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La predicación hoy

(Tercera parte)

 

Cerramos esta serie de tres reflexiones sobre la predicación contemporánea, compartiendo lo que llamamos: 

Sietes núcleos articulantes de una predicación pastoral contracultural transformadora. Y aquí consideraremos brevemente solo las perspectivas y núcleos que articulan el contenido de la predicación.                                     

1. Debe ser una predicación posindividualista, que deja de apelar al individuo como una isla y a la sociedad como la mera suma de individuos. Por lo tanto, asume la realidad integrada del humano como ser-en-comunidad y el drama del pecado como realidad no solo personal, sino también social o sistémica. Por ello, el “shalom” de Dios en Cristo, en cualquiera de sus manifestaciones, es para cada vida, para toda la sociedad, y la creación entera.

Este tipo de predicación se concibe así misma como evangelística no solo al apelar al individuo al arrepentimiento y al cambio radical personal, sino también al anunciar proféticamente el pecado social y llamar a la comunidad al cambio radical de sus estructuras de pecado e injusticia. Quien entiende así la evangelización, entiende a su vez que nuestro amado y respetado colega Billy Graham fue y es un modelo de evangelista masivo dirigido a los individuos, y que el recordado pastor Martin Luther King, hijo, fue y es modelo también de evangelista, que dirige su mensaje y acción a las estructuras de pecado, para su conversión radical.                                                                                                                              

2. Debe ser una predicación posracionalista, es decir existencial. En cuanto a esto, quien predica debe anhelar ser consecuente con las prioridades de JesuCristo, quien siempre puso la vida por encima de la doctrina, el amor por encima de la ley, y la reconciliación por encima de la sentencia.

Agustín de Hipona enseñaba que había que: “exponer con elocuencia y vivir con excelencia”. Hoy la “elocuencia” posmoderna se ríe de aquella elocuencia, quizás por abstracta y elitista. ¡Pero siempre hay un lugar para la genuina elocuencia, que hace que la ciencia homilética sea también el arte de la comunicación! Esto es posible a través de una elocuencia llena de lo vivencial, que apela no sólo a los resortes mentales, sino a las fibras íntimas de lo emocional. Esto ocurre cuando la mente y el corazón vibran en la misma sintonía y mueven la voluntad. Entonces sí hay comunicación eficaz.                                                            

El predicar debe estar motivado, más que por convicciones intelectuales siempre importantes, por realidades existenciales que nos deben marcar pastoralmente. Hemos descubierto por lo menos cuatro. Estas son: 1) Un gran amor por la vida, es decir, no dejar de vivir sin proclamar el camino de la vida plena, aunque lo hagamos desde las limitaciones de esta vida. 2) Un gran amor por el ser humano. Y aquí necesitamos preguntarnos con honestidad despiadada ¿estamos enamorados, enamoradas de nuestra predicación, más que de la gente a quienes predicamos? Si la respuesta íntima es afirmativa, necesitamos un cambio radical. 3) Una profunda convicción sobre la realidad de lo trascendente. Porque si el imperativo es hacer que nuestra proclamación “aterrice”, eso solo es posible sin claudicaciones, poniendo muy en alto “al Verbo que se hizo carne”. 4) Un profundo compromiso con la esperanza. Y esto nos lleva a  la simple pero rotunda afirmación pastoral del pensador cristiano Jürgen Moltmann: “nuestro único pecado mortal es perder la esperanza”.                                                     

3. Debe ser una predicación posdualista, es decir holística. Esta es una palabra nueva para una época nueva, que implica una cosmovisión integral, donde se percibe cada realidad específica como parte indivisible de un todo. A partir del quiebre radical del dualismo carne y espíritu, manifestado en la encarnación del “Logos” -el verbo creador hecho pesebre palestino- es posible una nueva visión y abordaje de lo real. Esto permite y hace necesario a la vez, recapturar una visión fresca del Evangelio del Reino. El ser humano, perdido en una sociedad fragmentada y egocéntrica, necesita encontrar la realidad total que da sentido y significado para sí mismo o si misma, y para el universo. Y lo que da sentido al todo se expresa en una realidad: JesuCristo es el Señor, el segundo Adán, la cabeza de una nueva creación, y el modelo de vida para todo ser humano en cualquier condición. Nadie puede estar completo o entera, cabal o íntegro, plena o holístico, sino es semejante a JesuCristo. En esta afirmación y en su desarrollo, la predicación se hace esperanza.        

4. Debe ser una predicación JesuCristo-céntrica, que requiere aplicar la perspectiva holística mencionada. Es decir, que no es sólo comunicación cristocéntrica, doctrinalmente correcta, sino mensaje donde el Cristo de la fe y la teología, está permanente -no eventualmente- encarnado en el histórico Jesús el galileo. Predicación donde JesuCristo es lo particular histórico como paradigma, modelo pleno y universal indivisible de la vida de Dios. Es la integración del Creador con su creación, la eternidad con el tiempo, la Verdad con la historia, el poder creador con el perdón transformador, “el todo en todos” con el hijo de un carpintero de Nazaret, el cosmos universal redimido desde un pesebre, una cruz y una tumba vacía. ¡Es la locura holística de la predicación!                                                                                                

5. Debe ser una predicación Reino-céntrica, que no comunica un mensaje de ofertas espirituales, parcial y amputado, ni la noticia “del campeón o campeona que hay en cada quien”, sino el evangelio del Reino de Dios, con todos sus desafíos y demandas ineludibles. Este es mensaje donde la ética del Reino no es desplazada -para brillar- con la estética de ayer o de hoy. Aquí la estética es resultado glorioso de la ética. Es el filo cortante de la convocatoria ética al seguimiento de JesuCristo, que fecundiza e ilumina a la estética del mensaje majestuoso del Reino de Dios.

Menciono tal majestuosidad con emocionada gratitud al Espíritu Santo. Fue El quien me la hizo descubrir en plena adolescencia, escuchando predicar por primera vez en Buenos Aires a quien sería desde entonces mi mentor homilético, el cubano Cecilio Arrastía. Ante esa conjunción de ética y estética, apelación a la razón y al corazón, ante tal majestuosidad profética, Dios me transformó en un joven enamorado de la predicación, un aprendiz constante en la comunicación del Evangelio del Reino, esa bella e irreemplazable llamada ética a salvación y nueva creación.

El amigo Alberto Roldán concluye uno de sus trabajos sobre posmodernidad, en este caso en relación con la ética del Reino de Dios, de esta forma:

Historia para muchos, leyenda para algunos, lo cierto y concreto es que la vida de Jesús y su enseñanza ética centrada en el amor, ha calado tan hondo en la cultura humana y en la historia que -como ha admitido el propio Vattimo- en Occidente no se puede hacer filosofía sin la referencia al cristianismo. Podríamos parafrasear, diciendo que no es posible hablar de ética sin referirnos a Jesús de Nazaret como el marco referencial principal de una ética que toma en serio al prójimo y nos invita a amarlo como a nosotros mismos. Porque es en el amor, en última instancia, donde se resume la motivación principal para el comportamiento ético. (1)                                               

El Reino de Dios expresa no sólo un imperativo ético insoslayable, sino la gloriosa belleza de la armonía del “shalom” de Dios. La consumación del Reino de Dios es la utopía revelada acerca del cosmos radicalmente transformado. De esto es realidad central, una sociedad humana plenamente saludable, anti jerárquica, igualitaria, dialógica y comunitaria. Es el triunfo final del “grano de mostaza” sobre todo poder opresor. Es el reinado, el jubileo eterno del amor hecho justicia y salud (ética), belleza y armonía (estética) en Dios. ¡A enamorarse pues, del matrimonio sagrado de lo ético con lo estético en nuestra predicación Reino-céntrica!  

6. Debe ser una predicación radicalmente contextual, es decir, comunicación que está motivada, preocupada y ocupada en satisfacer necesidades que son fruto y están marcadas por una situación humana particular. El testimonio del profeta Ezequiel, ministrando entre quienes, como él son deportados, debe ser el nuestro: «Me senté donde ellos estaban sentados» (3:15).

La tarea clave de toda predicación que procure ser radicalmente contextual tiene ahora un sentido más profundo. No tiene la misión de trasladar al ser humano de su mundo histórico concreto a otro mundo ideal y espiritual, sino la de visitarle en su mundo actual con las equivalencias dinámicas del mensaje eterno para aquí y ahora, que respondan a la realidad de sus necesidades. El predicador o predicadora debe actuar como Pablo en Atenas, como un pontífice. Predicar contextualmente es crear puentes múltiples entre la fe cristiana y las nuevas realidades culturales, las actuales sensibilidades espirituales, las multifacéticas percepciones sensoriales, y las reales necesidades humanas.       

Edificar tales puentes, pegar tamaño salto histórico, cultural y cualitativo del tiempo bíblico al nuestro, para descubrir y aplicar las equivalencias dinámicas entre ambos contextos, es tarea de titanes. Necesitamos entender la vida y la forma de pensar del hombre y la mujer comunes de hoy, para alcanzarlos con la luz del evangelio. Pero si esta tarea que, como hemos enfatizado nunca fue sencilla, hoy requiere como nunca antes, disciplina especial, esfuerzo y perseverancia en la observación, la participación y el análisis crítico de todo lo que nos rodea y de nuestra realidad personal. El desafío es grande, pero el Espíritu Santo está de nuestro lado.  

7. Debe ser una predicación dialogante, y no solo dialogada, pues esto último puede ser solo asunto de metodología o técnicas. Predicación dialogante -se haga realidad o no tal evento acústico- es comunicación “comadrona”, mayéutica, paridora de respuestas concretas de salvación y esperanza, de obediencia y compromiso con Dios y su Reino, por parte de una congregación “que responde”.

Esto lo confirmamos vivenciándolo, como parte de una congregación afroamericana histórica, la de la Iglesia Bautista Ebenezer en Atlanta, Georgia, EUA. Fue durante nuestros tres años de estudios doctorales al inicio de los 70. Martin Luther King, padre, “Daddy King”, luego de décadas frente a esa congregación, se retiraba del pastorado. Eso nos brindaba la bendición privilegiada de escuchar cada domingo a los más destacados representantes de la predicación afroamericana de aquella época, como candidatos potenciales para aquel púlpito. Allí vimos en acción el poder de la narración ágil, la aplicación testimonial vibrante, las ilustraciones históricas contextuales, el canto entretejido en la prosa, y todo al servicio de un diálogo intenso e inspirador, creativo y movilizador. Diálogo gestado en el Espíritu desde un púlpito dialogante. ¡Eso es predicar!

Termino de una vez, deseando de todo corazón que esta serie de tres cuartillas sean de inspiración y reto, ayuda y bendición, para quienes se atrevan a leerlas. Y como suelen afirmar los teólogos y teólogas cuando comparten algo, que esto sea: ¡Ad Majorem Gloria Dei!    

 

(1) Alberto Roldán. “Cómo volver a los valores éticos en la sociedad posmoderna”.  Revista Teología y cultura. http://www.teologos.com.ar/, Año 9, volumen 14, noviembre 2012.

 

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Osvaldo Mottesi

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