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Dios es soberano, pero...
(o la paradoja de un Dios vulnerable)

-2 Parte-

Plutarco Bonilla A.*

El corazón del Decálogo

El “corazón” del Decálogo no está en las propias diez (“deca”) palabras (proposiciones o mandatos: “logoi”), sino fuera de ellas. Fuera y previas, pues las antecede. No resulta ser mero símbolo el hecho de que ese “corazón” se inscriba, en el texto bíblico de Éxodo 20 (y al igual en Deuteronomio 5), al puro principio, antes de describir o especificar en qué consistían tales “palabras”. Es así porque se trata, en efecto, de su fundamento fundante.

Eso que hemos llamado “el corazón del Decálogo” revela ya, en su afirmación, la negación que está en el trasfondo y que ahora, en la experiencia exódica, se rechaza.
Leemos en Éxodo 20:

1Dios pronunció estas palabras:
2Yo soy Yahvé, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, del lugar de esclavitud.
3No tendrás otros dioses fuera de mí.
4No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra.
5No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad…

Decir: “No tendrás otros dioses”, como complemento explicativo, y especificativo, de “Yo soy Yahvé, tu Dios”, tiene importantes implicaciones:

(1)   “Yo soy Yahvé, tu Dios” es la no negación de la posibilidad de que el pueblo de Israel tuviera “otro (u otros) dios (o dioses)”. Esto dicho se corrobora de inmediato.

(2)   Por un lado, por la prohibición (¿recomendación?, ¿sugerencia?, ¿exhortación?, ¿mandato?) de no tener “otros dioses” (“dioses ajenos”) delante de él (de Yavé). Si se dijo: “no tendrás” es porque estaba latente la real posibilidad de que no sucediera así y de que el pueblo erigiera para sí otro dios (u otros dioses), aunque fueran dioses adoptados de las religiones de los pueblos circundantes. De otra manera, esta afirmación negativa no pareciera tener sentido.

(3)   Y, por otro, al sostener Yavé que él fue el que liberó al pueblo de la esclavitud en Egipto, se da como hecho que había otros dioses que no hacían eso (¡ni lo harían!) a favor de los pueblos que los aceptaban como tales.

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Usamos el término “palabra” con igual o similar sentido al que tiene cuando hablamos de “las siete palabras de Cristo en la Cruz”. De hecho, el texto de Deuteronomio 10.4 llama al Decálogo “las diez palabras”.
Salvo que se indique otra cosa, todas las citas textuales que se hagan en este artículo están tomadas de la Biblia de Jerusalén. Nueva edición revisada y aumentada (Bilbao: Desclée de Brower, 1998), conocida comúnmente como Nueva Biblia de Jerusalén y citada de aquí en adelante, cuando sea necesario, con las siglas NBJ. Sin  embargo, mantendremos siempre la numeración de capítulos y versículos que aparece en las diversas ediciones de la traducción conocida como “Reina-Valera” (y que corresponde a la numeración del texto hebreo).

En relación con los puntos (2) y (3), véase, no obstante, lo que dice el Dr. José E. Ramírez Kidd en El libro de Ruth. Ternura de Dios frente al dolor humano (San José: Editorial SEBILA, 2004), especialmente en las páginas 54-63.

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Esto último no es mera deducción ni especulación de nuestra parte, pues los mismos textos bíblicos dan clarísimo testimonio de ello. Leemos así, por ejemplo, en Deuteronomio 4:

34¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra por medio de pruebas, señales, prodigios, en la guerra, con mano fuerte y tenso brazo, con portentos terribles, como todo lo que Yahvé vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto?

Pero a partir de esta experiencia, que ningún otro pueblo ha vivido, el deuteronomista “salta” a la conclusión de que ha sido así porque, de hecho, no existen otros dioses aparte de él. Antes y después del texto que acabamos de citar, dice el autor:

32Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante?

33¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? 34[…]

35A ti se te ha dado a ver todo esto, para que sepas que Yahvé es el Dios y que no hay otro fuera de él. 36-38[…]
39Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahvé es el Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; y no hay otro.

Bien comenta la nota de la NBJ al versículo 35:

Afirmación explícita de la inexistencia de otros dioses, ver Is 43 10-11; 44 6; 45 5, etc. El Decálogo prohibía simplemente el culto a los dioses extranjeros, a los que durante mucho tiempo se les consideró como inferiores a Yahvé, ineficaces, despreciables. Una nueva etapa se abre desde ahora: estos dioses no existen.

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Entre los varios textos que podrían citarse, véase el salmo 77, especialmente el versículo 13: “¿qué dios hay tan grande como tú?”. Véanse también: Salmo 86.8; Éxodo 15.11; Deuteronomio 6.14-15;

Véanse también los siguientes pasajes del libro de Isaías: 41.4; 45.22; 46.9; 48.12; y los ataques contra los ídolos (y los hacedores de ídolos): Isaías 44.9-20; Jeremías 10.2-11, 14-15.
Nótese la argumentación de Pablo cuando discute lo referido a la comida que ha sido dedicada a los ídolos: hay una aceptación –aunque con matices peyorativos– de la existencia de “otros” a los que llaman dioses, pero que en realidad no lo son (1 Corintios 8.5), pues “no hay más que un único Dios. […] para nosotros no hay más que un solo Dios” (1 Corintios 8.4, 6). Por tanto, “sabemos que el ídolo no es nada en el mundo” (versículo 4). Pero no se niega la existencia de seres  que están tras los ídolos, que son a los que, en última instancia, se les ofrecen sacrificios, y respecto de los cuales el Apóstol afirma: “Con esto no quiero decir que el ídolo tenga valor alguno, ni que la carne ofrecida al ídolo sea algo más que otra carne cualquiera. Lo que digo es que cuando los paganos ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios, y no a Dios, y yo no quiero que ustedes tengan nada en común con los demonios” (1 Corintios 10.19-20, La Biblia de estudio Dios habla hoy [Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 1994], quese citará en adelante como DHH-EE).

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El contexto propio del relato de la dación del Decálogo –para efectos de nuestra reflexión– es la vivencia politeísta no solo del Egipto del que el “pueblo” acababa de salir (las plagas que golpearon al opresor eran golpes contra sus mismas divinidades ), sino también del propio pueblo liberado, reiteradamente propenso ya sea a poner a Yavé como dios entre dioses (aunque fuera superior a los demás: “dios de dioses” ), a equipararlo con los otros dioses (“ajenos” o, con frecuencia, “asimilados”) o, sencillamente, a olvidarse de él. La petición del pueblo y la respuesta de Aarón –en Éxodo 32.1-6– son muy iluminadoras.

Es de destacar también que cuando Aarón accede a fundir el becerro de oro –ante la prolongada ausencia de Moisés en el monte sagrado–, lo que intenta hacer no es, necesariamente, volver a los dioses de Egipto (o a las prácticas de los egipcios), sino representar, en el becerro, a Yavé. La “desaparición” del vocero de este les era –para el pueblo y aun para Aarón– como desamparo de la divinidad, desamparo que exigía la recuperación de algún modo de presencia física, visible. Sin embargo, hemos de reconocer que el pasaje que relata este hecho plantea algunos problemas.

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Es interesante que aunque los relatos viejotestamentarios hablan muy claramente de las “diez plagas”, en el refranero popular se fijó la imagen del siete, quizás debido al conocido simbolismo de este número. Así no resulta raro oír que “a Fulano le cayeron las siete plagas (de Egipto)”. O quizás se deba a que en Apocalipsis 15.1 se habla de siete plagas (“las últimas, porque con ellas se consuma el furor de Dios”).

En las creencias de muchos pueblos antiguos (ya sea explícitamente expresado o ínsito en su subconsciente religioso), las rivalidades y guerras entre las diversas etnias eran también guerras y rivalidades entre los respectivos dioses a los que aquellas comunidades rendían culto. El pueblo que salía vencedor en el campo de batalla demostraba que “su” dios era más poderoso que el dios de su contrincante. Esta comprensión de la relación “dios-pueblo que lo adora”, se ve reflejada en el episodio que se narra en 1 Reyes 20. Los versículos 23 y 28 son ilustrativos: “23Los servidores del rey de Aram [Ben Hadad] le dijeron: ‘Su Dios [i.  e., de los israelitas] es un Dios de las montañas; por eso han sido más fuertes que nosotros. Pero si los combatimos en la llanura, seremos más fuertes que ellos. […] Los combatiremos en la llanura y seremos más fuertes que ellos’ […]. 28El hombre de Dios se acercó al rey de Israel y dijo: ‘Así habla Yahvé: por haber dicho los arameos: Yahvé es un Dios de las montañas, no es Dios de las llanuras, he entregado toda esta gran muchedumbre en sus manos y así sabréis que yo soy Yahvé’”. Por eso, la victoria del rey es la victoria de Yavé: Salmo 21.1. [Esto hace recordar las rivalidades infantiles: “Mi padre es más fuerte que el tuyo” o “mi padre ’le puede’ al tuyo”].

Son  muchos los textos del AT en los que se encuentra la expresión “dios de dioses”. El uso de un nombre seguido de ese mismo nombre en plural precedido por la preposición “de” es una manera de formar superlativos. “Dios de dioses” hace referencia al dios por excelencia o antonomasia. En cuanto a la “propensión” de la que hablamos, véanse las exclamaciones del pueblo y de Aarón en Éxodo 32.1-3.

Como han señalado connotados biblistas, el texto de Deuteronomio, tal como lo tenemos en la actualidad (es decir, como texto canónico), se redactó (o terminó de redactarse) tardíamente y desde una perspectiva particular y propia. Por ello no debe de sorprender que incluya perspectivas y conceptos que corresponden históricamente a fechas posteriores a los acontecimientos narrados.

Desde muy temprano en el cristianismo, sus seguidores usaron el recurso visual de imágenes a las que le dieron cierto valor sagrado, con variadas intenciones. La cruz, originalmente símbolo de ignominia,  se convierte en símbolo de identificación de los discípulos del Crucificado. Lo mismo sucedió con el pez, ya que las letras de la palabra griega para ese animal acuático podían servir como iniciales de la expresión “Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador” (ΙΧΘΥΣ), confesión cristiana por antonomasia. Recuérdese que también en el Tabernáculo y en el Templo había representaciones gráficas de lo numinoso e inefable; es decir, de lo sagrado.

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La NBJ incluye la siguiente nota a este capítulo 32 de Éxodo: “(a) Desde el punto de vista de la crítica literaria, los caps. 32–24 combinan las tradiciones yahvista y elohísta, que resulta casi imposible distinguir en detalle. Presentan la alianza yahvista de Ex 34 como la renovación de la alianza elohísta de Ex 24, rota por la rebelión de Israel: la adoración del becerro de oro”. La interpretación que hemos ofrecido no es la única que haya sido propuesta. Lo mismo puede decirse de la identificación del becerro (o sea, a quién representaba).

Por otra parte, “el texto hebreo de Ex 32.1-3 usa el plural elohim,  que se entiende aquí como ‘dioses’. El nombre divino no se utiliza en estos versículos, por lo que se cree que Israel pide que le hagan representaciones de los ‘dioses’ que lo sacaron de Egipto, no de Yahvé. Incluso el verbo está en plural (‘que te hicieron subir de’, o sea, ‘que te sacaron de’)”. Sin embargo, muchas traducciones castellanas prefieren el singular (que es posible con elohim) y el plural verbal podría considerarse como un plural de concordancia. No obstante, cuando se decide festejar el acontecimiento, la celebración es para honrar a Yavé. Por eso, Aarón anunció: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé” (32.5).

Para añadir complejidad al problema, nótese que primero se dice que Aarón “hizo un becerro de fundición” (32.4), pero luego, cuando el propio Aarón tiene que dar cuenta ante Moisés de lo que había sucedido, sostiene que del acto de fundición del oro que los israelitas le dieron “salió” un becerro, (“yo lo eché al fuego y salió este becerro”: Éxodo 32.24).

...pero antes...

En el texto escritural, aun antes –en cuanto al orden canónico– de la dación de la ley y del texto deuteronómico al que nos hemos referido, encontramos la mención de otros dioses. En estos casos, no se trata de dioses a los que adoraran otros pueblos, sino de dioses adorados por los propios patriarcas y, en generaciones posteriores, por el propio “pueblo escogido”. También después del Deuteronomio –en el susodicho orden– se hallan afirmaciones retrospectivas que hacen referencia al desarrollo histórico en un período anterior al que narra este último libro del Pentateuco.

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Nota enviada personalmente por Daniel C. Bonilla.
En nuestro idioma, y entre otras versiones, NBJ, BTI, NBE (Nueva Biblia Española. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1975) y LPD (El libro del pueblo de Dios. Madrid-Buenos Aires: Ediciones Paulinas, 19926), TLA (Biblia para todos. Traducción en lenguaje actual. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2002) traducen la palabra en singular; en plural, traducen: RV95 (Reina Valera, 1995. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 1996), DHH-EE, SB-CI (Sagrada Biblia, traducción de Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias González. Madrid: BAC, 1989), aunque translitera la palabra elohim y pone entre paréntesis la traducción. NVI (Nueva versión internacional, de la Sociedad Bíblica Internacional. Miami: Vida, 1999) tiene plural en el texto, pero en nota da como lectura alternativa, el singular.
Esa manera de expresarse: “lo eché al fuego y salió”, corresponde a creencias cananeas, que así explicaban la fundición de sus imágenes de dioses: “... los vv. 21-24 [...] son interesantes desde el punto de vista de la fabricación de objetos cultuales. En la antigua literatura cananea, por ejemplo, los objetos cultuales adquirían por sí solos la forma deseada. El palacio de Baal queda completado después de que un fuego trabajó la plata y el oro durante seis días. La réplica de Aarón en el v. 24, de que la imagen surgió por sí misma, resulta así fácilmente inteligible” (John F. Craghan, “Éxodo”, en Comentario bíblico internacional, publicado bajo la dirección de William R. Farmer [Estella: Editorial Verbo Divino, 1999], pág. 404).

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Así, por ejemplo, tenemos el hecho de que en Génesis 31.53 leemos: “El Dios de Abrahán y el Dios de Najor juzguen entre nosotros”. Este texto ha sido traducido así en la DHH-EE: “Que decida entre nosotros el Dios de tu abuelo Abraham y el de mi abuelo Nahor”. Esta última traducción no deja de ser ambigua, pues podría referirse al hecho de que el Dios de Abrahán y el Dios de Nahor eran el mismo Dios. Sin embargo, como aclara la nota a ese versículo en la NBJ, “Según el uso de los viejos tratados, se citan como testigos los dioses de entrambas partes contratantes”. Y la NET Bible, es más específica en su nota 13 al versículo en cuestión: “El verbo hebreo traducido por ‘juzgar’ está en plural, con lo que sugiere que Labán tenía en mente más de un ‘dios’”.

       En otro texto, que para el lector inadvertido podría parecer aún más sorprendente o extraño, y que en cuanto a la narración que contiene es referencia posterior, se dice que Josué, habiendo reunido a todo el pueblo en Siquén, les dice: “Esto dice Yahvé el Dios de Israel. Al otro lado del Río habitaban antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y Najor, y daban culto a otros dioses...” (Josué 24.2). Tal traducción podría dar la impresión, en una lectura descuidada o a la ligera, de que Abrahán quedaba excluido de ese culto. Pero no es así. La DHH-EE y la Nueva versión internacional, por ejemplo, son mucho más claras a este respecto: “Antiguamente, Térah y sus hijos Abraham y Nahor, antepasados de ustedes, vivían a orillas del río Éufrates y adoraban a otros dioses” (DHH-EE) y “Hace mucho tiempo, sus antepasados, Téraj y sus hijos Abraham y Najor, vivían al otro lado del río Éufrates, y adoraban a otros dioses” (NVI).

       En este discurso de Josué es clara la afirmación de que los antepasados de los israelitas eran politeístas, pues “adoraban a otros dioses”.

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Aunque la repetición de la preposición “de” parece no hacer sostenible tal interpretación. Así lo interpreta, sin ambigüedad alguna la Contemporary English Version (New York: American Bible Society, 1995) en The Learning Bible (New York: American Bible Society, 2000): “Mi padre Nahor, tu abuelo Abrahán y sus antepasados, todos ellos adoraban al mismo Dios...”. (Traducción propia)

New English Translation. First Beta Edition (Biblical Studies Press, L.L.C., 2001). La nota mencionada añade: “El Pentateuco samaritano y la LXX, obviamente en un esfuerzo por hacer que esa sea una afirmación monoteísta, han puesto el verbo en singular”. Sin embargo, del politeísmo de Labán no queda ninguna duda, pues da testimonio de ello el propio relato de ese mismo capítulo de Génesis. Véanse los vers. 19 y 35.

En una interesante novela de Julia Navarro (La Biblia de barro. Barcelona: Plaza y Janés, 2005), en pleno ejercicio de su imaginación poética, la autora española hace de Abrahán el portador de la revelación de cómo ocurrió la creación del mundo. Cuando aún estaba en Ur, Abrahán cuenta de esta revelación a un adolescente pariente suyo que es obligado por su padre a aprender cómo escribir y con el pasar del tiempo  se convierte en un prestigioso escriba, en la ciudad de Safrán. Ese joven –Shamas– va transcribiendo lo que le cuenta su tío mientras están en Jaran. Al principio su escritura es la escritura torpe de un principiante; las últimas tablillas están escritas con caracteres refinados. En esta novela, el padre de Abrán, Téraj,  “modelaba arcilla y surtía a los templos y palacios de esos dioses salidos de sus manos” (p. 41). Pero Abrán “no quería [...] dejar de decir lo que pensaba, cómo había sentido, hasta llegar a convertirlo en certeza, que esos dioses a los que adoraban no estaban insuflados por ningún espíritu, eran simplemente barro” (pág. 41).

 

(continuará)

 

 

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