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Consumado es

 

Plutarco Bonilla A.
Viernes Santo
2-abril-2021

Aunque no coincidamos en la fecha precisa del año o de las horas, ya sea por razón del huso horario en que estemos situados o debido al diferente calendario eclesiástico de las diversas comunidades, muchísimos cristianos alrededor del mundo celebran la Semana Santa y, de manera particular, el viernes de dicha Semana. Decimos “de manera particular”, porque hay otro día de esa misma semana que se celebra –o debería celebrarse– “de manera no particular sino particularísima”: el día que fue el de la sorpresa, aunque había sido preanunciado, envuelto en una gloriosa aura de misterio: el Domingo de Resurrección, día de la victoria final, cuyo doloroso preludio lo constituyen los días que lo preceden y cuya secuela se extiende hasta el final de los tiempos.

Ha sido práctica de muchos años, convertida de hecho en tradición, que la predicación u homilía del Viernes Santo se dedique a comentar las llamadas “Siete Palabras” pronunciadas por Jesús desde aquel infame e improvisado púlpito de la cruz, que se tornó en púlpito sagrado.

Hemos escuchado a algún líder evangélico cuestionar que se hable de las siete “Palabras”, pues –dice–, “palabras, lo que se dice ‘palabras’, son más de siete”. Amén de caer en el craso error de una interpretación en extremo literalista, quien eso afirma no toma en cuenta el uso del vocablo “palabra” en nuestro propio idioma. Por ejemplo, no es extraño que en un diálogo entre dos personas, en un determinado momento uno de los interlocutores le diga al otro algo así: “Bueno, te lo explicaré en una palabra” (o: “te lo explicaré en dos palabras”)…, y resulta obvio que tal explicación usa mucho más de una o dos palabras.

Hemos dicho que la cruz se convirtió en púlpito sagrado. Es así, porque las “Siete Palabras” fueron siete concentrados sermones, de gran profundidad en su sencillez, proclamados desde aquella altura, porque fueron dirigidos a los cuatro vientos, para todos los seres humanos. Eran palabras preñadas de significado.

En la ocasión que nos convoca hoy, centraremos nuestra atención en una de esas “Palabras-sermones”, pero la analizaremos en el contexto global de las otras seis y de la situación que las provocó.

Aclarado lo anterior, vaya aquí un dato curioso: Como es ampliamente sabido, el Nuevo Testamento fue escrito en griego. Pues bien, en ese idioma, la palabra que comentaremos más adelante, la sexta, está formada, precisamente, por una sola palabra. Otro tanto sucede con la palabra que la precede: la quinta. En ambos casos, son dos vocablos en nuestra lengua.

1.    Estructura de la Siete Palabras
Las “Siete Palabras” no aparecen todas ellas en un mismo relato, en ninguno de los Evangelios del Nuevo Testamento, pues se encuentran distribuidas en ellos:

Marcos solo menciona una, la cuarta, que repite Mateo. En este caso, se trata de una cita del salmo 22. Pero mientras que Mateo pone en labios de Jesús el texto en hebreo, Marcos lo hace en arameo. Y ambos lo traducen al griego.

Las otras seis palabras están repartidas por igual en Lucas y en Juan: tres en cada uno.
Se ha establecido, tradicionalmente, el siguiente orden en que Jesús las pronunció.

Primera: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23.34).
Segunda: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23.43).
Tercera: “Mujer, ahí tienes a tu hijo […] Ahí tienes a tu madre” (Jn 19.26 y 27).
Cuarta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27.46; Mc 15.34).
Quinta: “Sed tengo” (Jn 19.28).
Sexta: “Consumado es” (Jn 19.30).
Séptima: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23.46).

Unos pocos detalles queremos destacar de este arreglo:

Primero, en la primera palabra, Jesús ora dirigiéndose a Dios como Padre. Y mientras ora, parece olvidarse del terrible dolor que estaba experimentando, para ofrecer, a su Padre, una palabra de intercesión, en la que pide perdón para quienes lo maltrataban.

Recordemos, por un momento, otra escena del pasado de Jesús, según leemos en los Evangelios.

Hacía poco tiempo que Jesús, el galileo de Nazaret, se había dado a conocer como predicador itinerante y como autor de hechos portentosos que beneficiaban a sus conciudadanos. Un día, se habían congregado bastantes personas en la casa donde moraba. Muchas de ellas estaban ansiosas de escuchar sus enseñanzas y, quizás, de recibir algún bien; pero, otras habían acudido para buscar la ocasión para criticarlo y desacreditarlo, porque tanto las palabras como las acciones del predicador cuestionaban lo que ellos hacían. Y, para escándalo de estos últimos, en presencia de todos los congregados, él, Jesús, se había atrevido a decirle a un hombre que estaba confinado a una camilla, porque era paralítico y había sido llevado hasta aquella casa por cuatro amigos, que sus pecados habían sido perdonados. Para aquellos críticos, esas palabras constituían una blasfemia.

Pasaron los años y ahora, Jesús mismo es quien está confinado, y con clavos, a una cruz. Sin embargo, deja a un lado sus sufrimientos y su dolor y pide perdón para quienes lo habían puesto en aquella insufrible situación. Por eso, porque intercede por otros, lo hace dirigiéndose a Dios como a su Padre, y utiliza esa palabra entrañable que nosotros usamos para dirigirnos a nuestro progenitor. No hay que olvidar que el perdón es expresión de amor. Y en esa expresión de amor, él, Jesús, no podía dirigirse a su Dios como si se dirigiera a un Dios justo y justiciero, sino, precisamente, como a un Padre, Padre amoroso, fuente última del perdón y de todo genuino amor. Y recurre –como después habrían de recurrir también Pedro en su discurso ante los judíos cuando en el nombre de Jesús sanó al paralítico, y Pablo en su primera carta a los creyentes corintios–, a una atenuante: “No saben lo que hacen”. O sea, “perdónalos porque no tienen plena conciencia de quién es aquel a quien le están haciendo todo este daño”.

Y en su séptima palabra, cuando todo él está listo para entregar su espíritu, lo hace, con voz fuerte –dice el evangelista–, totalmente confiado en el Dios a quien vuelve a llamar Padre, en cuyas manos él mismo se deposita con total confianza.

El segundo detalle que se destaca en el conjunto de las Siete Palabras es que la cuarta ocupa, exactamente, el lugar central: hay tres antes y otras tres después. A esa Cuarta Palabra nos referiremos más adelante. Solo destacamos ahora este lo que se hace claro en este esquema: Para Jesús crucificado, los otros, primero. Luego, él mismo.
En tercer lugar, hay otro aspecto de la estructura de las Siete Palabras que no deja de sorprender. Ya aludimos a ese detalle, de paso, en un comentario anterior.

Antes que lo clavaran en la cruz, Jesús había sufrido indescriptiblemente: hicieron mofa de él, le pusieron una túnica real y se postraron a sus pies; después, lo golpearon, le incrustaron en su cabeza una corona de espinas, lo llevaron de aquí para allá como si fuera un donnadie, lo azotaron con saña. Y luego, como si todo eso hubiera sido poco, perforaron sus muñecas y sus pies con clavos y lo alzaron en la cruz. Es casi imposible, o imposible del todo, imaginarnos en su intensidad el lacerante dolor que todo ello le fue produciendo, y en escala ascendente.
Sin embargo…

Y sin embargo, sus primeros tres pequeños sermones no fueron de lamento por sus propios sufrimientos, ni de queja contra Dios, ni de protesta contra las autoridades religiosas y políticas. Fueron expresión de amor.
Al comienzo del Evangelio de Juan se afirma que la Palabra se hizo carne. Ahora, el Jesús que pende de la cruz revela que esa Palabra es, también, el Amor que se ha hecho carne. Desde la cruz, el Amor se instaló para siempre en la historia humana.

Pero eso no fue todo.

En cuarto lugar, notamos también que, según la Segunda y Tercera Palabras, Jesús sigue poniendo entre paréntesis su propio sufrimiento, su dolor y su angustia, como si no existieran. De hecho, pasa a preocuparse de aquel otro sedicioso, que defendió al inocente crucificado del desprecio con que su colega de fechorías lo estaba tratando. A ese “buen ladrón”, como lo han calificado algunos utilizando un oxímoron, o sea, una expresión contradictoria, Jesús le dirige palabras de consuelo, seguridad y esperanza: “Estarás conmigo en el paraíso”.

Pero tampoco eso fue todo.

Jesús crucificado pasa entonces a preocuparse por personas muy cercanas a él: por María, su propia madre, que tenía su corazón transido de dolor, pues había sido atravesado por una espada, tal como le había sido profetizado desde hacía más de treinta años. Y también se interesa por el discípulo a quien amaba. A ambos les dirige palabras de cuidado y fortaleza.

Es revelador el desarrollo progresivo de la narración hasta este momento: a Jesús, primero le preocupan “los muchos” (“perdónalos”, “no saben”) que se habían convertido ellos mismos en sus enemigos; después, un extraño (el delincuente que se había arrepentido y le pedía ayuda); y luego dos seres queridos y desamparados (su madre y su amigo). Ratifica así, en la hora de su muerte, lo que él mismo había vivido en vida.

En quinto lugar, entonces, y solo entonces, Jesús se vuelve hacia sí mismo. Como que toma conciencia de lo que está padeciendo.

La Cuarta Palabra representa un punto de inflexión. Cuando las pronuncia, Jesús hace suyas las palabras del comienzo de la oración que se encuentra en el salmo 22, y las cita al pie de la letra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Jesús ora de nuevo. Pero ahora la plegaria es a favor de sí mismo.

Casi inmediatamente antes, según se registra en el Evangelio de Mateo, allí, en la propia escena de la crucifixión, los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, en sus comentarios burlescos también habían recurrido a ese mismo salmo. En efecto, decían: “Ha puesto su confianza en Dios: ¡pues que Dios lo salve ahora, si de veras lo quiere!” (27.43). Para el evangelista, se cumplía de esa manera lo que se afirma en dicho salmo, cuyos versículos 8 y 9 rezan así:

Los que me ven, se burlan de mí;
me hacen muecas, mueven la cabeza
y dicen:

“Este confiaba en el Señor;
pues que el Señor lo libre.
Ya que tanto lo quiere, que lo salve”.

Jesús no se dirige ya a Dios con el entrañable término de “Padre” (“Papá”, “Papaíto”, “Papito”, en nuestro lenguaje familiar). Se refiere a él simplemente como “Dios”: pero como su Dios. Es el Dios que sufre con él.

Jesús se apropia del grito desesperado del salmista. Es la desesperación que produce el insufrible y, al parecer, interminable dolor. Pero ese grito no significa que de verdad considere que Dios lo ha abandonado.  Él, como el salmista, sigue afirmando que Dios es su Dios y que, a pesar de los pesares, aunque no comprenda cómo ni cuándo, lo librará de esa situación.

Nos atrevemos a decir, incluso, que en ese grito Jesús está afirmando que su Dios no es un dios al que acudimos para que nos libre de sufrimientos y de penurias; ni es un dios manipulable. Al proclamarlo como su Dios, está afirmando, eso sí, que es el Dios que sufre con él en aquella precisa hora. Y porque comparte su sufrimiento, este se vuelve más llevadero.

El Dios que Jesús había proclamado a lo largo de todo su ministerio es el Dios que comparte nuestras cargas y, al hacerlas más ligeras, podemos soportar la parte nuestra.

Se manifestará con claridad ese hecho, en la última Palabra, cuando Jesús recupera fuerzas y entrega su espíritu al Padre.

Después de ese oración-clamor, Jesús, sintiendo más intensamente en su propia carne la situación en la que se encontraba, expresa, en la Palabra siguiente, la Quinta, su necesidad física, y dice: “¡Tengo sed!”.

Leamos, pues, lo relativo a esas Quinta y Sexta Palabras. Dice el Evangelio:

Después de esto, plenamente consciente de que todo había llegado a su fin, para que se cumpliese la Escritura, Jesús exclamó:
—Tengo sed.
Empaparon una esponja en vinagre, la colocaron en la punta de una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo:
—Todo está cumplido.
Inclinó entonces la cabeza y expiró.
(Juan 19.28-30)

2.    “Consumado es”.
Como ya señalamos, el Nuevo Testamento fue escrito en griego. En esa lengua se da un fenómeno que es propio también de otras lenguas, si no en todas: técnicamente se llama polisemia. La polisemia consiste en que cualquier vocablo tiene, o puede tener, diversos significados. El contexto en que se use una palabra en concreto determinará qué significado le corresponde. Sin embargo, a veces se presentan situaciones englobantes o ambiguas.

En cuanto a la expresión que constituye esta “Sexta Palabra”: “Consumado es”, en griego, ya lo dijimos, se trata de un solo vocablo de una forma verbal en la voz pasiva. En la traducción de Reina-Valera, el verbo que se usa es “consumar”. Pero el verbo griego puede tener varios significados: “perfeccionar, completar, terminar, acabar, consumar, cumplir”. Ese hecho explica la variedad de traducciones que hemos podido verificar en las diversas versiones de ese pasaje que hemos consultado. Así, unos traducen Todo está cumplido;(1) otros, Todo está consumado;(2) y aun otros Todo está concluido o Todo ha terminado(3).

Como puede percibirse claramente, estas interpretaciones se reducen a dos: Una pone el acento en la idea de cumplimiento cabal; la otra enfatiza el aspecto temporal.

Por eso, nos preguntamos: ¿qué quiso decir Jesús con esa exclamación?

Trataremos de responder a esta pregunta tomando en cuenta los relatos de los evangelistas.

(A)   Jesús fue consciente durante todo su ministerio de la diferencia entre el transcurrir general del tiempo y el tiempo oportuno o propicio para que algo aconteciese.

       Esto se expresa por medio de la frase “ha llegado la hora” (con sus diversas variantes, incluidas las negativas: “no ha llegado la hora”). Aunque tal expresión la usa Jesús, según los relatos de los Evangelios, y en especial, según Juan, no solo respecto de sí mismo sino también respecto de sus propios discípulos y hasta de sus enemigos,(4) señalamos ahora solo un caso en los que se refiere a él mismo, pues más adelante mencionaremos otros.

En cierta ocasión les dice a sus seguidores: “Les he dicho estas cosas poniéndoles comparaciones, pero viene la hora en que ya no les pondré más comparaciones, sino que les hablaré claramente acerca del Padre” (Jn 16.25).

       Expresiones como esta no han de interpretarse como si se trataran de fatalidades, que ya estaban predeterminadas inexorablemente. Representan, más bien, la agudeza del propio Jesús para leer los acontecimientos de los que él y sus discípulos eran protagonistas y deducir su significado y sus consecuencias. Es la relación de causa y efecto: poco a poco, Jesús iba percibiendo que tanto sus enseñanzas como sus obras de sanidad le concitaban la animadversión, la enemistad y el odio a muerte de quienes ostentaban el poder religioso y social y usaban ese poder para beneficio propio explotando al pueblo. Por eso, Jesús veía venir lo que finalmente llegó.

(B)    Todo lo anterior significa, así mismo, que Jesús era consciente de su propia temporalidad y podía distinguir entre las diferentes etapas de su vida y la etapa final, especialmente en relación con su misión.
       De ahí que, en determinados momentos, Jesús decidía seguir en una dirección distinta a la que querían sus discípulos. En ocasiones los tomó por sorpresa.

       Poco después de haber comenzado lo que llamamos su “ministerio público”, Jesús se había ido a un lugar apartado para estar a solas y orar. Sus discípulos salieron a buscarlo, porque quienes ya habían sido testigos y beneficiarios de sus enseñanzas y de sus obras portentosas andaban preguntando por él. Cuando lo encuentran y le informan, Jesús acepta dejar su lugar de recogimiento, pero les dice a sus seguidores que no irá a donde ellos querían, sino en otra dirección, a otras partes donde también había poblaciones que necesitaban escuchar las buenas nuevas del reino (Mc 1.35-39). (Al pensar en esto, me he preguntado: ¿no es esta una indicación de que no debemos pretender que Jesús nos siga, sino que somos nosotros lo que debemos seguirlo?).

       Además, en varias ocasiones Jesús se refirió a “su hora”:

** En las bodas de Caná (según se relata en Juan 2), ante la intercesión de su madre, Jesús le reclama con palabras algo tajantes: “¡Mujer! ¿Qué tiene que ver esto con nosotros? Mi hora no ha llegado todavía” (v. 4).

** Y también de ciertos acontecimientos futuros: Al hablar de ellos y de “la venida del Hijo del hombre”, afirmó que “del día y la hora nadie sabe” (Mt 24.36).

       **En otras situaciones, cuando sus opositores intentaron prenderlo, se nos dice que “ninguno le echó mano, porque no había llegado su hora” (Jn 7.30; cf. 8.20).

**Pero sí habría de llegar “la hora”:
       —“para que el Hijo del hombre sea glorificado” (Jn 12.23);
       —“para que pasara de este mundo” (Jn13.1);
       —para que sus discípulos lo abandonaran (Jn 16.31);
       —para que el Padre glorificara a su Hijo (Jn 17.1).

¿Qué implica todo esto? ¿Cuál era esa su hora?

Era la hora de la consumación, expresada en el Quinto mensaje que Jesús proclamó desde la cruz: el “Consumado es”. Este tiene diversos significados e implicaciones:

— Significa que todo había acabado, todo había terminado: su infancia y su viaje con sus padres a Egipto para huir de la tiranía de Herodes, con lo que se convierte en el primer exiliado político del Nuevo Testamento; su ministerio; su relación con sus seguidores; sus polémicas con los dirigentes de su pueblo; sus milagros en tierras de Palestina y en Tiro y Sidón; su entrega sin reservas; sus sufrimientos. Y hasta sus ilusiones. Todo había llegado a su fin. Lo señalado para su hora se había completado.

—Pero significa, sobre todo, que todo había terminado a la perfección. Las obras que vino a realizar, las enseñanzas que vino a dejar, las relaciones que vino a establecer, todo, todo se había consumado a la perfección. También sus sufrimientos y su muerte.

—Significaba, por tanto, que, respecto de esa misión, ya nada podía añadirse. La redención del ser humano no necesitaría ya sacrificio alguno. Su sangre, es decir, su vida que se acababa, la estaba sellando. Él había dicho que había venido a buscar y salvar lo que se había perdido. Y lo cumplió a cabalidad.

Por todo ello, y como sacando fuerzas de su debilidad y flaqueza, dice el Evangelio que, al puro final, en lo que consideramos la Séptima Palabra, “Jesús lanzando un fuerte grito, dijo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’” (Lc 23.46). Ya no era un grito de dolor, de protesta o de reclamo. Retoma la Palabra amorosa, pues era el grito que preludiaba el triunfo: al Padre amoroso le entregaba Jesús su espíritu, y, con su espíritu, una obra perfectamente consumada: había consumido su vida para consumar su misión.

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No obstante, algo faltaba… Pero eso quedaba fuera del ámbito de la tarea que él, Jesús –la Palabra y el Amor hechos carne–, debía llevar a cabo.

Habría que esperar unos días para que, con su Resurrección, se pusiera la definitiva firma validadora de todo lo que había acontecido.

De ello se hablará el Domingo de Resurrección en todas las comunidades cristianas del mundo, y exclamaremos: ¡Porque Cristo resucitó, hay esperanza!

Terminamos estas reflexiones con las palabras del soneto “Todo se ha consumado”, del poeta español David Estevan:

Todo se ha consumado
Todo acabado está, todo cumplido:
tu sed, tu desamparo, tus sudores;
ya todos los martirios y dolores
en tu cáliz amargo has consumido.

Tu sangre redentora ha detenido
de la justicia eterna los rigores;
ya en tu frente augusta los albores
del Cielo que tu amor me ha conseguido.
Todo, Señor, no acaba, algo perdura;
la Luz de tu verdad que ilumina,
la infamia de tu Cruz que me tortura,

tu ejemplo, tu moral y tu doctrina,
tu amor, tu sacrificio y tu victoria,
todo acaba, Señor, menos tu gloria.

¡A Dios sea la gloria y a él vaya nuestra gratitud!

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(1) Con las variantes con el “todo” o sin ese “todo”: “todo se ha cumplido”, “se ha cumplido”, “está cumplido”, “cumplido está”.

(2) O “consumado es”.

(3) O “queda terminado”.

(4) Véase: Respecto de sus discípulos: En una de las enseñanzas preparatorias que dirige a sus discípulos cuando los envía en misión, Jesús los pone sobre aviso porque habrían de enfrentar situaciones difíciles ante las autoridades. Les dice: “Pero cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis, porque en aquella hora os será dado lo que habréis de hablar” (Mt 10.19, R-V60). Y en otra ocasión los previene de la siguiente manera: “Os expulsarán de las sinagogas, y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate pensará que rinde servicio a Dios” (Jn 16.2). Respecto de los enemigos: Cuando la guardia del Templo arresta a Jesús, él los increpa con estas palabras: “Todos los días he estado con ustedes en el templo, y no trataron de arrestarme. Pero esta es la hora de ustedes, la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22.53).

 

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