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¿Babel en una sola lengua?
o
¿Son necesarias tantas traducciones de la Biblia?


Hubo tiempos cuando:

  • era prohibido traducir la Biblia a nuestra lengua materna, la lengua que aprendimos a hablar cuando aprendimos a mamar la leche materna;
  • era prohibido poseer un ejemplar de la Biblia traducida “al vernáculo”;
  • era prohibido –en la práctica al menos, si no en teoría– traducir la Biblia desde los textos en las lenguas originales;
  • los protestantes españoles nos enorgullecíamos de tener la única traducción de la Biblia a nuestro idioma hecha con base en los idiomas originales: la conocida como “Versión Reina-Valera”;
  • los protestantes españoles nos enorgullecíamos, además, de que teníamos acceso relativamente fácil –aunque no exento de algunas dificultades, según los vaivenes de la política del país– a un ejemplar de las Sagradas Escrituras en nuestra lengua;
  • también nos gloriábamos de publicar, leer y usar Biblias sin notas marginales o al pie, excepto aquellas que solo incluían referencias a otros textos de la misma Biblia.

Pero los tiempos han cambiado y, con ellos, las situaciones que ahora todos vivimos en relación con este tema:

  • Biblistas pertenecientes a la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR) han hecho traducciones –muchas de ellas de excelente calidad– de toda la Biblia o del Nuevo Testamento, utilizando como textos base los escritos en los idiomas originales;
  • biblistas protestantes e instituciones protestantes dedicadas a la traducción y promoción de las Escrituras sagradas han puesto en el mercado nuevas traducciones de la Biblia, por lo que se ha roto el monopolio de uso que, de facto, ejercía la versión mencionada antes;
  • biblistas protestantes y catolicorromanos han trabajado codo a codo para producir varias de las conocidas como “traducciones interconfesionales” de la Biblia;
  • instituciones protestantes han estado produciendo ediciones de la Biblia con notas de muy diversa naturaleza, por lo que se ha roto, en buena medida, con la objeción que antes los protestantes lanzábamos contra las “Biblias católicas”.

[Nota aclaratoria: acabamos de escribir la expresión “Biblias católicas” así, entrecomillada, por cuanto no es ese el lenguaje que consideramos apropiado y por concesión a cierto uso popular. La Biblia es la Biblia. Y de ellas hay ediciones preparadas por biblistas católicos (ediciones que cuentan con el imprimátur de la autoridad correspondiente de la ICAR), ediciones preparadas por biblistas protestantes y ediciones preparadas por equipos interconfesionales de biblistas. Las casas editoriales suelen ser protestantes, católicas o protestantes y católicas, que colaboran según acuerdos propios. Por otra parte, el canon es el que corresponde al que hayan definido las comunidades representadas por los biblistas y por las instituciones publicadoras].

Puesto que el panorama ha cambiado, y casi radicalmente, en el mundo protestante de habla castellana han surgido voces de inconformidad con la situación presente. La pregunta suele escucharse con relativa frecuencia: “¿Son necesarias tantas traducciones de la Biblia?”. Pero a esa pregunta, hecha generalmente en todo cortés, le subyace otra pregunta (o afirmación) que muestra que la inconformidad o disconformidad tiene matices de malestar y de oposición: Todas esas traducciones, ¿no están creando confusión entre los lectores creyentes? ¿A cuál de todas ellas se le debe hacer caso?

Por la naturaleza de este escrito, vamos a limitar nuestra reflexión, y brevemente, a lo que tiene que ver con las ediciones protestantes (con algunas observaciones que serían válidas para cualquier traducción de la Biblia).

1.   La lengua, toda lengua, es como un ser vivo. Sus transformaciones son constantes. Basta una vida medianamente larga para que cualquier persona se percate de los cambios producidos en su propio idioma: palabras y expresiones que desaparecen; palabras y expresiones nuevas que se incorporan al uso; palabras que pasan de ser comunes a ser palabras cultas y a la inversa; construcciones gramaticales que se vuelven obsoletas (recuérdese aquel “¿cúya es esta imagen y esta inscripción?”, de la pregunta de Jesús por la imagen impresa en una moneda: Marcos 12.16, en la Reina-Valera de 1909) y otras que toman su lugar; palabras que cambian de significado; palabras que cambian su ortografía. Por tanto, una primera observación indica que con determinada frecuencia es necesario actualizar el lenguaje. Cipriano de Valera hizo ese trabajo (en 1602) después de 33 años de publicada la obra de Casiodoro de Reina (en 1569).

Alguien podría objetar que eso no implica, necesariamente, que tengan que hacerse nuevas traducciones. Bastaría con hacer las revisiones continuas y pertinentes de una traducción concreta, como es el caso de la Reina-Valera.

Pero el asunto no es tan sencillo.

2.      Cuando don Casiodoro de Reina y, luego, don Cipriano de Valera llevan a cabo su monumental tarea, la comunidad académica que tenía acceso a los documentos antiguos contaba solo con unos pocos manuscritos del NT. De hecho, cuando el roterodamense Erasmo publica su primera edición del NT griego, tenía a su disposición, del libro de Apocalipsis, solo un manuscrito, al que le faltaba la última página (que él suplió con una retrotraducción del latín al griego). Hoy, entre manuscritos completos y parciales del Nuevo Testamento se cuenta con más de cinco mil.

A esto que acabamos de decir hay que añadir unos cuantos datos, para formarnos una idea de la complejidad de la situación: (1) los descubrimientos de nuevos manuscritos del NT han hecho que ahora se posean manuscritos griegos mucho más antiguos que aquellos que fueron publicados en el siglo 16 y que fueron la base de muchas traducciones de ese siglo y de los dos siguientes. Eso quiere decir que tales manuscritos que han venido descubriéndose corresponden a un período mucho más cercano a lo que debieron ser los autógrafos (o textos originales); (2) entre esa cantidad de manuscritos, según ha señalado el profesor Metzger, no hay dos que sean absolutamente iguales. Las diferencias entre los manuscritos se conocen como variantes o lecturas, que lo son unas respecto de otras, no respecto de un manuscrito ideal (u original) que no existe; (3) el texto que sirvió de base a la traducción de Reina es considerado por los críticos textuales, con relativamente pocas excepciones, como perteneciente a la familia de textos de inferior calidad.

Frente a estos hechos (presentados en forma tan simplificada), la pregunta es obvia, especialmente en la tradición protestante que no tiene una Biblia “oficial” (como sí la tiene, por ejemplo, la Iglesia Ortodoxa, para la que la versión griega de la Septuaginta es el texto aceptado para el AT y el llamado “texto eclesiástico” para el NT): ¿cuál debe ser la base textual de las traducciones que del NT se hagan?

La respuesta a la pregunta anterior es, desde nuestra perspectiva, que esa base debe ser aquel texto que represente lo que se considere más cercano a lo que debieron ser los originales. Como consecuencia de ello, la gran mayoría de las traducciones contemporáneas se basan en el llamado “texto crítico”, que es un texto ecléctico, resultado del análisis de los documentos (manuscritos) conocidos y de todas las variantes que en ellos se encuentran. El Instituto para la Investigación del Texto del Nuevo Testamento y Sociedades Bíblicas Unidas han publicado un texto unificado del NT griego, que ha sido utilizado como texto base en gran número de las traducciones hechas por biblistas de todas las confesiones. El biblista y traductor católico José María Bover publicó también una respetada edición del texto crítico (posteriormente revisada por Josep O’Callaghan).

La conclusión es obvia: las diferencias que haya en la base textual que se escoja afectan las traducciones que del NT se hagan.

3.      Junto con el desarrollo de esa ciencia que llamamos “crítica textual”, se han desarrollado otras ciencias fundamentales para la traducción; por ejemplo: la lingüística (incluida la sociolingüística), la traductología, la arqueología. Esta última ha arrojado luz sobre muchos aspectos del NT que permite ahora su mejor comprensión. Los estudios lingüísticos, por su parte, nos ofrecen la posibilidad de un más inteligente acercamiento al texto del NT en tanto texto literario, producido en contextos específicos donde dominaban criterios y categorías propios de esos contextos.

Todo esto tiene su incidencia en las traducciones que se hacen del NT.

4.   Otro factor que también influye significativamente es el lector: ¿para qué lector se traduce? Si solo se tratara de “poner al día” el vocabulario de un texto antiguo, el de Reina-Valera seguiría siendo incomprensible, en buena medida, para gran parte de la población de habla castellana. Por una sencilla razón: desde sus orígenes, la traducción de Reina y la subsiguiente revisión de Valera podrían calificarse de “textos cultos” (algunos los calificarían también de “litúrgicos”: textos para ser usados en el culto). Vocabulario, giros lingüísticos, estructuración de los párrafos, por ejemplo, resultan de difícil comprensión para gran parte de quienes hablan nuestro idioma. Ante esa necesidad, se desarrollaron las versiones populares y el principio de traducción conocido como “traducción por equivalencia dinámica”, que tiene como propósito apegarse al significado del texto y no tanto al formalismo de las lenguas originales de la Biblia (que corresponde a la naturaleza propia de esas lenguas)

Todo lo dicho, y más que podría decirse, explica la existencia de tantas traducciones de la Biblia a las que tenemos fácil acceso en la actualidad. Y por ello debemos dar gracias a Dios.

Otro aspecto que habría que tomar en cuenta es el del uso que se hace de esas traducciones. Y la pregunta que ya antes mencionamos: ¿Producen confusión o son una bendición para el estudioso de la Biblia? De eso quizás podría hablarse en otro artículo.


(Este texto, al que se le han hecho leves correcciones, fue publicado originalmente en la revista Vínculo.)

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Plutarco Bonilla
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