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Con Jesús en la escuela de teología


Dedico este artículo a Rubén Bernal Pavón, amigo y estudiante de teología, y, con él, a todos los que siguen esos mismos estudios.



Preliminares

Las actuales instituciones de educación teológica cristiana tienen, muy probablemente, sus antecedentes más remotos, como tales instituciones, en las escuelas catequéticas del cristianismo primitivo.

Según el testimonio que leemos en los escritos del Nuevo Testamento, cuando alguien oía el mensaje de las buenas nuevas –el evangelio–, lo entendía y lo aceptaba, era de inmediato incorporado a la nueva comunidad por medio de la ceremonia iniciática del bautismo. Esa comprensión  y aceptación del mensaje tenía como trasfondo el hecho de que esos primeros conversos habían sido educados en el judaísmo y esperaban al mesías que ahora se les presentaba. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo sin que se hiciera patente un hecho indubitable: no todos los que se bautizaban habían aceptado de veras el evangelio o habían comprendido realmente el significado del paso que habían dado. Quizás, lo habían aceptado a la ligera, sin ser conscientes de todo lo que implicaba tal decisión. Casos como los de Ananías y Safira podrían ser ejemplo de las complejidades propias de un movimiento que se abría paso dentro del judaísmo. El propio Jesús ya lo había previsto cuando contó la parábola del sembrador.

También las epístolas del Nuevo Testamento –incluidas las siete cartas que son parte del Apocalipsis– dan testimonio de las dificultades internas a las que tenía que hacer frente el naciente cristianismo.

Como intento de reducir al mínimo esos problemas –ya que eliminarlos del todo habría sido imposible–, se creó la institución dedicada a la catequesis (o catecumenado). La palabra misma, que proviene del griego, revela su intención. En efecto, “catequesis” es palabra griega (katēchēsis) derivada del verbo katēcheo, que significa “instruir en voz alta”. No hay que olvidar el lugar que ocupaba, en aquellos primeros tiempos del cristianismo, la transmisión del conocimiento por vía oral. Los mismos textos de los Evangelios canónicos tienen tras sí una historia de tradición oral.

La sencilla estructura de la catequesis inicial –de la que encontramos señales en el Nuevo Testamento– fue poco a poco haciéndose más compleja, con miras a satisfacer las necesidades de una comunidad en crecimiento. En el siglo II, Justino, que se había convertido al cristianismo y que había sido director de una escuela de filosofía, continúa utilizando la capa que lo identificaba como tal y se dedica a enseñar la fe cristiana. Este fue un esfuerzo personal.

Pero también se organizó la catequesis de tal manera que se formaron escuelas que llegaron a tener gran prestigio por estar vinculadas a nombres de pensadores cristianos que, por su conocimiento y sabiduría, adquirieron gran renombre. Así, por ejemplo, la Escuela de Alejandría, que alcanzó mucha fama bajo la dirección de personajes como Panteno (su fundador), Clemente de Alejandría y Orígenes. Aunque sin que gozara de la organización de esta Escuela, se habla también de la Escuela de Antioquía, porque en esta ciudad desarrollaron su pensamiento varios teólogos cristianos de similar posición teológica –como, por ejemplo, Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo–, de tendencia literalista, opuesta al alegorismo que caracterizó al pensamiento alejandrino. Orígenes fue el máximo exponente de esa tendencia alegorizante en la interpretación de las Escrituras. (Para más detalles sobre este período, véase la siguiente obra: Ramón Domínguez Balaguer, Catequesis y liturgia en los Padres. Interpelación a la catequesis de nuestros días. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1988, especialmente el capítulo 2, páginas 23-81).

 

Estas Escuelas desaparecieron con el pasar del tiempo, y durante la Edad Media hubo, en la Europa “cristiana”, un amplio descuido de la enseñanza, por lo que, en términos generales, predominó, entre la población que se consideraba cristiana, la ignorancia en asuntos de religión. Pero no hemos de llamarnos a engaño, pues consideramos que no debemos hablar de ese período como de “oscurantismo”, como ha solido hacerse. En esa época fue cuando surgieron las primeras instituciones de educación superior que más tarde habrían de ser conocidas como universidades. Estas, con las transformaciones propias del transcurrir del tiempo, han perdurado hasta la actualidad. En aquellas instituciones se mantuvo viva la reflexión sobre los distintos campos del saber humano.

Por lo que podríamos denominar “el espíritu de la época”, esas nacientes universidades se organizaron alrededor de la enseñanza de la teología y representaban, como es natural, diferentes corrientes dentro del saber de las cosas divinas. De ahí que no resulte extraño que, pasados unos siglos, algunas de las grandes universidades de los Estados Unidos de América fueran creación de iglesias protestantes que querían centros de alto nivel académico en el que se formaran sus propios ministros.

Con el tiempo, muchas de las escuelas o facultades de teología se independizaron de las universidades. O, dicho desde otra perspectiva, quizás más precisa, las universidades se liberaron de la tutela de la teología y de la religión organizada, y siguieron su propio camino. Hasta hoy.

Surgen entonces otras instituciones vinculadas a los diversos organismos religiosos y dedicadas a la formación de profesionales de la religión. En el mundo cristiano suelen llamarse “Seminarios”, “Facultades de Teología” o “Seminarios Teológicos” (“Seminarios Bíblicos”, “Institutos Bíblicos”, etc.).

Al analizar cómo funcionan estas últimas actualmente, es fácil verificar que la conforman ciertos elementos permanentes, aunque el énfasis que se le dé a cada uno de ellos o la importancia que se le asigne pueda variar de institución a institución.

En los Evangelios

Cuando leemos los Evangelios, en particular el de Marcos, y prestamos atención a lo que se nos informa de la relación de Jesús con sus discípulos, puede comprobarse que, de una u otra manera, esos elementos que hemos mencionado formaron parte esencial de esa relación. En efecto, podemos afirmar que Jesús establece, con sus discípulos, una especie de escuela de teología, unidocente e itinerante.

Analicemos los siguientes aspectos, referidos concretamente al Evangelio de Marcos. (2)

1. Matrícula

Este es el primer paso que hay que dar para ingresar a una escuela de teología. Lo particular de esta escuela en concreto consistió en que los candidatos a ingresar lo eran por invitación, ya fuera expresa ya fuera general, del Maestro (pues, como ya señalamos, esta es una escuela unidocente):

(a) Invitación expresa e individualizada:

“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”, dirigida a Simón, Andrés, Santiago y Juan (1.18, 20).

“Sígueme”, dirigida a Leví (2.14).

“Llamó a los que le pareció bien” (3.13).

“Luego vuelve y sígueme”, dirigida al hombre rico (10.21).

(b) Invitación general. Es Mateo (11.28) quien registra la más clara invitación de este tipo:

“¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!”.

Pero Marcos también registra otras invitaciones generales, condicionadas a la voluntad de los invitados:

“Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá... seguirme” (8.34).

O sea, que por una parte hubo un proceso de selectividad (de quienes llegarían a ser líderes) y, por otra, una invitación a todos los que quisieran “ingresar” a esta peculiar escuela de teología.

 

2. Programas de estudios

Los programas de “estudio” están dirigidos a esos dos grupos diferenciados:

(a) El primero de dichos grupos está constituido por un conjunto de personas muy reducido al principio, pero que fue en aumento. Para ellos, el programa consiste en lo siguiente:

**   Estar con Jesús

       La definición de esta parte programática es directa, sin dejar lugar a dudas. “Venid conmigo” (o, como traducen otras versiones: “Venid en pos de mí”), les dijo Jesús de una vez a quienes serían sus primeros alumnos (1.16-20). Y a otro, llamado Leví, lo invitó con una sencilla expresión: “Sígueme” (2.14). Se trataba de una llamada con exigencia radical, como se revela muy bien por la reacción de quienes respondieron positivamente y siguieron de inmediato a Jesús: los primeros lo dejaron todo –redes, al padre de dos de ellos, a los jornaleros, la barca–, y el otro se levantó y dejó el puesto donde estaba cobrando los tributos al pueblo.

Luego, cuando el grupo comienza a crecer y era necesario establecer una rudimentaria organización, volvió a llamar a los mismos y a otros para que estuvieran con él (3.14).

El principio fundamental que va a regir en esta “institución” educativa será que la prioridad absoluta la tendrá la relación personal con el fundador-maestro: no la enseñanza teórica –que también la habrá– sino la comunión directa con aquel que enseña.

El maestro es, como tal, guía, pero también, y sobre todo, compañero. El aprendizaje fundamental lo obtendrán aquellos primeros alumnos en el trato personal, cotidiano, con su maestro. Esto incluía, por supuesto, la enseñanza oral, pero no se limitaba a ella. Se trataba, más bien, de la enseñanza-aprendizaje que se adquiriría al enfrentar juntos –maestro y alumnos– los retos y dificultades, las alegrías y las esperanzas, las frustraciones y los éxitos que la vida en común les deparara. En otras palabras: los alumnos estaban llamados a convertirse en discípulos. En ese trato, ellos aprenderían cuál era el verdadero sentido de su vocación.

**   Salir a predicar

       Casi inmediatamente después que Juan el Bautista fue encarcelado, Jesús regresó a Galilea y comenzó a predicar que el reino de Dios se había acercado y, precisamente por eso, llamaba de nuevo al pueblo a arrepentirse y aceptar con fe esa buena nueva. De ahí que no sea extraño que una de las primeras responsabilidades que él asignó a aquellos a quienes llamó fue que hicieran lo mismo: que salieran a proclamar esa buena noticia.

De hecho, ese fue el centro de la actividad de Jesús. El texto es claro al dejar constancia de ello, cuando registra las palabras que Jesús les dirige a sus discípulos, al querer estos que él regresara a Cafarnaún, donde el pueblo lo buscaba:

Vayamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para proclamar allí el mensaje, pues para esto he venido. Así recorrió toda Galilea proclamando el mensaje en las sinagogas y expulsando demonios.

(1.38-3)

Se trataba, fundamentalmente, de predicación “evangelística”, o sea, de la proclamación que buscaba de los oyentes la decisión inicial: arrepentimiento y fe en la realidad de la presencia de Dios entre los seres humanos, presencia que se hacía patente en la persona del predicador de Nazaret.

La palabra “predicar” y sus derivados tienen hoy cuasipomposas resonancias porque tenemos tras nosotros una larguísima tradición de oratoria sagrada y de exigencias impuestas por su propio desarrollo. En la “escuela” de la que nos ocupamos, la preocupación principal no radicaba en el desarrollo de las artes retóricas, sino en la transmisión de un mensaje sencillo que, además, no debía ser muy extraño para los galileos: el mismo que el propio Jesús estaba proclamando. Hemos de tener en consideración, así mismo, quiénes eran aquellos primeros alumnos-predicadores, que no fueron escogidos de entre los letrados de la región.

**   Recibir y ejercer poder

       Dice el evangelista que a aquellos a quienes había escogido –y a quienes desde muy temprano llamó “apóstoles”– también les dio poder para “expulsar demonios” (3.14). Es interesante notar que las respectivas narraciones que de este mismo hecho nos ofrecen tanto Mateo (10.1-4) como Lucas (6.12-16) muestran algunas diferencias.

Mateo explicita que Jesús “dio autoridad” a aquellos doce discípulos y que esa autoridad era “para expulsar espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”. Después de mencionar los nombres de los Doce, registra el evangelista un largo discurso (10.5-42) en el que Jesús imparte a esos Doce instrucciones de cómo deberían cumplir con el mandato que les dio y de cómo deberían usar el poder que les había conferido.

Lucas, por su parte, se limita a afirmar que Jesús, después de pasar la noche en oración, “cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos y escogió de entre ellos a doce, a quienes constituyó apóstoles” y pasa a mencionar de inmediato los nombres de los doce elegidos. Nada dice de la misión que les encargaba. Sin embargo, sigue diciendo el evangelista que Jesús enseñaba y curaba a los enfermos y a los poseídos por espíritus impuros y que todo el mundo quería tocarlo “porque de él salía una fuerza que los curaba a todos” (Lucas 6.17-19).

Como ya hemos visto, cuando Jesús decide iniciar su misión lo hace –según el relato de Marcos– predicando, llamando a los primeros discípulos y sanando a un endemoniado y a una mujer enferma. Y ahora, de acuerdo con el mismo evangelista, Jesús llama a doce individuos para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar (es decir, para “ganar” nuevos discípulos) y para expulsar espíritus impuros. O sea, que su propia actividad se constituía en el patrón que los discípulos debían seguir.

(b) El segundo grupo estaba integrado también por personas llamadas a “matricularse” en esta escuela de teología. Pero en este caso, esa llamada se hacía en términos generales, no por nombre ni por selección especial. Jesús dice a quienes lo escuchaban:

“Convertíos y creed en la buena noticia” (1.15).

“Vayamos... a las aldeas cercanas, para proclamar allí el mensaje” (1-38).

“Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme” (8.34).

No hay, en estos casos, encargos específicos, como los que se le dio al otro grupo. Lo que está implícito aquí es que a esos seguidores se les pide vivir de acuerdo con los valores del reino que se ha acercado y del mensaje que han aceptado. Por supuesto, también los otros están sujetos a esos mismos principios, que son para todos sin excepción.

3. Teología práctica

Las explicaciones sobre en qué consistían las responsabilidades de quienes eran llamados no se agotaban en ellas mismas. Esto se manifiesta en el relato evangélico de dos maneras:

(a) La primera era que Jesús enseñaba a sus alumnos-discípulos “sobre la marcha”. Mientras se trasladaban de un lugar a otro en su itinerario misional, Jesús los iba instruyendo:

Se fueron de allí y pasaron por Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Les explicaba que el Hijo del hombre iba a ser entregado a hombres que lo matarían, y que al tercer día resucitaría.

(9.30-31; véase también 10.32-34)

 

Lo que nos interesa de estos casos es que sus respectivos contextos muestran que estas enseñanzas las impartía Jesús mientras recorrían pueblos y aldeas de Galilea para predicar la buena nueva y realizar obras de sanidad. En otras palabras, parte esencial de la instrucción consistía en que los discípulos eran testigos oculares de lo que el Maestro hacía.

(b) Pero eso no era suficiente. El segundo aspecto del elemento práctico de esta escuela de teología que el evangelista destaca tiene que ver, precisamente con las actividades que los propios alumnos-discípulos tenían que llevar a cabo, además del aprendizaje que adquirieran por lo que presenciaban. Así, cuando Jesús los llama y los inviste de poder, también los envía. Y aquellos Doce salieron a cumplir con el mandato. Dice el texto:

Andaba Jesús enseñando por las aldeas de alrededor, cuando reunió a los doce discípulos y empezó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus impuros. Les ordenó que no llevaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en el bolsillo; que fueran calzados con sandalias y no llevaran más que lo puesto. [...] Los discípulos salieron y proclamaron la necesidad de la conversión. También expulsaron muchos demonios y curaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite.

(6.6b-9, 12-13)

 

Después se reportarían ante el maestro: “Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le comunicaron todo lo que habían hecho y enseñado” (6.30).

Y cuando aumenta el número de discípulos, Jesús los vuelve a enviar; pero ahora son setenta y dos, según nos informa Lucas:

Después de esto, el Señor escogió también a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a todos los pueblos y lugares a donde él pensaba ir. Les dijo:

—La mies es mucha, pero son pocos los obreros. Por eso, pedidle al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en marcha!

(10.1-3)

 

Y de nuevo les da indicaciones de cómo debían comportarse y de cuál era la misión que se les encargaba: “Curad... y anunciad: ‘El reino de Dios está cerca de vosotros’” (10.9).

Como en el caso del envío de los Doce, los Setenta y dos también regresan para rendir informe al Maestro:

Los setenta y dos volvieron llenos de alegría, diciendo:

—¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!

Jesús les contestó:

—He visto a Satanás que caía del cielo como rayo. Os he dado autoridad para que pisoteéis las serpientes, los escorpiones y todo el poder del enemigo, sin que nada ni nadie pueda dañaros. Pero, aun así, no os alegréis tanto de que los espíritus malignos os obedezcan como de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

(10.17-20)

 

La teología práctica de esta escuela no es la teoría de cómo debe ser la teología práctica, sino que es la puesta en  práctica de esa teoría teológica.

Los envíos –tanto de los Doce como de los Setenta y dos– reflejan así mismo otras características de esta experiencia: primero, que la misión que se les encarga no es de realización individualista, pues van siempre acompañados; y segundo, que a los estudiantes se los pone a prueba, pues el envío es también una especie de examen. No como examen teórico “en papel”, sino sobre lo aprendido tanto por lo que vieron hacer al Maestro y por lo que lo oyeron decir, al ser testigos presenciales de sus actividades, como, muy probablemente, por participar ellos mismos de alguna manera en esas mismas actividades.

Esa prueba dio, al parecer, resultados mixtos.

Por una parte, los discípulos ejercieron el poder que Jesús les había conferido, y lo ejercieron para hacer lo que Jesús les había ordenado: proclamar la necesidad de la conversión y curar enfermos y expulsar demonios.

Pero por otra, y según siendo informado por Lucas en el relato del envío de los Setenta y dos, parece que esos discípulos no habían comprendido del todo el verdadero sentido de poseer ese poder y de ponerlo en práctica. Al ver lo que sucedía cuando daban órdenes en el nombre de Jesús, se sintieron  contentos porque se sintieron poderosos: “¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!”. Ese “¡Hasta los demonios...!” revela la tentadora satisfacción del ejercicio del poder, la tentación que se hizo presente, según el relato bíblico, desde los mismos orígenes de la humanidad: “Seréis como dioses”.

Aquellos discípulos de Jesús no se habían percatado de que el poder con que Jesús los había investido era un regalo de Dios, no para que se sintieran poderosos (o sea, no para beneficio de ellos mismos), sino para el servicio a los demás. Por eso Jesús les dice que hay realidades superiores, que son las realidades por las que los discípulos debían alegrarse de veras: que sus nombres estaban escritos en el cielo.

4. Examen final

El examen final tuvo, en esta escuela, dos etapas u oportunidades.

La primera resultó en un resonante fracaso para los examinados.

Cuando llegó la hora definitiva de la prueba y el Maestro iba a enfrentar los momentos más difíciles de su vida, sus seguidores, a pesar de que él había tratado de que estuvieran advertidos, dejaron de seguirlo. En su sencillo lenguaje, el evangelista Marcos lo dice sin ambages y de manera elocuente: “Y todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (14.50). A uno de ellos, lo retrata para la posteridad así: “Judas, el traidor” (14.44), y quien parecía ser –y probablemente lo era– el líder del grupo –Pedro– lo niega con palabras que revelan un gran miedo: “Ni sé quién es ese ni de qué estás hablando”, le dice a una criada que lo había identificado como seguidor de Jesús: “Oye, tú también estabas con Jesús, el de Nazaret” (14.68 y 67, respectivamente).

Pero el Maestro tenía “un as bajo la manga”..., y les dio a sus alumnos-discípulos una segunda oportunidad. Venció aquella terrible hora de angustiosa agonía y, a pesar de que lo habían abandonado, toma la iniciativa y los vuelve a llamar. Los busca de nuevo y ratifica la misión que les había encomendado previamente. La duda y la frustración por el fracaso que habían experimentado embargaban a quienes habían fallado, pero Jesús no se da por vencido. La derrota definitiva no entraba en sus planes. Se les aparece resucitado e insiste en el llamamiento. Les promete, además, una nueva infusión de poder y les deja bien claro que ese poder, igual que el anterior, es ante todo y sobre todo para ser testigos.

5. Graduación

El Maestro se fue, aunque prometió su presencia permanente. Además, dijo que enviaría a su Abogado-Consolador, quien hablaría a los alumnos de asuntos relativos al Señor ausente.

Con ello, para estos se iniciaba una nueva etapa y se les ampliaba el horizonte de su actividad. El Señor resucitado les dejó un mandato específico que significaba el rompimiento de las fronteras geográficas, cuyo límite último habría de ser “el último rincón de la tierra” (Hechos 1.8).

Y llega el día de la graduación. El discípulo que había negado a su maestro y a quien este había reintegrado a la plenitud de comunión con el resto de sus compañeros de discipulado, Pedro, sería el encargado de dar el “discurso” de la ocasión. Ante una multitud y en medio de acontecimientos sorprendentes, Pedro habla. Tan poderosa es su palabra –ya lo había predicho el Maestro–, que, pasado un momento, desde aquella multitud lo interrumpen, conmovidos por lo que estaban oyendo, y... aquel mismo día aumenta considerablemente el número de seguidores del Maestro resucitado, a quien reciben como el Enviado de Dios, Señor y Salvador.

Se inicia así “oficialmente” el ejercicio profesional de aquellos graduados que ahora constituyen una comunidad de discípulos.

Se inicia así la misión de la Iglesia.

Y continúa hasta el presente.

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Los textos bíblicos se citan de La Palabra. El mensaje de Dios para mí (Madrid: Sociedad Bíblica de España, 2011)
(2)Aunque haremos alguna mención de los otros Evangelios, cualquier referencia que se dé sin indicar el nombre del libro o sin que se haga alusión a su autor, es cita de Marcos.


Plutarco Bonilla Acosta
Tres Ríos, Costa Rica
Junio, 2016


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