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Dios es soberano, pero...
(o la paradoja de un Dios vulnerable)

-3 Parte-

Plutarco Bonilla A.*

...y después...
      
Los jueces y los reyes
      
Después de los relatos concernientes a Josué, nos encontramos con la misma situación. Tal el caso del período de los jueces.

       El libro que lleva ese nombre (Jueces) no solo narra casos concretos de caída del pueblo en la idolatría –o sea, en el politeísmo, en tanto que no se trata de adorar el ídolo de un solo dios–, sino que explícitamente se explica que en la historia del pueblo se da un ciclo recurrente. Lo hace, en el cap. 2, con las siguientes palabras:

16Entonces Yahvé hizo surgir jueces que los salvaron de la mano de los que los saqueaban. 17Pero tampoco a sus jueces los escuchaban. Se prostituyeron siguiendo a otros dioses, y se postraron ante ellos. Se desviaron muy pronto del camino que habían seguido sus padres, que atendían a los mandamientos de Yahvé; no los imitaron. 18Cuando Yahvé les suscitaba jueces, Yahvé estaba con el juez y los salvaba de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, porque Yahvé se conmovía de los gemidos que proferían ante los que los maltrataban y oprimían. 19Pero cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres, yéndose tras de otros dioses, dándoles culto y postrándose ante ellos, sin renunciar en nada a las prácticas y a la conducta obstinada de sus padres.

Siempre, cuando las situaciones de opresión se vuelven insoportables y el pueblo y sus líderes sienten que “tocan fondo”, que han llegado al límite, entonces, y solo entonces, se produce la metanoia, es a saber, el cambio de rumbo (incluidos el cambio de pensamientos y sentimientos) y se vuelven a Yavé. En el texto de que hablamos, todo esto se ve retratado con exactitud y en toda su crudeza. Ahí se percibe la repetitividad del ciclo: (1) la salvación del pueblo operada por un dirigente o “juez” (enviado por Yavé), seguida de (2) un período de alegría y prosperidad; pero a la larga (3) el pueblo se olvida de Yavé, (4) acude a otros dioses y se degrada (con lo que comete toda suerte de injusticias); además (5) es sometido y expoliado por fuerzas exógenas (los filisteos serán los ejecutores principales de ese expolio). (6) La opresión llega a tal punto que se torna insoportable, por lo que (7) el pueblo clama a Yavé y (8) este envía un nuevo libertador. Así se cierra el círculo y, concomitantemente, se inicia uno nuevo.
       Más aún, el libro habla de ese politeísmo con referencias precisas a dioses de otras naciones a los que los israelitas llegaron a adorar: Baal y Astarté (2.13: “a Baal y a las Astartés”), Aserá (3.7: “a los Baales y a las Aserás”), Baal Berit (8.33), los dioses de Aram y Sidón, de Moab, de los amonitas y de los filisteos (10.6).

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Como círculo perfecto, cumple con el dictum del efesino Heráclito: “Es común (=coincidente), pues, el principio y el fin sobre la circunferencia de un círculo” (fragmento 103, edición de Diels-Kranz; traducción de Rodolfo Mondolfo). (¿No será este un retrato –aunque lo retratado no llegue a los extremos de la imagen misma– del transcurrir de la vida del cristiano? ¿no es por eso por lo que en la liturgia se incluyen “la confesión de pecado” y las “palabras de perdón y seguridad”?).

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Además, el libro de Reyes (constituido en la actualidad por dos tomos) da testimonio de cómo muchos reyes, sobre todo del reino del norte, persistieron en adorar “dioses ajenos”. Hay que recordar lo que sucedió al final del período del gran esplendor salomónico e inmediatamente después cuando el gran reino se parte inequitativamente en dos. En los años de ancianidad del mismo Salomón, como se registra en el primero de los tomos de ese libro, este rey, además de adorar a Yavé, adoró a Astarté y Milcón (11.4-5), construyó un altar a Camós, al propio Milcón (11.7) y a otros dioses (11.8). Y cuando en el reino se consuma la secesión, Israel, al norte, erige sus propios lugares de culto (dos: en Betel y en Dan), en los que Jeroboán manda poner sendas estatuas de becerros de oro que, muy probablemente, eran símbolos visibles de la presencia de Yavé (1 Reyes 12.26-33).

       Ajab sirve a Baal (17.31)... y la historia continúa. Es digno de destacar, en ese contexto, el relato de Elías y los profetas de Baal, porque el número de estos (450; 1 Reyes 18.22) revela la extensión que había alcanzado el culto a ese dios extranjero.

       El relato que aparece en el cap. 20 de ese libro (batallas contra Ben Hadad, rey de Aram), es bastante diáfano, en tanto que muestra, por una parte, el talante mitológico tras los hechos; o sea, la interpretación teomítica de una derrota y de un posible triunfo, en virtud de que se considera que los dioses principales de los pueblos en conflicto –Baal y Yavé, en este caso– están “geográficamente especializados” y eso les afecta en sus actuaciones: si se trata de un “dios de las llanuras”, su pueblo será derrotado si pelea en las montañas, y viceversa; y por otra, el carácter “universal” (en esta ocasión, “geográficamente universal”) de Yavé, en tanto que tales limitaciones geográficas no lo afectan, pues él es Señor sobre cualquier accidente del terreno. Si el pueblo de Yavé es derrotado en alguna batalla, lo será, por ende, por otras causas.

El segundo tomo de Reyes comienza narrando, casi como si se tratara de un marcador permanente para el resto de la obra, que el rey Ocozías, después de haber tenido un accidente (“cayó del balcón de su cámara alta”) envío mensajeros a consultar a un dios que no era Yavé: a Baal Zebub, dios de Ecrón, “para saber –les dijo– si me repondré de estas heridas” (1.2).

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Véanse las notas a este pasaje que se encuentran en la NBJ. Más tarde se construiría, en ese reino, un templo en el monte Garizim, como “competencia” con el de Jerusalén. Es el monte al que se refiere la mujer samaritana (Juan 4.20).

Considerar que los dioses se “especializan” en unas actividades particulares o que la eficacia de sus actuaciones está geográficamente limitada, no es nada fuera de lo común, ni se restringe solo al mundo antiguo y a perspectivas religiosas ya preteridas. Aunque no tengan la categoría de dioses –al menos no oficialmente y no obstante la actitud y el lenguaje de muchos fieles..., laicos unos... y también religiosos, no pocos–, el santoral de la ICAR está repleto de santos, de uno u otro sexo, que se especializan en sanar enfermedades de diversa naturaleza, proteger a trabajadores de profesiones específicas (marineros, choferes, por ejemplo), buscar novios o novias, según sea el caso, etc. A ellos se les rinde culto (de “dulía”, según la doctrina establecida; no de “latría”, que le corresponde solo a Dios, ni de “hiperdulía”, que es el que se le tributa solo a la virgen María).

Nos preguntamos también si hoy está sucediendo algo similar en el mundo evangélico, sobre todo en el de tendencias carismáticas y pentecostales, aunque no solamente en ellas. A pesar de la retórica de muchos predicadores, la práctica muestra que, con frecuencia, se adora a un “dios” que se especializa en sanar enfermos (de hecho, se pone énfasis en un “dios oncólogo”) o en proveer a sus adoradores de riquezas (con lo que ese “dios” se funde con Mamón)... También nos preguntamos qué pasará cuando la medicina logre erradicar las enfermedades tumorales. ¿Cambiará de especialidad ese “dios”? El profundo mensaje del conocido poema “No me mueve, mi Dios, para quererte” parece haberse convertido, para muchos de esos adoradores, en cuento de hadas... o en sueño de opio.

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En muchos casos no se trataba del rechazo absoluto del culto a Yavé, sino del intento de compartir ese culto con el culto a otras divinidades, a las que se califica de “extrañas”, “ajenas” o “extranjeras”.

       La tradición profética (vide infra) verá el desastre con el que concluye la historia de los reinos de Israel y de Judá como justo castigo de Yavé por la desobediencia de su pueblo (comenzando por sus dirigentes religiosos y políticos) y por caer en la idolatría.

       Salmos

Aunque esa extraordinaria colección de cánticos poéticos que conocemos con el título general de Salmos se recopiló en fecha algo tardía en su forma y estructura actuales –que podemos llamar unificadamente “canónica”–, el orden que se revela en esa estructura es significativo no solo desde el punto de vista litúrgico –en el que se manifiesta el plan de Dios que percibimos en el resto de las Sagradas Escrituras: se inicia con la obediencia a la Palabra (salmo 1) y culmina con la alabanza (salmo 150)– sino también porque en ellos se vuelca el alma humana, con sus alegrías y exultaciones, ilusiones y proyectos, ansiedades y angustias, frustraciones y desesperación, y refleja también, en ocasiones, no el sentir “conforme al corazón de Dios”, sino el sentir humano, profundamente humano, rayano, en ocasiones, en un sentir no “conforme a” sino “contrario al“ corazón divino.

Pues bien, en ese libro (especie de antología poética o hímnica) también encontramos expresiones que abierta o indirectamente manifiestan, en su trasfondo, una cierta concepción politeísta, aun cuando se vislumbre (o se afirme) que “ya” se está en una etapa de la historia religiosa de Israel en la cual el politeísmo ha sido superado y el monoteísmo ha sentado sus reales de manera permanente.

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Véase Walter Brueggemann, The Psalms & the Life of Faith, edited by Patrick D. Miller (Minneapolis: Fortress Press, 1995), págs. 190-196.

Tal como describe a David el autor del primer libro de Samuel, en palabras que repite el apóstol Pablo en su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia; véanse 1 Samuel 13.14 y la referencia a este texto en Hechos 13.22.

Ese es el caso de los llamados salmos imprecatorios (58.6-11; 83.9-18; 109.6-19; 137.7-9), de entre los cuales destaca el último mencionado, que declara bienaventurado (“feliz”) a “quien agarre y estrelle... contra la roca” a los niños de los enemigos (v. 9). Aun cuando pueda decirse que “esta práctica salvaje formaba parte de las costumbres guerreras de aquellas épocas” (nota a Salmo 137.9, en la DHH-EE), la imagen que evoca no deja de ser horripilante. En estos salmos, dando rienda suelta a la rabia acumulada tras tanto sufrimiento a manos de enemigos (del pueblo, del poeta en tanto parte de él, y del propio Yavé), el salmista, agotado su último reservorio de paciencia, lanza sus exclamaciones pidiendo venganza. (Para mi sorpresa, en una iglesia en la que siempre se puso –y se pone– mucho énfasis en el estudio de la Biblia, algunas personas se asombraron cuando afirmé, en una reunión de estudio bíblico, que había salmos en las Escrituras respecto de los cuales yo preferiría que no estuvieran allí. Luego el asombrado fui yo cuando descubrí que aquellas mismas personas ni siquiera se habían “enterado” de que lo que dicen los salmos imprecatorios está precisamente ahí..., en el libro de los Salmos, como parte integral de sus ejemplares de la Biblia).

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Algunos de esos textos son dignos de mención en relación con nuestro tema:

*18.10: “volaba a lomos de un querubín, sostenido por las alas del viento”. Se trata, obviamente, de una imagen en conjunción de metáforas. Lo interesante es que “la imagen de la divinidad cabalgando sobre nubes es un tema mitológico usual en los relatos del dios cananeo Baal”. Esa misma visión poética de la divinidad que usa las nubes como cabalgadura o como carroza se repite en 68.4,33 y 104.3. En 80.1, los querubines se constituyen en trono de Dios.

*21.1: “Yahvé, el rey celebra tu fuerza, / le colma de alegría tu victoria”. En este canto, el rey considera que su victoria en la batalla es victoria de Yavé. Es exactamente la misma creencia que se reveló en la batalla del rey Ajab contra los sirios.

*29: La NBJ le pone el siguiente título a este salmo: “Himno al Señor de la tormenta”. Según algunos intérpretes, “Este salmo fue originalmente un himno cananeo al dios de la tormenta; el salmista lo reelabora y lo adapta para aclamar al Dios de Israel”. Tal interpretación es muy posible, porque en el primer versículo se habla de los “hijos de los dioses”, referencia casi segura a los seres superiores que forman parte de la corte celestial.

*77.13: ”¡Oh Dios, qué santo tu preceder! ¿Qué dios es tan grande como Dios?”.

*86.8: Aquí la afirmación parece aún más enfática: “Señor, ningún dios como tú” (“No hay entre los dioses uno como tú”, BTI).

Los datos anteriores, a los que podrían añadirse otros, muy antiguos, e incluso más sorprendentes para muchos lectores, son indicación, sin lugar a dudas, de que en la evolución histórica de la experiencia religiosa de aquellas comunidades que llegarían a ser el pueblo de Israel, hay unos inicios politeístas que, una vez establecido el monoteísmo como “posición oficial” quedan como trasfondo latente que, pertinaz y reiteradamente, trata de emerger a la superficie de la historia de ese mismo pueblo, hasta que se asienta, en forma definitiva, el monoteísmo radical entre el pueblo creyente.

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Ha de tomarse en cuenta que el libro de los Salmos no solo es de multiautoría sino que su escritura abarca un período bastante largo, correspondiente a diversas etapas de la historia de Israel. De algunos de los poemas incluidos en el libro no se sabe nada, o muy poco, de lo que tiene que ver con los respectivos contextos que provocaron tales creaciones poéticas. Por tanto, en lo que se refiere al tema del que tratamos, las diferentes posiciones representarán diversos momentos de aquella historia.

La Biblia. Biblia traducción interconfesional (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, Editorial Verbo Divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008), nota al versículo citado. (Esta traducción se  citará como BTI).
Cf. con los “Ardientes” (o serafines) de Isaías 6.2.

Véase 1 Reyes 20, especialmente los versículos 23-25 y 28, relato al que ya nos referimos.
BTI, nota al salmo como un todo.

La NVI traduce “seres celestiales”, pero incluye una nota que a la letra dice: “seres celestiales. Lit. hijos de los dioses”.

A modo de ejemplo: el hecho de haberse descubierto una cueva con una inscripción en la que se registra el tetragrámaton divino (YHWH) asociado a una diosa consorte. Esto revela –nos parece que de manera clara– que Yavé fue también un dios prehebreo que reinaba con otros dioses y tenía compañera. Véase: http://www.fas.harvard.edu/~semitic/wl/digsites/SLevant/KuntilletAjrud2006/index.htm
¿Explica esto el dato interesante de que mucho antes (según la narración bíblica) de que se revelase a Moisés el nombre divino (Éxodo 3.14) ese mismo nombre ya aparezca en los textos del ciclo de Abrahán, no como palabras del narrador sino como palabras atribuidas al mismo patriarca o dirigidas a él por Yavé (Génesis  13.4; 15.2, 7...)?

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Los profetas

La actividad de los profetas israelitas (es a saber, tanto  del reino del norte –Israel– como del reino del sur –Judá–) se centra en buena medida en la constante resistencia a la no menos constante tentación de buscar en dioses ajenos ya sea la salvación ante situaciones de extremo peligro, ya la justificación de sus actos de injusticia (incluida la lujuria).
Para los grandes profetas, la práctica de la injusticia, en cualquiera de sus formas, era incompatible con el verdadero culto a Yavé. Ya en los salmos (como en el 14, repetido en el 53), se acentúa el hecho de que el ateísmo más pernicioso no es el “teórico”, el de quien simplemente se contenta con decir que no hay Dios, sino el ateísmo de aquel que, aun afirmando que sí hay Dios, vive, especialmente en relación con los demás y con los que necesitan protección, como si Dios no existiera (“¿No aprenderán los malhechores que devoran a mi pueblo como pan y no invocan a Yahvé? Allí se han puesto a temblar, pues Dios está por el justo: el designio del pobre os confunde porque Yahvé es su refugio”: 14.4-6).

¿No es ese también el sentido de textos como el que encontramos en el cap. 1 de Isaías? ¿No es sorprendente que en ese pasaje habla Yavé por medio del profeta y dice que está harto... precisamente de aquellas prácticas religiosas que él mismo había ordenado: “holocaustos de carneros..., sangre de novillos y machos cabríos..., humo de incienso..., novilunio, sábado, convocatoria..., plegaria” (vers. 11-15)? Todo eso lo aborrece porque –continúa diciendo– “vuestras manos están de sangre llenas” (última parte del versículo 15).

Este ataque contra un “teísmo-ateo”, que se repite tanto en otros textos del profeta Isaías como en diversos pasajes de otros profetas, los llevará a unas ineludibles conclusiones:

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Habría que mencionar también el libro de Job, cuyo montaje escénico inicial (especie de prólogo del libro) nos permite asistir a una sesión de la corte celestial, presidida por Yavé y a la que se convoca a los “hijos de Dios”, entre los cuales está el Satán (que en la narración habría de hacer, en lenguaje de nuestros días, de abogado acusador o “fiscal”). Como muchos cristianos entienden todavía este texto de Job en forma literal y consideran que ese personaje es Satanás, escritores como José Saramago dicen de Dios lo que ese Premio Nobel afirma en la última de sus novelas. Nos referimos a Caín (México: Alfaguara, 2009).

Véase: Plutarco Bonilla A., “Higher educational structures and justice”, en Critique and Challenge of Christian Higher Education (Kampen: J. H. Kok, 1987), págs. 129-141 (concretamente la pág. 132, donde comentamos este texto).
Con este oxímoron queremos acentuar lo dicho al comentar brevemente el salmo 14, al referirnos a quienes se consideran creyentes en Yavé pero no le hacen caso, con lo cual se convierten en “creyentes (o sea, teístas) ateos”. El cap. 1 de Isaías es claro y dramático, por no decir “trágico”. (Nada tiene que ver este tipo de ateísmo con el “ateísmo de los cristianos” de que hablaba Hromadka, el teólogo checoslovaco, cuyos antecedentes pueden remontarse a escritores cristianos de la iglesia primitiva).

Recuérdese, además, el ataque contra el ritualismo formalista respecto del ayuno que se contrapone a lo que constituye lo que el profeta llama “el verdadero ayuno”: Isaías 58.5-7. Nótese como en 56.2 se une el “guardar el sábado” con “guardar su mano de hacer nada malo”.

Jeremías 2.34: en el contexto de la crítica contra la idolatría se inserta este reclamo: “Tienes la ropa toda manchada de sangre de pobres e inocentes, de gente que no sorprendiste en ningún delito” (DHH). Cf.

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(1) Hacer imágenes de dioses e identificar a estos con aquellas (o a la inversa) es una absoluta aberración que provoca en el profeta la burla y el sarcasmo. De eso se vio ya una anticipación en el relato de Elías y los profetas de Baal, pero se hará más cruda la descripción en los profetas, especialmente en textos de Isaías (40.18-20; 41.6-7; 42.17; 45.16,20 y, sobre todo, 44.9-20) y de Jeremías (10.1-10, 14-15; cf. 16.18), pero no exclusivamente (véanse, por ejemplo, Oseas 4.12 –y nota en NBJ–; 8.4-6; Amós 5.26 –y notas en NBJ y DHH–). Junto a esta, e íntimamente ligada a ella, hay otra conclusión inevitable.

(2) Los “dioses ajenos” (extraños, extranjeros) realmente no existen, pues solo hay un Dios. No se trata meramente de que Yavé no sea un “Dios celoso”, pues el ser “celoso” no implica la negación de la existencia de otros. Estos otros podrán tener “otros enamorados” (o sea, que podrán ser adorados por otros pueblos), pero Yavé no tolerará que su pueblo los adore como lo adoran a él..., ni de ninguna otra manera. Se trata, más bien, de la negación total.

(3) Además, los profetas ven y proclaman que tanto el rechazo de Yavé como su degradación al ser colocado junto a “otros dioses” es la causa de las mayores desgracias, para el pueblo tanto en el orden nacional como en el plano internacional (al quedar sujeto a otras naciones y, en última instancia, al ser deportado). Todo ello se interpretará teológicamente como castigo de Yavé contra un pueblo rebelde. (Cf. 1 Reyes 9.6-9).

La experiencia del exilio babilónico marcó el tránsito definitivo, para el pueblo como tal, de la permanente presencia de la tentación idolátrica y politeísta, a la afirmación de un monoteísmo radical. De hecho, ese tipo de tentación no volverá a presentarse en la experiencia religiosa de Israel. Al contrario, cuando hay intentos de imponer, desde afuera, el culto a otros dioses, la reacción ha sido violenta.

Ese fue el caso, por ejemplo, cuando, en el llamado “período intertestamentario”, Antíoco IV Epífanes (175-164 a. C.) conquista Palestina y trata de imponer a la fuerza las costumbres sirias, entre ellas y principalmente las religiosas, hasta el punto de mandar colocar una estatua de Zeus sobre el gran altar de los holocaustos. Fue un casi desesperado esfuerzo por destruir la identidad religiosa, cultural y nacional del pueblo judío. (El Primer libro de los macabeos narra todo lo que el tirano Antíoco Epífanes hizo, como también su fracaso final: 1.10-64; y cf. 6.5-8).

Ya bajo el imperio romano, los judíos de Palestina, aunque sin esas presiones externas, pues gozaron de un cierto grado de autonomía en asuntos internos y, especialmente, religiosos, siguieron resistiéndose a la helenización y a la romanización, aunque, como antes, no faltaron aquellos que se plegaron a las nuevas costumbres y al nuevo estilo de vida. Ante algunas actuaciones de los representantes en Palestina del poder imperial, el pueblo reaccionó reafirmando su rechazo de las divinidades extrañas que querían imponerle y acentuando su ya acendrado monoteísmo.

Cuando aparece la figura de Jesús, el judaísmo, en sus diversas haireseis, tiene bien definida una posición monoteísta. Esta es heredada por el cristianismo, que sostiene, por una parte, que no existe otros dioses fuera del Dios de Israel, Padre de Jesús el Cristo; y por otra, que esos a quienes otros llaman “dioses” no son otra cosa que invención de la mente humana que eleva lo natural a categoría divina y adoran a la criatura en vez de adorar al creador (Romanos 1) o  son demonios.

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Oseas 4.1-3 (relación “ni conocimiento de Dios” con “mentira, asesinato, robo, adulterio, violencia, sangre y más sangre”). Amós.

Decimos “pueblo como tal” para referirnos al pueblo en general durante el período bíblico, que incluye la etapa del Nuevo Testamento. Hoy, no obstante, hay un mito muy extendido, especialmente entre el pueblo evangélico “conservador” (y aún más entre los identificados como fundamentalistas). Más bien son, entre otros, dos mitos. El primero consiste en seguir considerando que el pueblo de Israel –hoy, los judíos– es un pueblo in toto religioso. Las estadísticas muestran todo lo contrario: un alto porcentaje de la población judía del actual Estado de Israel se considera o escéptico o ateo. El segundo mito, políticamente muy peligroso, es el de la identificación del estado de Israel con el “pueblo de Dios”. Lo peligroso radica en el hecho subyacente de la subsidiaria identificación de las decisiones de los gobiernos de turno como decisiones del “pueblo de Dios” y, por tanto, dignas de recibir el apoyo de todos los cristianos.

La mejor respuesta que podemos ofrecer a esta tesis es invitar a los que así piensan a leer de nuevo a los profetas de las Escrituras hebreas... y no solo versículos aislados.

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(continuará)

 

 

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