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Cuando Jesús pasa, algo pasa
(VI)


 

La mujer que padecía derrames de sangre (Marcos 5.25-34)

La mujer sirofenicia (Mateo 15.21-28)

Estas historias, en las que los personajes centrales son, aparte de Jesús, dos mujeres, parecen, desde cierta perspectiva, “antihistorias”.

Veamos.

En la primera –la de la mujer con derrames de sangre–, una mujer se atreve a tocar subrepticiamente el manto de Jesús. No quería que nadie la viera y se aprovecha de que la multitud se apretuja alrededor del Maestro galileo (v. 24). Y así, a espaldas de este, logra aproximarse calladamente y hacer realidad sus intenciones. Al instante queda curada de su mal.

También al instante, Jesús se da  cuenta de que “poder [“un poder curativo”, traduce La Palabra] había salido de él” (v. 30). Pero no sabe quién fue la persona que se benefició de ese poder. Por ello se ve obligado a preguntar. Los discípulos tampoco saben, pues había sido un toque hecho con cautela... y miedo. Más bien le dicen a Jesús que la pregunta no tiene mucho sentido, pues cómo se le ocurre preguntar quién lo ha tocado cuando él mismo ve “que la gente” lo “oprime por todos lados” (v. 31).

A la postre, la propia mujer, “temblando de miedo” y “sabiendo lo que había pasado” (pues ella, mujer, y en estado de impureza ritual por su enfermedad, se había atrevido a tocar a un hombre... y rabino), se sobrepone al miedo y, de rodillas ante Jesús, le confiesa que fue ella la de tremendo atrevimiento.

Y Jesús, que no sabía, ahora sabe... y pronuncia las palabras que ratificaban la sanidad.

En la segunda historia la situación es diferente.

Jesús está fuera del territorio de Israel. Ha ido a tierra de gentiles. La mujer de este relato no llega a Jesús en busca de un beneficio personal directo. Es una intercesora. Quiere el bien de su hija. Pero ni ella ni su hija eran judías... y Jesús había venido “a lo suyo” (Juan 1.11) o, como él mismo dijo: “Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mateo 15.24). Es más, después de sufrir la oposición de los propios discípulos (v. 22), Jesús rechaza en un primer momento a la mujer con duras palabras: “No está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros” (v. 26). ¡Ha usado la imagen del perro para referirse a ella!

Parecía que nada podía hacerse. Ella no pertenecía a esas “ovejas perdidas”, pues era griega, de origen sirofenicio (Marcos 7.26). Pero ella no se arredra. Sin negar lo que Jesús acaba de decirle, se atrevió a replicarle: “...hasta los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mateo 15.27).

Y entonces se produce una transformación, no en la mujer, sino ¡en el propio Jesús! Maravillado por la fe y el atrevimiento de aquella extranjera, Jesús accede y le concede su petición.

Cuando Jesús pasa, algo pasa. A veces... en el propio Jesús.

 

Plutarco Bonilla

Tres Ríos, Costa Rica

Enero, 2015

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*Biblia Dios habla hoy. Edición de estudio. Mientras no se indique otra cosa, todas las citas bíblicas en esta serie están tomadas de esta traducción.


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