Cuando el dogma se ancla en el pasado, se inmoviliza y se petrifica, se cae en la irrelevancia y hasta en el absurdo. Y de ello hay abundante testimonio en nuestros días y en muy diversos frentes.

Al tomar esto en cuenta –y dejando por ahora de lado otros aspectos también muy importantes–, quisiera plantearles una pregunta para que cada uno proponga su propia respuesta. Es esta: ¿Qué significa la afirmación de la sola Scriptura tanto en la práctica actual de la predicación en nuestras iglesias evangélicas como en la experiencia personal y cotidiana de muchos cristianos?

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Me atrevo a exponer ahora algunas ideas que son producto de lo que he observado en el comportamiento en la vida de algunas –más bien, muchas– de nuestras iglesias. Aunque hasta ahora he tratado de exponer mi propio pensamiento sin pretender en absoluto originalidad, en lo que sigue, y de manera muy particular, me hago el único responsable de las afirmaciones que haga:

1. En cuanto a la predicación: Pareciera que muchos predicadores (pastores o no) y muchos de los congregados consideran que atiborrar un sermón con citas de la Biblia (con frecuencia, con las referencias incluidas, que luego nadie va a recordar) es lo que hace que un sermón sea muy bíblico.

En esos casos, esas citas son arrancadas de cuajo de sus contextos. Y eso, a pesar de que a algunos de esos predicadores les he escuchado repetir el dicho que afirma que sacar un texto de su contexto no es más que un pretexto. Lo que sucede hace que también suene a verdadero aquel otro dicho que nos enseña que “del dicho al hecho hay un gran trecho”.

Pareciera, además, que en la actualidad los miembros de nuestras congregaciones se impresionan al ver que un predicador maneja de tal manera las Escrituras, paseándose por ellas, de Génesis a Apocalipsis, sin percatarse de que no ha hecho una verdadera y seria interpretación de uno siquiera de los textos citados.

Esa especie de manoseo de pasajes bíblicos se presta fácilmente para que el predicador le haga decir al texto lo que el texto citado no dice. Tenía algo de razón mi primer profesor de griego –en las lejanas tierras de Gran Canaria y en el ya desaparecido Colegio Viera y Clavijo–, cuando, en el último año de estudios, utilizando una mezcla de metáfora hiperbolizada, me dijo: “Bonilla, con la Biblia en la mano se puede demostrar que el café es mejor que el chocolate”.

Es más, en nuestras iglesias se da el caso de que se lee un texto bíblico al inicio del sermón y luego no se hace referencia alguna a él, ni siquiera de manera tangencial. En esos casos, ¿qué función tiene el texto? ¿Se usa como excusa para dejar la impresión de que se está tomando en serio la Biblia?

Sermones hay, por otra parte, que revelan que el predicador escogió con sumo cuidado el texto bíblico, peleó con él como Jacob peleó con el Ángel del Señor, y luego dedicó tiempo a exprimir su significado, sacándole el jugo, a sabiendas de que este es inagotable…, y sin necesidad de estar recurriendo a la cita de otros pasajes de la Escritura, excepto en casos justificados. Entonces, y solo entonces, lo expone a la congregación. Tales sermones suelen ser más bíblicos que los otros a los que nos hemos referido.

Hay que tener mucho cuidado con el principio, que algunos aceptan casi como si fuera un dogma, de que la Biblia se explica por la Biblia misma. No siempre es así, porque no se toman en cuenta ni las distancias temporales ni las diferencias de contextos totales ni la evolución de las lenguas propias de los textos bíblicos, ni las diversas visiones del mundo que tenían los diferentes autores. Hemos de aprender –y me incluyo muy especialmente porque se trata de un proceso que nunca se completa– a leer la Biblia desde la Biblia misma y no desde una teología previa que le impone sus propias normas, sus propios presupuestos y sus particulares criterios. Esa no es tarea ni fácil ni simple.

2. ¿Y qué decir de lo que practican algunos cristianos cuando recurren a la ya manida frase “El Señor me dijo”..., y luego disparan sus ocurrencias e incluso falsedades? De ello he tenido dolorosa experiencia personal. Y eso es muy triste, porque en tales casos pareciera que lo que “el Señor le dijo” a esa persona está por encima de lo que el Señor dice en las Escrituras…

Por eso –como expliqué a un grupo de pastores y pastoras en San Salvador, hace años–, cuando estoy conversando con alguna persona sobre asuntos bíblicos y me dice: “El Señor me dijo”, en ese mismo instante, y aunque parezca falta de delicadeza, la interrumpo y le digo: “Por favor, no siga. Porque con usted yo puedo discutir con la Biblia en la mano. Pero con el Señor no discuto así”. (Y eso por no decirle que recurrir a ese argumento es la manera “cortés” que tiene de descalificarme: ¿Qué podría decir yo frente a lo que se supone que el mismísimo Señor “le dijo”?).

¿Es todo eso, en la práctica personal e institucional, afirmar el concepto reformado de la Sola Scriptura? Considero que no.

Sigamos con otra “sola”.

 

Sola fides

Este principio o norma sostiene que la salvación se nos concede por la fe y solo por la fe. Como suele decirse: “La fe sola salva”.

Para esta afirmación, Lutero arranca, como es bien sabido, de sus estudios de la epístola de Pablo a los Romanos. Aunque podría plantearse algún problema de traducción de la clásica cita que el Apóstol hace de Habacuc 2.4, nos interesa destacar, más bien, la pregunta sobre la relación entre el “ser justo” y la “fe”.

Estamos acostumbrados a sostener que es la fe la que hace justo, y a ese respecto el propio Apóstol habla muy claro. Valga citar un solo texto de la misma epístola, bien conocido: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Hemos de tomar en cuenta, sin embargo, que la Escritura tiene afirmaciones que, si se toman aisladas unas de las otras, sin analizar bien los respectivos contextos (que no solo son el literario), parecerían contradictorias. Por ejemplo, por una parte se afirma que no hay justo ni siquiera uno. Y por otra, de algunos personajes de la Biblia (como José, el que sería esposo de María) se dice que eran justos. Y en los Salmos nos encontramos con muchos textos paradójicos: en unos, el salmista confiesa su pecado y su maldad; y en otros pide el auxilio divino porque él se considera fiel, sin tacha y no hace el mal. (Véanse, de estos últimos, y como muestra, los siguientes: 17.1-5; 26.1-5).

¿Será que no nos hemos planteado en serio la relación, en el creyente, entre la fe y las obras? Más bien pareciera que el énfasis casi exclusivo en la fe desvalora, o infravalora, el significado propio de las obras.

No se me mal entienda.

Nuestras obras sin fe no son nada.

Pero… ¿nos hemos olvidado de que también es igualmente verdad que nuestra fe sin obras es nada?

No lo digo yo. Lo dijo Santiago en su epístola. Por eso, ¿no nos resulta extraño que el propio Lutero se atreviera a calificar ese escrito de “epístola de paja”? Como no soy especialista en el pensamiento de Lutero, me pregunto: El Reformador, ¿habrá entendido bien lo que dijo ese escritor que se presenta como “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (1.1)?

Y antes de Santiago, lo dijo el propio Jesús, y de muchas maneras.

Y antes de Jesús, lo dijo toda la tradición profética del Antiguo Testamento.

En nuestra tradición protestante hemos establecido una dicotomía radical entre la fe y las obras que, considero, no tiene sustento bíblico. Hay algo en la Biblia que, al parecer, no tomamos muy seriamente en cuenta. En efecto, todos los pasajes bíblicos que se refieren a lo que llamamos “el juicio final” hablan, sin excepción, de un juicio que se fundamenta en lo que la persona juzgada hizo, no en lo que creyó. En ese juicio, la pregunta clave no es “qué creíste”, sino “qué hiciste”. No se tratará de un examen teológico para determinar la ortodoxia de la persona juzgada. Se tratará, más bien, de un examen de ortopraxis, sobre la práctica del amor de aquellos que se presentan como creyentes

De ahí que, a este respecto, la pregunta toral para nosotros sea esta: ¿Cómo hemos de reconciliar ese hecho con la afirmación de la sola fides?

Considero que lo que el texto bíblico enseña es que la verdadera fe está ella misma –permítaseme usar una metáfora tomada de la vida– preñada de obras. Pero es una “preñez” que tiene que resolverse en el alumbramiento. Y si no se da a luz, se producirá un aborto y morirán tanto la preñada como su producto.

Me pregunto: ¿No será también verdad lo contrario? ¿Qué la verdadera obra, la obra de amor de que tanto hablaron los profetas y el propio Jesús, del amor que está dispuesto a dar su vida por los demás (¡y no solo por los amigos!) está de alguna manera “preñada” de fe?

La fe sola salva; pero la fe que salva no existe sola.

Sólo así entiendo yo la enseñanza de Jesús.

Por todo lo anterior, y por otras consideraciones relacionadas con otras de las “sola”, también valdría la pena preguntarse, si el propio Lutero logró captar el verdadero significado y los verdaderos alcances de sus propias afirmaciones.

Por cierto, hemos de reconocer –al menos yo me atrevo a reconocer– que una vez escrito un texto o expresado cierto pensamiento como propio, estos adquieren una cierta autonomía y su significado se va enriqueciendo con las experiencias de lectores y oyentes. Sucede con la Biblia misma, como puede demostrarse en el desarrollo de la historia de la interpretación bíblica. Ello es parte de su inmenso e inagotable caudal como palabra de Dios.

¿Sucede también con todas las “sola”?

 

Excursus: ¿Indulgencias protestantes?

Hace muchos años, el pastor y predicador Gerardo De Ávila publicó un librito con el llamativo título de El purgatorio protestante. Quizás influidos por ese título, por lo menos en lo que a mí concierne, el Dr. Arturo Piedra y quien ahora escribe nos habíamos puesto de acuerdo para hacer una investigación de ciertos aspectos del protestantismo costarricense y escribir de mancomún un artículo al que, de manera provisional, titularíamos “Las indulgencias protestantes”.

Desafortunadamente, el Dr. Piedra falleció al poco tiempo y el proyecto quedó trunco. Aunque había tomado algunas notas, no tuve ánimo para seguir la investigación y esta quedó en nada.

No obstante, he seguido dándole vueltas al tema en la cabeza, sobre todo en fechas como esta, cuando, en cierta manera celebramos la escritura de las 95 tesis del monje agustino. Como consecuencia, me hago los siguientes cuestionamientos:

**Cuando se manipulan textos bíblicos para que los cristianos se desprendan de sus bienes (dinero, joyas, propiedades…) porque a eso se le llama “sembrar” y la Escritura dice que “lo que se siembra, se cosecha” (Gálatas 6.7, DHH)…;

**cuando se “negocia” el intercambio entre ofrendas y oraciones (“Hermanos, ofrenden y oraremos por ustedes”)…;

**cuando se les pide a los congregados que saquen sus tarjetas de crédito y con ellas diezmen y ofrendan con generosidad (¿aunque para ello se endeuden?)…

**cuando se les dice a los cristianos que la bendición de Dios se manifiesta en la prosperidad material…

Cuando sucede todo eso –¡y sucede!– nos preguntamos: ¿No es esa la versión protestante, en el siglo XXI, de las indulgencias que condenó Lutero en el siglo XVI?

A “eso”, ¿se le puede llamar “teología cristiana”? Quizás sea “teología”, mas de cristiana no creo que tenga nada.

Esa especie de “pseudoteología cristiana” no solo manipula a su antojo los textos bíblicos (escogidos selectivamente y desencajados de sus propios contextos y del contexto general de la Biblia toda), sino que, además, muestran lo que llamo, con términos paradójicos, un “consciente desconocimiento” de la Biblia en general. Por ejemplo:

No creemos que quienes asumen semejantes ideas ignoren los textos veterotestamentarios que hablan del sufrimiento del justo y de la “prosperidad” de los impíos y malvados.

Y respecto del Nuevo Testamento, ¿de cuál prosperidad material gozó el propio Jesús? ¿Por qué el apóstol Pablo tuvo que depender de la caridad de los filipenses (y de tantos otros) para poder sobrevivir?

Además, la historia bíblica y la historia en general –en particular la actual– ¿no nos muestra, acaso, que las comunidades cristianas más fieles, de acuerdo con los principios bíblicos, han sido y son las conformadas por los pobres?

¿Qué significa toda esa sedicente teología? ¿No es una versión –referida ahora a la relación entre Dios y los seres humanos– de lo que los antiguos decían en latín: do ut des? (Es a saber: “doy para que des”)?

Pero… ¡alerta! Esta es una actitud muy generalizada entre los creyentes cristianos, de la cual no nos percatamos porque se disfraza de diversas maneras.

¿No es lo que los protestantes criticamos de los creyentes católicos cuando, por ejemplo, andan arrodillados distancias considerables en un suelo a veces irregular y áspero y se laceran las rodillas hasta sangrar? (Recuérdese que el inigualable y genial Cantinflas –católico devoto– criticó esa misma práctica en su película El Padrecito). Y todo por ganar el favor divino o de la Virgen.

No nos olvidemos de la amonestación que hizo (y nos hace) Jesús: “¿Por qué te pones a mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo?” (Mateo 7.3).

Mutatis mutandis, o sea, cambiando lo que se deba cambiar, ¿no es algo similar lo que hacen muchos cristianos evangélicos al convocar vigilias, con frecuencia de toda la noche, o ayunos, para que Dios los ayude y les conceda sus peticiones? Por el lenguaje que he escuchado en más de una ocasión, esas convocatorias se presentan como sacrificios para ganar el favor divino.

En estos casos, el dinero no entra en juego, pero la finalidad es la misma, de acuerdo con lo que comentamos más arriba. Los usamos como si fueran indulgencias.

Respecto de la oración, en los Evangelios hay dos datos, entre muchos otros, que son en gran manera significativos. Ambos tienen como referente central al propio Jesús.

El primero es la enseñanza que él dio a sus discípulos de cómo hemos de orar: el Padrenuestro, que incluye tanto la forma como el contenido de la oración. Una de las peticiones que debemos dirigir a Dios Padre, incluida en la versión de Mateo, es: “Hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo” (6.10).

El segundo dato representa la puesta en práctica, por el propio Jesús, de eso que él había enseñado a sus seguidores. Y lo puso en práctica, precisamente, en lo que quizás fue la hora más aciaga de su vida: la hora de Getsemaní. Allí Jesús dirigió a su Padre estas desgarradoras palabras: “Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mateo 26.39, DHH).

Palabra y acción se aúnan para enseñarnos que la verdadera oración es un acto de adoración a Dios, cuya soberanía se reconoce y acepta. Jamás puede ser el intento de forzar el brazo de Dios para que él haga realidad nuestros propios caprichos.

Y eso está implícito en el reclamo del profeta, cuando pone en labios de Dios estas palabras: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Palabras que repitió Jesús. (Oseas 6.6; Mateo 9.13; 12.7, R-V).

 

Para terminar, continuemos con uno de los llamados “principios protestantes”:

El sacerdocio universal del creyente

Consideramos que es un hecho que casi toda la diversidad del protestantismo afirma este principio. Se practica, por ejemplo, cuando se recomienda y promueve, también desde nuestros púlpitos, la costumbre de leer la Biblia y de orar, tanto individualmente como en familia.

Sin embargo, en las actividades cultuales o litúrgicas, cuando la comunidad está reunida para celebrar todos juntos su fe (orar, leer la Palabra y escuchar su explicación, cantar, ofrendar…), ¿se pone de verdad en práctica ese principio o este ha quedado relegado al nivel de “mito”?

Veamos.

**Cuando en un determinado culto, el pastor es el único que ora en público, ¿refleja eso el “sacerdocio universal del creyente”?

**Cuando los que dirigen a las congregaciones asumen el papel de los patriarcas del Antiguo Testamento (¿y hasta de Dios?) y les dicen a sus feligreses: “Yo te bendigo”, ¿es eso tomar en serio el “sacerdocio universal del creyente”?

**Cuando, desde diferentes frentes se promueve –en ocasiones, de manera indigna– el nombramiento de “profetas”, “apóstoles” y hasta “patriarcas”, aun cuando, por ejemplo, tales profetas profeticen falsedades, ¿es ello parte del “sacerdocio universal del creyente”?

Aclaremos algunos de estos aspectos:

*El monopolio de la oración pública por el dirigente religioso pareciera ser el retorno al concepto sacerdotal y levítico del Antiguo Testamento. Dicho de otra manera, es la vuelta al clericalismo que tanto hemos atacado los protestantes. Y es, en buena medida, la negación del “sacerdocio universal del creyente”.

Hay una variante de esa práctica, subrepticia y quizás inconscientemente disfrazada, cuando un miembro “común” de la congregación (un “laico”, mujer u hombre) le dice lo siguiente a un pastor o dirigente de la iglesia: “Por favor, ore usted por un problema familiar que tengo, porque Dios lo oye a usted más que a mí”.

¿De dónde aprenden los miembros de nuestras congregaciones tales erróneos conceptos? No por cierto de la Biblia. ¿Se transmite de alguna manera por medio de nuestras predicaciones y, en general, de la enseñanza bíblica impartida, la idea de que la espiritualidad del pastor o dirigente es siempre superior a la del creyente que se sienta en las bancas, y que, por eso, aquellas personas “están más cerca de Dios”?

*Es más, nuestro estilo de predicación, como comunicación unidimensional (del predicador a los oyentes), sin posibilidad de pregunta o de diálogo, ¿no contribuye a esa especie de clericalismo protestante? ¿No es eso nuestra versión de lo que el pedagogo Pablo Freire llamó “educación bancaria”? (Solo el banco –en nuestro caso, el predicador– posee las riquezas; los demás tienen que recibirlas de él, pues no son generadores de riquezas).

La predicación de Jesús fue muy distinta: no le molestaba que lo interrumpieran, ya fuera con acciones (como cuando bajaron a un paralítico por el techo mientras el Maestro enseñaba) o con preguntas. Es más, él mismo provocaba preguntas, ya sea de forma directa o dejando inconclusos sus relatos.

 

¿Por qué hemos titulado esta presentación como Los mitos de las “sola”?

Las explicaciones teóricas del significado de cada una de las “sola” abundan. Hoy día se da el caso, incluso de personas no protestantes, católicas en particular, que valoran positivamente tales formulaciones y el significado que tenían (si no todas, algunas de ellas) para el propio Lutero.

Pero… una cosa son las explicaciones teológicas y otra la experiencia real de aquellas personas y de aquellas comunidades que las aceptan a pie juntillas.

La palabra “mito” es polisémica. Y controvertida. De hecho, en el mundo evangélico en general, la palabra “mito” se malinterpreta, como si se refiriera a una especie de cuento de hadas, relato “sacado de la manga”, sin ningún substrato o fundamento real. Nada más lejos de la verdad. No es este el momento apropiado para analizar la palabra misma. Nos limitamos a señalar que aquí no la tomamos en el sentido científico o técnico propio del uso que le dan los mitólogos o los mitógrafos.

La hemos usado, más bien, con ese otro significado, de carácter popular, que tiene cuando alguien nos cuenta, como real, algo que consideramos maravilloso pero increíble. Y entonces le respondemos con esta expresión: “Eso es un mito”.

En nuestro caso, no negamos el valor real –tomando en consideración las observaciones que hemos apuntado– ni de las “sola” ni de los “principios protestantes” acerca de los que hemos reflexionado; pero, como hemos intentado señalar, sí afirmamos que, en la práctica, muchas, muchísimas veces, no actuamos de acuerdo con ellos. Entonces, otras personas bien podrían echarnos en cara: “Esos son mitos”.

 

Conclusión

No he pretendido aquí ni sentar cátedra ni ofrecer soluciones. Solo planteo preguntas. Preguntas que yo mismo me hago. Las críticas hechas las lanzo primero contra mí mismo, pues este es un camino que hemos de recorrer juntos, como comunidad cristiana que se ve a sí misma en el decurso histórico del que un hito importante fue la Reforma. No obstante, ojalá nunca olvidemos que no estamos en el siglo XVI sino en el XXI, y tengamos el valor de plantearnos juntos las preguntas que todavía no tienen respuesta definitiva.

Muchas gracias.

 

Tres Ríos, Costa Rica

“Día de la Reforma”

31 de octubre de 2017

(Revisado: 26 de enero del 2018) 

 

*Texto corregido y aumentado de la conferencia dictada el 31 de octubre del 2017 en el “Foro Pastoral” de la Sociedad Bíblica de Costa Rica. Lo aquí expresado es producto de mis lecturas y de mis propias reflexiones.

Hago aquí referencia tanto a una experiencia personal concreta como a experiencias generales en la vida de las iglesias locales de las que he sido miembro. He aprovechado tales ocasiones para indicar que es ese un concepto erróneo tanto de lo que es la oración, como de lo que es un dirigente de iglesia y, sobre todo, de quien es el Dios a quien oramos.

 

 

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