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Dios es soberano, pero...
(o la paradoja de un Dios vulnerable)

-1 Parte-


Plutarco Bonilla A.*

Dos notas preliminares

Por qué escribimos este artículo
El lenguaje común que muchos cristianos evangélicos utilizan (¿utilizamos?) revela una particular concepción teológica –tanto de la vida personal, biográfica, como de la historia– que no conduce con la enseñanza global de las Sagradas Escrituras. Esa concepción queda atrapada en un estadio cuasi primitivo del desarrollo de la revelación, tal como este se nos presenta en las mismas páginas del texto bíblico. O, lo que no sabemos si es mejor o peor, queda atrapada en el propio sistema teológico formulado a priori (por las razones que sean), que no toma en cuenta aspectos fundamentales de la teología... bíblica (no necesariamente “sistemática” o “dogmática”). Nos preguntamos, con todo respeto, si, además, no se trata de haber quedado estancados en un estadio “ingenuo” de la fe, lo que en el propio lenguaje neotestamentario se explica con la metáfora de tomar leche y no comer vianda sólida (véase Hebreos 5.21-14 y cf. 1 Pedro 2.2).

Para escapar de la difícil situación en que nos coloca la pregunta sobre el mal y el dolor en su multiforme manifestación, los propios cristianos han buscado algunas “salidas” que, perdónesenos la manera cruda de expresarlo, “hagan quedar bien a Dios” (como si Dios así lo necesitase).

Como suele ser nuestro estilo de trabajo en muchos de los textos que nos hemos atrevido a escribir, comenzamos nuestras reflexiones con una ambientación general que suele ir algo (o mucho, según el contexto) más allá de las estrictas limitaciones del tema. Con ello pretendemos dibujar una especie de “telón de fondo”, de panorama escénico, que nos permita, ya sea por ubicación o por contraste, encontrarle un sentido más pleno y más amplio al tema que intentamos desarrollar. Además, aquí y allá pueden aparecer breves acotaciones relacionadas con nuestro presente.

Cuando hablamos de historia
Cuando hablamos de “historia” y nos referimos a pueblos muy antiguos, hemos de ser muy precavidos pues el uso de tal término puede resultar bastante traicionero.

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*Deseo expresar mi agradecimiento al Dr. José E. Ramírez y a mi hijo Daniel Bonilla por las valiosas observaciones que me hicieron cuando leyeron el borrador de este texto. Y al Prof. Ricardo Moraleja, con quien conversé sobre algunos aspectos de este trabajo. De lo que aquí se dice, soy el único responsable.
Creo personalmente que se trata de eso, pero en el marco de la elaboración de una teología que sea congruente en sus propios postulados internos. El problema es casi tan antiguo como el ser humano (por lo menos desde que este comenzó a reflexionar sobre su propia creencia en la divinidad) y, por supuesto, no se limita al cristianismo. Las soluciones propuestas van desde la afirmación de que Dios mismo es el creador del mal (o, al menos, que este procede de él), hasta la situación actual, que, en última instancia lo que refleja es perplejidad, pasando, como se dice luego en el texto, por la afirmación de que existen dos dioses: el del bien y el del mal. Véase lo que decimos al final de este trabajo.

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El desarrollo de la historiografía ha demostrado que cuando usamos hoy la palabra “historia” no siempre queremos decir lo mismo al aplicarla a épocas muy distintas y muy separadas unas de otras en el tiempo. Por eso, aun en un mismo autor, el vocablo puede usarse polisémicamente.

“Historia” es palabra de origen griego. Pero originalmente ιστορια no significaba lo que su transliteración a nuestra lengua significa. Para los antiguos griegos, la palabra quería decir “investigación”, “conocimiento”. Solo en la época de Aristóteles, probablemente, adquiere un significado semejante a lo que hoy entendemos por historia.

Más aun, los relatos antiguos que nosotros calificamos de “historia” o de “históricos”, no lo son desde el punto de vista de las categorías dominantes en la historiografía contemporánea. Aunque haya un sustrato que podríamos calificar de “real”, muchos de ellos no son sino la interpretación de ese sustrato desde categorías totalmente distintas, con propósitos específicos que no pretenden ser simplemente descriptivos. Esto hay que tenerlo siempre presente también al leer las “historias” bíblicas.

“Dios sobre todas las cosas”
El estudio de la historia de las religiones nos muestra que en muchas de ellas –nos referimos en particular a las politeístas– suele postularse la existencia de un dios que es soberano no solo sobre todas las cosas sino también sobre todos los demás dioses. En algunos casos no se trata de un dios que ocupe la cúspide de la escala divina o la presidencia de la corte celestial, sino que se postula, a la cabeza del Consejo divino, la existencia de una pareja heterogénica de dioses.

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Consideramos que, en términos generales, puede afirmarse que “en la ortografía no hay teología” y que “la ortografía nada tiene que ver con el respeto real que una persona, una entidad o un concepto le merezcan al escritor”. Sin embargo, sí es de recibo sostener que, al creer lo contrario, la ortografía puede, en efecto, inducir a errores teológicos o a nociones equivocadas en lo concerniente al respeto debido (véase: Plutarco Bonilla A., “¿MAYÚSCULAS o minúsculas?”, en Revista bíblica [Buenos Aires: Asociación Cultural ESDEVA, 1997/1], año 59-Nueva Época, nº. 65, págs. 33-43). Por eso, aclaramos que, aunque todos hacemos distinciones entre aquel a quien consideramos “el dios verdadero” y los “otros” dioses, utilizaremos la palabra “Dios”, con inicial mayúscula, cuando hablemos del Dios de las religiones monoteístas, sin distingos entre estas. Los términos “dios” y “dioses” los reservaremos para cuando del politeísmo se trate. Con frecuencia utilizaremos, en textos nuestros, la palabra Yavé para referirnos al Dios del Antiguo Testamento, pero respetaremos la diferente grafía de ese nombre cuando echemos mano de citas textuales, ya sea de la propia Biblia o de otras obras. Como es natural, en lo que se refiera a los nombres propios de los dioses, de cualquier religión, los escribiremos con inicial mayúscula, como corresponde a las prácticas ortográficas de nuestra lengua. Los nombres propios que aparezcan en citas bíblicas o en otras obras se transcribirán tal como estén en el texto que se cite.

Heterogénica, i. e., de diferente genus. Usamos esta palabra para evitar el término “heterosexual”, que hace referencia muy explícita a los órganos que definen el “sexo” entre los dioses. No desconocemos, no obstante, que las teogonías y la teomítica en general suelen describir con crudeza las eróticas y con frecuencia violentas relaciones entre estos dioses, provocadas, precisamente, por este heterogenus, que no deja de manifestar entre esos seres supuestamente superiores los mismos defectos y vicios que experimentan los mortales. En el caso de la religión helénica, y tomando en consideración que la paideia griega se realizaba con base en los poemas homéricos, no es de extrañar que pensadores como Heráclito lanzaran fortísimos ataques contra esas concepciones de la divinidad, ni que críticos como Evémero –cuya doctrina se conoce como evemerismo– propusieran que “los dioses son simplemente humanos a quienes sus méritos, los servicios que prestaron a sus semejantes, valieron honores divinos” (Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana [Buenos Aires: Ediciones Paidós, edición castellana revisada por el autor, 1982], “Introducción”, pág. xxi; y vide infra, en el texto y en las notas 5 al 11, lo que se dice en relación con datos de la mitología griega).

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Puede darse, además, el caso –tal el que nos plantea, por ejemplo, el zoroastrismo– de dioses en eterna, incesante e irresoluble enemistad. Entonces, en la lucha entre ellos el triunfo será siempre alternado, sin que se vislumbre a ciencia cierta que uno de esos dioses logrará el definitivo. Así, Ormuz (Ahura Mazda) y Ahriman se comparten, ex aeternitate y per aeternitatem el dominio del mundo.

Aun cuando no se postulen estas fuerzas antagónicas al estilo que acabamos de señalar, se da el caso de que en algunas religiones politeístas, en las que sí se afirma que entre los dioses (sean pocos o muchos) hay uno de ellos que ejerce la función de dios soberano, este no siempre fue soberano ni lo sería por siempre. Así nos encontramos, como especie de modelo de este “fenómeno”, que en el panteón griego, Zeus era el Señor de los dioses, pero solo lo fue en el período Olímpico.

En la obscuridad de los tiempos remotísimos, antes de Zeus fue dios supremo Urano, consorte de Gea. Pero su hijo menor, Kronos (Κρονος), de la estirpe de los Titanes (y, por ende, de la primera generación divina), se rebeló contra su padre, a quien le cercenó los testículos con una acutísima hoz que su madre le dio. En esa rebelión lo ayudaron sus hermanos (los otros Titanes, los Hecatonquiros y los Cíclopes), a quienes liberó, pues Urano los había encarcelado. Kronos pasó a ser el dios soberano, después de haber arrojado de nuevo al Tártaro a sus propios hermanos.

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“Ya en los más antiguos Gāthās [himnos compuestos por Zoroastro o Zaratustra]...Ahura Mazda, el Espíritu del Bien,... se opone al Espíritu del Mal, Ahriman, el dios de la enfermedad y de la muerte...; éste no tardó en alcanzar un papel preponderante; terminó incluso por ser promovido, sobre todo en los magos y en los mithraístas, al rango de una divinidad segunda, de la que procede todo el mal del universo, con quien Ormadz compartirá el poder mientras dure el mundo [...]. Así lo expresa uno de los más antiguos himnos gâthicos del Avesta (Yasna 30): “En el comienzo había dos Espíritus gemelos, que existían también cada uno para sí. Y cuando los dos Espíritus coincidieron en el primer ser creado, establecieron la vida y la muerte, y así será hasta el fin del mundo: el infierno para los malos, el cielo para los justos” (Jacques Chevialier, Historia del pensamiento, tomo I: El pensamiento antiguo [Madrid: Aguilar, 1958], pág. 24). Para el desarrollo de esta idea en el zoroastrismo, véase, en la misma obra: “(*18) El dualismo en el pensamiento iranio. Aborrecimiento de la mentira y el mal” y “(*19) La religión de los magos, su influencia y su posteridad”, págs. 542 Y 543, respectivamente. También la bibliografía específica que se menciona en la pág. 40 y el artículo “Zoroastrianism” en la Encyclopaedia Britannica. (Nótese que a ese Espíritu del Bien se lo llama Ahura Mazda, Ormadz u Ormuz, variaciones de un único nombre). Para los Yasna, véase http://www.avesta.org/yasna/yasna.htm#y28).

Ζευς en griego, que hace el genitivo en Διος. También se registra, en el nominativo, la forma Δευς, en el dialecto beocio (Henry George Liddell y Robert Scott, A Greek-English Lexicon revised and augmented throughout by Sir Henry Stuart Jones with the assistance of Roderick McKenzie [Oxford: Clarendon Press, 19699], s. v. Δευς). Muy probablemente, la forma griega  Ζευς/Δευς  como la latina deus provengan del reconstruido protoindoeuropeo *Dyēus.

Ουρανος = el Cielo.

Γαια = Γη  la Tierra.

Nótese que el nombre de este dios no es Jronos (Chronos, de Χρονος), sino Kronos (Crono, de Κρονος). De hecho, posteriormente Κρονος se interpretó como Χρονος (véase Liddell, Scott et al., op. cit., s. v. κρονος).

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Pero estaba profetizado que “algún día” él también dejaría de ser el primero entre los dioses, pues sería desbancado por uno de sus hijos. Contra Kronos se rebelaron los Olímpicos, que constituían la segunda generación divina. Y de ellos es Zeus quien se impone, ayudado por sus hermanos y hermanas, y “se queda con la preeminencia sobre el universo”. Con  él se inaugura el período Olímpico.

En ese contexto mítico y mitológico, el dios “soberano” solía rodearse de una “corte celestial” o “divina”, compuesta de dioses en algún sentido “menores”, pero poderosísimos y capaces de enfrentarse, dadas las circunstancias, al dios supremo, pues eran “menores” solo respecto de este, que era considerado el “dios de dioses” o dios por antonomasia.

De lo afirmado (como especie de patrón general, no referido concretamente a la teomítica griega), pueden verse vestigios incluso en el Antiguo Testamento de las Escrituras judeocristianas, cuando estas se leen desde la perspectiva de la historia de la religión de Israel (que no podía evitar el contacto con el politeísmo de los pueblos circunvecinos).

Dado que las primeras palabras de las Escrituras hebreas afirman de manera categórica que “en el principio Dios...” y puesto que con harta frecuencia oímos hablar –y hablamos– de las grandes religiones monoteístas del mundo –entre las que se encuentra el cristianismo o judeocristianismo–, resulta  casi natural que en la comprensión de muchos cristianos quede como obnubilado el fenómeno al que nos referimos.

Una lectura cuidadosa del texto bíblico, que tome en cuenta lo que entre líneas “se dice sin decirlo”, puede rastrear los mencionados “vestigios”.

Se piensa –a nuestro entender, equivocadamente– que aceptar como realidad tal manera de entender ciertos textos veterotestamentarios desmerece de la “sana doctrina” y de la “pura” exégesis (sea esta lo que sea).
Veamos si es así.

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Y por eso los devoraba según nacían.  Véase, para toda esta parte relativa a los dioses griegos, las siguientes dos obras (de entre la amplia bibliografía disponible): P. Grimal, op. cit., s. v. “Urano”, “Crono”, “Gea” y N. G. L. Hammond y H. H. Scullard, The Oxford Classical Diccionary, (Oxford: Clarendon Press, 1970, s. v. “Kronos”, “Gaea”).

P. Grimal, op. cit., s. v. “Zeus”.

Se llamó así en razón de que el monte Olimpo (situado en los límites entre Macedonia y Tesalia) fue la morada de Zeus. Pero “poco a poco la residencia de los dioses se va diferenciando de la montaña tesalia, y el término Olimpo se aplica, de manera general, a las ‘moradas celestes’ donde reside la divinidad” (P. Grimal, op. cit., s. v. “Olimpo”).

Un periódico que se publica en San José, Costa Rica, La Prensa Libre (Apartado Postal 10121-1000, Costa Rica; edición digital: www.prensalibre.co.cr), tiene una página de humor (“La purruja”) que se define a sí misma como “La página de batalla que sin perversa intención comete la indiscreción de decir lo que se calla”. Ese artificio retórico (“decir lo que se calla”) es una especie de “reticencia”, tropo de sentencia por reflexión (según Emilio M. Martínez Amador, Diccionario gramatical [Barcelona: Editorial Ramón Sopena, S. A., 1954; s. v. “reticencia”] que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define como “Figura que consiste en dejar incompleta una frase o no acabar de aclarar una especie, dando, sin embargo, a entender el sentido de lo que no se dice, y a veces más de lo que se calla”.

(continuará)

 

 

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