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Cuando Jesús pasa, algo pasa
(V)


 

Los dos discípulos camino a Emaús (Lucas 24.13-35)

La muerte de Jesús había puesto punto final –así lo creían sinceramente– a los sueños e ilusiones de quienes habían sido sus seguidores. La tumba sellada con una gran piedra y vigilada por el piquete de guardas que Pilatos había puesto a disposición de los jefes de los sacerdotes y de algunos fariseos (Mateo 27.65-66) era la prueba definitiva de que aquellos proyectos no eran más que un castillo de naipes que el soplo gélido de la muerte había derribado súbita y estrepitosamente.

Por eso, algunos de sus seguidores se encierran en una casa “por miedo a las autoridades judías” (Juan 20.19) o se van de pesca (Juan 21.1), y dos de ellos se alejan de Jerusalén rumbo a la aldea de Emaús, donde vivían.

Estos últimos caminan entristecidos y cabizbajos. Van meditando sobre lo que había acontecido en Jerusalén en los días recién pasados. Y entonces, el Resucitado se les aparece, se les pone a su lado, “en otra forma” (Marcos 16.12; “bajo una figura diferente”, dice la traducción La Palabra, de la Sociedad Bíblica de España). Pero aquellos caminantes no lo reconocieron. Ni siquiera cuando les habló. El Resucitado, haciéndose el ignorante, inquiere la razón de la tristeza que los embarga. Y continúa la conversación sobre el significado de aquellos mismos acontecimientos sobre los que ellos platicaban antes que se les uniera el desconocido.

Dos detalles, entre muchos, son dignos de destacar.

Primero, que en su respuesta a Jesús para explicarle lo que había sucedido en la ciudad santa, todos los verbos que usan los caminantes están en pasado (“era”, “entregaron”, “condenaron”, “crucificaran”, “teníamos la esperanza”, “sería”, “pasó”, “a él no lo vieron”). O sea, que para ellos, la “aventura Jesús” había sido un fiasco y se había convertido en materia de archivo histórico. Y carpeta cerrada.

Entonces, cuando Jesús les habla, algo sucede en ellos, en su interior, pero ellos ni siquiera lo explicitan porque no lo entienden. No saben qué les pasa, pero algo pasa.

Poco después, ya en la casa, al partir el pan (¿evocación  eucarística para los lectores del Evangelio?) el Resucitado desaparece... y a ellos “se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús” (v. 31). O sea, que lo reconocen cuando él está “físicamente ausente”. Y dicen: “¿No es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (v. 32).

Ese es el segundo detalle significativo: si antes Jesús había explicado, con base en las Escrituras, el significado de lo que a él mismo le había ocurrido, ahora, cuando desaparece, les va a revelar el verdadero significado de lo que a ellos les había ocurrido al escucharlo en el camino, que entonces no habían entendido.

Cuando Jesús pasa, algo pasa: nuestro pasado y nuestro presente quedan reinterpretados a la luz de la resurrección.

Y entonces, aquellos discípulos desandan en fe lo que hasta entonces habían andado en incredulidad.

Plutarco Bonilla

Tres Ríos, Costa Rica

Enero, 2015

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*Biblia Dios habla hoy. Edición de estudio. Mientras no se indique otra cosa, todas las citas bíblicas en esta serie están tomadas de esta traducción.


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