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Ese “maldito” reloj

 

Las reflexiones que siguen son resultado de lo directamente observado en diferentes contextos de tiempo y espacio. Con otras palabras dicho, no son producto de una imaginación más o menos calenturienta ni de ningún prurito de ejercicio de crítica imaginativa y acerba. Representan, más bien, la explicitación de una preocupación por lo que, a nuestro parecer, está sucediendo en la actualidad con los púlpitos de nuestras iglesias evangélicas.

En efecto, resulta claro que hay predicadores que consideran que un sermón que dure menos de 40 o 45 minutos no es digno de predicarse o, al menos, no es digno de que sea considerado un buen sermón. Y eso, al margen de que el propio predicador se considere a sí mismo o pueda ser estimado por otros como “buen” predicador. De hecho, la capacidad retórica formal de algunos de ellos puede ser incuestionable. Pero aclaremos: tal capacidad puede resultar, en última instancia, también traicionera.

Ahora bien, para mantener cautivada la atención de un auditorio durante 45 minutos o más se requiere llenar ciertos requisitos indispensables. Como, por ejemplo, y sin pretender ser exhaustivos, los siguientes: Por una parte, que lo que se diga sea interesante y pertinente. Si no es interesante, produce bostezos; si no es pertinente, puede ser solamente entretenido. Es necesario, además, que el cómo se diga eso que se dice sea atractivo. En el logro de esto último intervienen diversos factores: el uso de la voz (en lo que se incluye la modulación, el tono, el volumen, la velocidad), la imaginación retórica (manejo del idioma, el recurso a la metáfora y a otras figuras de la lengua y de la retórica, el dominio de los períodos, la utilización de “ganchos” para evitar que la atención se disperse y para mantenerla cautiva, la introducción de anécdotas pertinentes e inteligentes...).

No es fácil lograr todo lo anterior.

Pero hay predicadores que no lo consiguen y, no obstante, a pesar de todo, nunca predican menos de 40 minutos. Entonces se echa mano, consciente o inconscientemente, de ciertos truquillos en el intento de lograr su cometido... cualquiera que este sea. Entre esos “mecanismos” mencionamos los siguientes:

1. Repetir. Repetir. Repetir

Al tomar en cuenta los diversos elementos y las condiciones necesarias que intervienen en el hecho de la comunicación conceptual, la repetición ejerce una función fundamental. Así es siempre –o, más bien, debería serlo– en el proceso de enseñanza.

La mayor o menor claridad por parte de quien expone sus ideas, la mayor o menor capacidad de atención y captación de esas ideas por parte del receptor, como también la mayor o menor “pureza” del medio utilizado (en el caso de la predicación tradicional, el uso de la palabra en el discurso) son razones más que suficientes para que se recurra a la repetición. Hablamos de la predicación cristiana, no del discurso académico ante auditorio ilustrado.

Hay que tomar en cuenta que la repetición puede hacerse de varias formas. La peor consiste en decir lo mismo machaconamente con las mismas palabras (como es común en muchos telepredicadores, que hasta piden al público que las repitan); pero también puede hacerse recurriendo al uso de sinónimos. Esto último es hasta recomendable en muchos casos, sobre todo cuando el auditorio es heterogéneo en cuanto a los niveles de formación.

Pero la repetición tiene que ser utilizada con sindéresis y sabiduría. No se trata de repetir por repetir. Ni mucho menos de repetir para “permitir” que el reloj siga su inexorable marcha y llene el límite temporal que el predicador haya preestablecido para que su sermón sea considerado –o él lo considere– de buena o excelente calidad.

Desafortunadamente, esto último es lo que hemos observado reiteradamente. Lo demuestra el hecho de que un determinado discurso sermonario podría haberse reducido en un cuarto de tiempo... ¡y en algunos casos hasta en la mitad!, con el beneficio de que habría ganado en eficacia comunicativa.

Nos ha convencido de lo anterior otros aspectos de la predicación, como algunos de los que mencionamos en las líneas que siguen.

2. Citar un buen número de versículos bíblicos a lo largo del sermón

En algunos casos, si se engarzaran esos versículos unos a otros formarían una buena ristra.

Hemos usado a propósito la palabra “versículos” y no “textos” o “pasajes” bíblicos porque, en efecto, lo que suele hacerse es citar versículos aislados. Ello acentúa el punto que deseamos destacar, porque demuestra con claridad que no se toman en cuenta los respectivos contextos –comenzando por los literarios–  de tales versículos. El resultado es el de esperar: una pobre interpretación y aplicación del significado de esos versículos o, lo que es más lamentable, una exégesis distorsionada.

La exuberancia de esas citas se fundamenta en una errónea compresión de qué es lo que hace que un determinado sermón sea realmente bíblico: cuantos más versículos se aduzcan más bíblica será la predicación. Pero el resultado final suele ser todo lo opuesto: un menjurje indigestible, por mezclar elementos que no se condicen por corresponder, en la mayoría de los casos, a contextos y propósitos muy distintos.

Quizás parte de la culpa la tengan dos factores, muy diferentes pero muy influyentes: el primero es la afirmación de que la Biblia se explica por la Biblia misma, lo cual no es cierto en muchísimos casos; el segundo, la existencia de las llamadas “concordancias” de la Biblia, pues las coincidencias léxicas no son siempre concordancias conceptuales.

3. Introducir temas colaterales respecto del asunto principal del sermón

Esta práctica la hemos percibido en muchísimas predicaciones. Y es práctica que tiene muchos aspectos negativos: (a) aparta la atención del oyente de lo que supuestamente sea el punto central del mensaje que se transmite... que es, también supuestamente, el que debe llevarlo a tomar una decisión; el mensaje queda así diluido; (b) por tratarse de temas colaterales o incidentales, no pueden ser objeto de explicación completa, ya que para ello se requerirían otros sermones; (c) lo anterior se manifiesta incluso como mucho más grave cuando la introducción de tales temas (o la mención de nuevas ideas) se hace en la conclusión de la predicación (cuando el predicador ya ha dicho: “Y para terminar...” o algo por el estilo). Decimos que eso es más grave porque lo más normal es que lo que mejor recuerde el oyente sea lo último que haya oído.

Por eso, cuando uno estudia homilética (=el arte de la predicación), uno de los aspectos que se acentúan es precisamente ese: nunca introduzca nuevas ideas en la conclusión de un sermón. Nosotros añadiríamos, como énfasis, que eso no debe hacerse nunca, en ninguna circunstancia, ni siquiera si se trata de nuevas ideas relacionadas con lo que se ha estado desarrollando. Para eso está todo lo que antecede a la conclusión. Si no, al final, la gente se preguntará (como en efecto nos han preguntado en varias ocasiones): “¿De qué habló el predicador?”.

4. Abusar de anécdotas

Jesús fue un extraordinario maestro en el uso del relato imaginativo para exponer el significado de su mensaje esencial: la llegada del reino de Dios. Eso son las parábolas. Muchas de ellas las comenzó con la expresión “¿A qué haré semejante [o con qué compararé] el reino de Dios?”.

El relato constituye la forma indispensable de la parábola, sin importar mucho la extensión..., aunque, por lo  general, es bastante breve. En efecto, toda parábola es un relato. Y en tanto tal, es una anécdota, pues el hecho de que no sea el testimonio de un acontecimiento real no le quita verosimilitud.

En nuestros sermones, la anécdota puede jugar un papel relevante, pero para que sea eficaz han de cumplirse ciertas condiciones que tienen que ver tanto con el relato en sí como con quien lo cuenta. Entre esas condiciones podemos mencionar las siguientes: (a) debe ser pertinente; o sea, atinente a la idea o experiencia que pretenda ilustrar, pues de otra manera desviaría la atención del oyente; (b) debe ser un relato interesante, ya sea por la trama misma, por algún llamativo juego de palabras o por cualquier otro artificio legítimo; (c) quien echa mano de este recurso debe tener un mínimo de “gracia” como narrador; (d) en el caso de usar el chiste como anécdota (para lo cual hay que tener mucho cuidado y mucha habilidad), el chiste debe cumplir también con los requisitos mencionados y ser realmente ilustrativo. Deben evitarse los de mal gusto y los que hacen objeto a las personas de escarnio o de burla.

Nunca debe olvidarse de que cuando se abusa de la anécdota se “llena” el tiempo pero se pierden tanto el tiempo como el mensaje.

Probablemente podrían añadirse otros detalles que tengan que ver con el tema, pero solo deseamos terminar con una brevísima reflexión, casi epigramática, atribuida a Churchill. Se dice que en cierta ocasión afirmó que para dar un discurso de dos horas necesitaba prepararse por unos quince minutos; pero para un discurso de quince minutos necesitaba dos horas de preparación.

¿Será que muchos predicadores no “gastan” esas dos horas?

 

Plutarco Bonilla A.



Tres Ríos, Costa Rica

Octubre, 2015

 

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