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Cuando Jesús pasa, algo pasa
(III)


 

Un joven rico y un ciego llamado Bartimeo (Marcos 10.17-25; 46-52)

Dos historias y dos personajes que están como en las antípodas uno respecto del otro.

Veamos:

(a) Uno era joven y rico (Mateo 19.16, 22); el otro, pobre;

(b) uno era un jefe en medio de su pueblo (Lucas 18.18); el otro, un pordiosero;

(c) uno tenía perfecta capacidad visual; el otro era ciego;

(d) uno llegó sin obstáculos a Jesús; al otro trataron de impedírselo;

(d) uno llegó a Jesús con una inquietud del alma; el otro, con una necesidad corporal;

(e) uno no sabía el verdadero valor de lo que pedía; el otro, sí que lo sabía;

(f) uno no estaba dispuesto a pagar el precio por lo que solicitaba; el otro, estuvo dispuesto a abandonar lo poco que tenía.

En este contraste hay algo fundamental que es común en ambas historias y a ambos personajes: los dos le manifiestan a Jesús lo que consideran sus más profundas y urgentes necesidades.

Al rico, la angustia le corroía el alma, porque quería heredar la vida eterna..., aunque al leer la historia queda la duda de cuál sería su comprensión de lo que fuera esa vida eterna que quería obtener. O sea, que sus riquezas, que eran muchas y por mucho que las quisiera –¡y las quería mucho!– no habían sido suficientes para aliviar su angustia vital. Las arcas estarían llenas, pero su vida estaba vacía.

Por su parte, al pobre, al pordiosero hijo de Timeo, al parecer no le angustia tanto la pobreza, que lo obligaba a extender la mano para solicitar la caridad de los que pasaban junto a la puerta de la ciudad, como su ceguera. Pensaba, con toda seguridad, que si se solucionaba lo segundo, lo primero podría remediarse. Por eso, frente a la pregunta de Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?”, la respuesta surge de inmediato sin vacilación alguna: “Maestro, quiero recobrar la vista”.

Es que cuando Jesús pasa, el alma se desnuda y se ve obligada a enfrentarse crudamente a sus propios valores. Y la vida cambia cuando, al paso de Jesús, el alma desnuda... obedece. Y si no obedece, la vida sigue igual... o peor. Los relatos bíblicos son diáfanos a este respecto: el rico, porque tenía muchas posesiones y consideraba que el precio de la vida eterna era demasiado alto, se fue triste... El pobre, que hasta había abandonado lo que probablemente era su única posesión, su manto.... “seguía a Jesús en el camino”.

Plutarco Bonilla

Tres Ríos, Costa Rica

Enero, 2015

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*Biblia Dios habla hoy. Edición de estudio. Mientras no se indique otra cosa, todas las citas bíblicas en esta serie están tomadas de esta traducción.


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